Cuando el sol caía frente a nosotros

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A la puesta del sol nos contabas esas historias,entre sollozos y risas cruzadas. Y yo te escuchaba fascinado, sin ganas de interrumpirte ni detener el borbotear de tus recuerdos.Para esa hora la temperatura menguaba mucho y el frío y la oscuridad se iban apoderando de cada espacio, de cada trozo del montañoso paisaje que nos rodeaba. Con las manos tibias en los bolsillos de mi casaca y enfundado en mi capucha, era mágico viajar contigo hacia aquellos parajes pueblerinos y sueños de antaño, arrullado por la típica guitarra ayacuchana y el huaino provenientes de alguna casa al parecer no muy lejana. Y, discúlpame, pero hoy te volvería a preguntar por qué estás triste, don Víctor. No me digas que no, pues se te nota en el rostro y ya estás sollozando de nuevo. No, no me estoy riendo. Te aseguro que no. Solamente se me hace raro raro que, ya que estás abriéndonos el corazón y sacando de él recuerdos tan íntimos de tu niñez en Aucará, de vivencias agridulces con los que amabas, te sigas sintiendo tan poca cosa que nos pidas perdón por derramar algunas lágrimas frente a nosotros…

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Ay, querido amigo.  Ni cuenta te das de que tu vida es cálida luz, beso amoroso de abuelo, caricia sana y tierna con puntería directa al alma, y que aun desde tu ancianidad, tu pobreza y humildad, eres amorosa bendición para los que te amamos, los bobos de siempre que tantas veces nos sentamos junto a ti en la plaza, al caer el sol.

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Te cuento que alguna vez una religiosa dijo algo que hoy me hace evocarte con especial cariño: “Si cada día de tu vida forma un rayo de luz, al final de tu vida habrás iluminado el mundo”. Y yo diría, querido don Víctor, que eso lo hiciste sin saberlo, sin desearlo. Iluminaste y reparaste un poco este mundo atolondrado y voraz, le diste calor, vida y sueños.

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Hoy que veo caer el sol nuevamente y que ya la vieja campana anuncia la misa que debo celebrar dentro de un rato, te recuerdo mucho, don Víctor Huamancha. Perdóname más bien a mí, perdóname por estas lágrimas, pues ambos sabemos que yo también soy muy poca cosa, un tonto sacerdote que por más que predica enternecido sobre la Vida y la Resurrección, no sabe aún entender que no estás más entre nosotros y que no nos encontraremos más en la fría banquita de la plaza en la que nos conocimos hace casi tres años. Que en paz y dulzura descanses, hermano y amigo. No estés más triste. Háblale a Dios de mí. Yo haré lo mismo por ti en unos minutos más, junto a Jesús, en nuestra querida misa de siempre.

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Un sacerdote tierra adentro

A un lado del camino (“tirando dedo”)

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Cuando me toca ir sin camioneta a pueblos lejanos, casi nunca preveo el retorno. Sólo me preocupo por llegar a la carretera, armarme de valor… y es entonces cuando empieza una nueva aventura incierta.

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“Tirar dedo”. Ni siquiera en mis épocas de joven despreocupado solía hacerlo, pero hoy las circunstancias no me dejan otra opción. Recuerdo que una de las primeras veces, viajaba en un autobús que se dirigía hacia el Cusco, y le pedí al chofer que me avisase (despertase) en Puquio, que era el lugar donde yo debía bajar. A eso de las 6 de la mañana me desperté súbitamente, y cuál sería mi sorpresa (y mi rostro de preocupación) al abrir las cortinas y verme en medio de un paisaje totalmente desconocido, lleno de nevados y lagunas preciosas… Imagino que, como Puquio no era lugar de parada para el bus, sino solo un lugar de paso obligatorio, el chofer se olvidó por completo de avisarme y, más bien, siguió de largo. Ante ello, no me quedó otra cosa que bajarme en medio de la nada y probar “suerte”. Fue entonces, al cabo de unos pocos minutos, que conocí a quien es hoy mi buen amigo Orlando Carrasco.

DSC05357.ARWConversamos de muchísimos temas en ese viaje imprevisto, en el que me sentí como copiloto de su pesado tráiler… Si bien gran parte de la ruta era sumamente bella, recuerdo en especial un paraje que nos cautivó: en el abra de unas montañas se desplegaba una maravillosa alfombra de nubes. A insistencia mía, nos detuvimos un momento allí en silencio, para poder contemplar mejor ese inmenso mar blanco, absoluto e inescrutable. Era tanta la altura de aquel lugar, que teníamos las nubes muy por debajo de nosotros… Y toda aquella naturaleza tierna y, a la vez majestuosa, no dejaba de susurrarnos el Nombre de su santo Creador.

DSC05423.ARWEn otra ocasión conocí a Javicho, a quien le debo varios favores. Meses después, en el sector conocido como Villatambo, conocí a los hermanos Huaraca, y así, con el paso del tiempo, a tantos otros traileros que alguna vez me han sacado de apuros al encontrarme “tirando dedo” en algún tramo de la ruta…

De todos esos viajes improvisados, aún hoy atesoro varias conversaciones; me vienen al recuerdo risas, emociones y hasta lágrimas. La oportunidad de compartir no solo un trayecto de carretera, sino hondas experiencias de Dios, es algo que edifica y anima mucho mi camino sacerdotal tierra adentro.

Y es que, estando a un lado del camino la vida suele verse mejor. Suele “vivirse” mejor. Se contempla todo en perspectiva… La experiencia de estar momentáneamente detenido, necesitado y extraviado, es algo que a veces todo ser humano necesita. Es viajar a rincones del alma donde se da un profundo encuentro con Dios, desde el sentirnos pequeños y frágiles, sin nuestras necesidades cubiertas, y a la espera de un corazón hermano que nos tienda la mano.

Pero, ¿sabes qué es lo más precioso? Te lo digo. Cuando, de pronto, algún día, uno de estos amigos traileros me sorprende con una llamada para avisarme que está cerca y que quiere pasar a dejarme un queso o tal vez algunas frutas. Y la verdad es que no es el obsequio en sí lo que me hace sentir contento: el obsequio real es el querido amigo que viene desde muy lejos a visitarme.

Un sacerdote tierra adentro

Como tambores de guerra

02De niño me daban mucho miedo. Parecían tambores de guerra. Hoy, ese concierto siniestro, acompañado de relámpagos y electrizantes descargas, es música para mis oídos. Luego de una larga temporada de desazón y silencio doloroso, el pueblo empieza nuevamente a sonreír. Doña Agapita, doña Paulina y Teresa bajan presurosas por la penosa calle, que da a la plaza de Pichccachuri. Una de ellas lleva el sombrero envuelto en una bolsa de plástico. Las otras dos se protegen a duras penas con un viejo paraguas. Casi tropieza Teresa.

03La lluvia ha tardado demasiado en llegar a la zona sur de Ayacucho. Ya la gente estaba desesperada, pues habían hecho de todo. Incluso se sabe que algunos se aventuraron en antiguos rituales mágicos como la “pagapa”, según ellos, para conseguir que llueva. Las iniciativas fueron en verdad numerosas, cada cual más inverosímil que la otra. Sin embargo, a diferencia de antaño, nadie pidió la celebración de la misa con esa intención especial.SONY DSC

IMG_20150130_111319_edit_editRecuerdo mucho que apenas llegado a la parroquia de Puquio hace tres años, me tocó celebrar la fiesta en honor de San Sebastián (el 20 de enero) en el barrio puquiano de Pichccachuri. Todo iba bien. Recuerdo que la celebración fue muy emotiva y bastante participada.

IMG_20140901_175416_edit_editTodo iba bien. Una vez terminada la misa, sacaron al atrio de la pequeña capilla el anda con la imagen adornada de San Sebastián. Me disponía a iniciar los rezos que darían inicio a la tradicional procesión con la imagen del santo, cuando, de pronto, una anciana empezó a hablarle a gritos a la imagen, increpándole en quechua algo que yo no entendía ni en lo más mínimo. Los gritos se convirtieron en llanto. Yo no sabía qué hacer ni cómo consolarla. En eso, aquella mujercita se apartó un poco de la imagen para dar espacio a dos personas que empezaron a azotar la imagen del santo patrón con unas varas. Quise reaccionar, pero la euforia del pueblo, aderezada por algún canto en quechua, me detuvo. Para mis adentros pensaba horrorizado: “¡Dios mío, pero ¿qué están haciendo estos salvajes?!”. Súbitamente, los azotes cesaron y una vocecita del pueblo me dijo: “Padrecito, ya podemos comenzar la procesión”. Yo estaba totalmente desconcertado. Era el cura nuevo del pueblo; no entendía nada. Ante mi evidente desconcierto, alguien me explicó en ese momento que aquel ritual del azote se realiza cuando el santo “no ha mandado lluvia”. Efectivamente, eran ya varias semanas que la lluvia estaba retrasada, sin que hubiese caído ni siquiera una tibia llovizna. Por ello, el llanto, el canto triste y… los paraguas. ¿Paraguas? ¡Pero… si en esos días no caía ni una gota de lluvia! ¿Por qué los paraguas? ¿Era acaso una expresión radical de fe?

Me puse al lado de la imagen, delante del pueblo puquiano y me di a andar por aquellas calles de tierra. No habíamos llegado ni a la segunda cuadra cuando, de pronto, cayeron las primeras gotas. “¡Está lloviendo!… ¡está lloviendo”, grité anonadado. La gente, casi impávida, seguía caminando en silencio. “¡Miren, está lloviendo!”, grité lleno de felicidad. Una viejita que iba cerca de mí, casi inexpresiva me respondió: “Sí, pues, padrecito. Para eso hemos azotado al santito”. Y siguió caminando.


Un sacerdote tierra adentro

Reflexiones de polvo y lágrimas

IMG_00001263Nuestra camioneta está quemando ya sus últimos cartuchos. Me asusta mucho pensar qué será de nosotros sin ella… En sus cortos seis años ha vivido de todo: piedras, lodo, hielo, más piedras, más lodo y más hielo; y, por si fuera poco, también una espantosa volcadura con tres monjitas que nos habían prometido cuidarla.

Casi por inercia, al bajar por la ladera de uno de los cerros yermos, bendigo con la mano unas cruces de madera que surgen a mi derecha. Manejo con cuidado, pues la vía está muy deteriorada y quiero llegar sin contratiempos a la parroquia. Esta vez viajo con la mente embotada y el corazón triste (clandestinamente, pues sé que a un sacerdote no se le debe ver triste). Acabo de enterrar a otra joven suicida. Una más en lo que va del año.

IMG_00001149Poco a poco me voy convenciendo de que en estos poblados parece vivirse a diario el mito del eterno retorno. Las cosas no cambian gran cosa; los errores y las tragedias (tan previsibles) suelen repetirse una y otra, y otra vez, sin que una mano firme o acaso una palabra o un gesto de amor los detenga.

El escenario y las circunstancias pueden variar –es cierto–, pero la esencia se mantiene siempre inalterable: la falta de amor, la total ausencia de afecto. Nuestra indiferencia.

IMG_00001147Me preocupa y duele la terrible soledad en la que viven nuestros jóvenes. Aquello debería ser una inmensa luz de emergencia para todos nosotros, y no un aliciente más para el desánimo o el pesimismo. Trataré de esbozar una simple receta… Estos niños y niñas muchas veces vienen al mundo sin ser deseados, crecen sin haber escuchado un “te amo”, un “te quiero”, un “eres hermoso(a)”, o un “eres muy valioso(a)”. De pronto, un día aparece “alguien” que empieza a susurrar esas frases al oído, con miradas y gestos audaces y provocativos…

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Entonces, el corazón ingenuo, inofensivo, por primera vez se llena de sensaciones intensas, de ilusiones y de emocionantes insomnios.

La vida ha dado un vuelco inmenso… ¡El amor no es ya una lejana posibilidad, sino una súbita certeza! ¡Todo es tan nuevo y mágico! ¡Todo es tan, pero tan…! Sin embargo, poco a poco surgen las primeras dudas, las ofensas, o tal vez algún siniestro desengaño. Y luego de ello, una profunda y dolorosa soledad. Ha quedado un enorme forado en el alma. Un inmenso vacío. Y, a decir verdad, no hay con qué rellenarlo.

No hay de dónde ni de quién sacar aquello que “ya no hay”.

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Paulina es una más de esas cortas historias. Su nombre y su trajinar sabemos bien que no aparecerán en noticiero alguno; tampoco en los periódicos. Ella engrosa aquel inmenso sector anónimo que no tiene espacio en los medios limeños. Su historia y su vida frustrada son poco o nada atrayentes… “No es nadie”. Y ahora, mucho menos. Me pregunto, ¿es que acaso esto tiene algún sentido? ¿No encontró otra ruta el desamor? Mi corazón sacerdotal me apremia a hacer algo… Y la verdad es que no sé ni por dónde empezar.

Sólo experimento un deseo irreprimible de amar, consolar, acompañar, estar ahí. Incluso sin saber ni qué decir.

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Ayacucho significa “rincón de los muertos”. En traducciones idealistas y románticas se habla también de “lugar donde reposa el alma”. Hoy, al bajar por el camino de trocha hacia Puquio, pienso que Dios, más allá de pedirnos insistentemente que consolemos a su pueblo (Is 42, 1), nos apremia a amar, abrazar, besar, sonreír, sanar…  Dar aquello que hemos recibido de Dios gratuitamente y en abundancia, y que nuestros pueblos tanto necesitan, aun cuando no lo digan o ni siquiera crean merecerlo.

                                                                                              Un sacerdote tierra adentro 

Cerrar los ojos para ver.

71Te gusta viajar solo ( bueno, siempre y cuando conozcas bien la ruta…). Esta geografía de los parajes altoandinos se hace peligrosa y, a la vez, cautivadora. A diferencia de cuando conduces por la ciudad o en la carretera, las penurias del terreno te obligan a tener la vista no en el horizonte, sino siempre fija en cada pequeño espacio que va a ser pisado por tus llantas.

4El camino tortuoso no perdona. Los baches y charcos tampoco. Te han dicho que para llegar al poblado de San Cristóbal, debes primero hacer el trayecto de poco más de una hora hasta Pampa Galeras, donde sé que aún hoy se te hará imposible no detenerte siquiera un momento para contemplar y dejarte acariciar por este mundo reservado para tu alma inquieta.
Para tu búsqueda de Dios en aquel silencio sensible de la perfecta belleza, obra de tu Dios Creador que te convoca a sentirte hijo, e hijo muy amado.

T3odas esas vicuñas, aquellas águilas e incluso el zorro huidizo que te observa a tu derecha –según él escondido detrás del arbusto– te invitan a no avanzar más. A detenerte un poco.
A frenar el ritmo febril de tu corazón, y a que cierres los ojos siquiera un instante para poder ver mejor. Para poder comprender mejor.

2Cuando te ordenaste sacerdote hace pocos años, no llegabas a vislumbrar nada de nada. Sólo anhelabas correr muy lejos y consolar, consolar y volver a consolar a Su pueblo (Is 42, 1). Yo sé que cuando cierras los ojos, aún te sigues descubriendo frente a todas esas inquietudes y sueños inconclusos, y a la vez a punto de estrenar de veras el corazón.

5¡Bueno, basta ya! Abre nuevamente los ojos, despiértate bien y prepara tu corazón, pues a una hora más de camino te espera aquel pueblo… ¡Espera un poco! Detente nuevamente y echa un vistazo hacia atrás, hacia el camino por el cual has venido, pues se está empezando a dibujar una tormenta inmensa en aquel horizonte profundo, y parece que te esperará muy gustosa a tu regreso. Ni modo… Sigamos el camino hacia San Cristóbal. Estamos ya con la hora. Vamos a celebrar la Eucaristía con Su pueblo.

Un sacerdote tierra adentro

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Un querido compañero de ruta

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efr02Me acaba de suceder algo muy raro. Me senté frente a la laptop para tratar de escribir esta crónica. Tenía en la mente y en el corazón a un querido catequista a quien no veo desde varios meses; sin embargo, mis ideas no eran claras. Encendí la computadora. Abrí el programa de Word para empezar a esbozar algo, cuando de pronto sonó el timbre estrepitosamente.

Salí de mi habitación y me dirigí hacia el portón de la entrada, pasando junto al jardín iluminado por un alegre sol de sierra. Al abrir el portón de metal, me quedé perplejo. Era don Virgilio en persona. No podía yo creerlo; me llené de una inmensa felicidad al ver a mi buen amigo y, como quien no quiere la cosa, esta incipiente crónica empezó a desperezarse…

efr04Hace unos ocho meses, un domingo por la mañana, se apareció don Virgilio agitado y nervioso en esta misma puerta. Su anciana madre acababa de fallecer minutos antes, luego de una dolorosa enfermedad. Se le veía muy acongojado y asustado; quería que por favor le oriéntasemos en cuanto a trámites y papeleos… Recuerdo con mucha claridad esa imagen.

Tan digno él. Luchando por mantener la calma, contener las lágrimas, respetuosísimo y discreto como siempre. Pasaron algunos meses y me lo volví a encontrar una mañana que me dirigía a un pueblo llamado Raquina. Lo vi a un lado de la carretera en plena ruta, con un atado de leña, buscando algún carro o tráiler que lo quisiera acercar un poco a su destino. Eran tan sólo unos tres o cuatro kilómetros, es cierto, pero éstos se vuelven durísimos bajo el sol, sobre todo cuando no se cuenta con un burro o una mula de carga. En esos pocos minutos de trayecto, fue muy poco lo que pudimos conversar; sin embargo, quedó la puerta abierta para reencontrarnos ni bien se pudiera y echar una plática más pausada y distendida.

efr03Hoy, luego de varios meses, se dio la ocasión, y estoy muy contento porque dentro de pocos días lo llevaré a él y a su esposa de camino, cuando me dirija a un pueblo llamado Saisa (a unas cuatro horas de Puquio, pasando por la espectacular Reserva de Pampa Galeras, decorada por doquier con cautivadoras vicuñas salvajes); en dicho poblado, con ocasión de las festividades religiosas, mi buen amigo estará ofreciendo a la venta su pequeña mercadería de textiles artesanales.

efre07Dicho sea de paso, en estas zonas nuestros catequistas suelen ser gente muy pobre –materialmente hablando–, pero llenas de un espíritu muy noble y santo, que más de una vez nos da profundas y hermosas lecciones de vida y de dignidad. Desde estas pocas líneas, me permito acercar a tu corazón la precaria actividad misionera en estos pueblos, en los que curas, catequistas y ocasionales misioneros nos sumergimos por rutas bastante olvidadas, queriendo compartir la alegre noticia de que Dios está a nuestro lado. Si te unes desde una sencilla plegaria, serás tú quien ponga el punto final a esta humilde crónica. Muchas gracias. Mi pensamiento y oración te acompañan.

Un sacerdote tierra adentro

La misión nos apremia

Érefr01amos como chiquillos. Nos quedábamos cautivados, embobados, al oír esos relatos gloriosos en la voz de nuestro padre formador, quien nos encendía con emocionantes pasajes de la vida de los santos, de misioneros en tierras de “gentiles”, de apasionados amigos y amigas de Jesucristo, cuyo testimonio nos interpelaba y nos hacía anhelar con ansias la misión.

La vida p3fr02arecía detenerse en aquella pequeña aula nocturna. Se daba una tregua. En tanto, nosotros, jóvenes seminaristas, nos aventurábamos de viaje a la Europa antigua para encontrarnos con Francisco, Felipe Neri, Íñigo, o la gran Teresa, quienes sembraban con amor y dolor flores de misericordia, de dulce santidad. O tal vez, nos alistábamos en la barca de Patricio, o en la de Francisco Javier, portando con gozo el Evangelio en nuestros corazones, pues empezábamos a constatar que “la caridad de Cristo nos apremia” (2 Co 5, 14) y que no podíamos quedarnos más con los brazos cruzados, deseando oír siquiera un relato más. La voz gastada pero animosa de aquel viejo sacerdote asturiano aún la tengo muy presente, y creo que en algunas de mis noches insomnes vuelve a mí y me inyecta la fuerza para afrontar con valor y dignidad la misión confiada.

efre3Pienso que de aquellos días tal vez me quedó la mirada llorosa cuando la evoco a Ella, cuando me atrevo a robarle unos instantes a los fieles al final de la misa, para –junto con ellos– dirigirle a la Madre unas pobres palabras en las que derramo mi nostalgia, mi inmensa nada. Acaso el cambio de coordenadas, o tal vez de brújula, haya sido mucho más que una constante en mi vida desde hace muchos años.

efreAquello de instalarme y desinstalarme tanto “aquí” como “allá”, ha sido muchísimo más que un simple estilo de vida; sin embargo, a Dios gracias, el corazón domesticado siempre sabe encontrar sus propios resquicios y llegar a buen puerto.

Quizás por ello, ahora que estoy ya situado emocionalmente en esta porción andina del sur, el profundo cielo azul y las inmensas nubes blancas me hacen presentir la mirada amorosa y serena de Santa María sobre nosotros, sus hijos chiquillos.

efre5También pienso que tal vez Ella entienda mejor que nosotros, trasnochados curas, el sentido del dolor y las lágrimas de estos pueblos amados y a la vez tan postergados, pues alguna vez nos lo prometió en el lejano Tepeyac: “Yo escucharé sus lágrimas”. Eso se lo dijo al querido Juan Dieguito, para que nos lo comparta a nosotros.

¡Qué maravilla! Hoy te quiero confesar que esa promesa  –que la llevo adherida a mi alma– alienta y da sentido a mi cercana esperanza. De aquellos días y noches del seminario, arrastro hasta mi hoy sueños y anhelos que tanto deseo que el Señor los haga vida en medio de estas poblaciones discretas y sencillas. Quisiera (o más bien, quiero) permitirle hoy a Jesús que encienda en mi corazón y en el tuyo una flama inextinguible de amor, pasión y compromiso por esta misión que a ti y a mí Él nos confía, pues su amor y su ternura en verdad nos apremian. Que Dios te bendiga y nuestra Santa Madre te proteja, dondequiera que tú estés.

Caminos andinos reservados para tu corazón

T1Cada vez que tengo la oportunidad de salir hacia los pueblos, me entusiasma mucho el encuentro con hermanos y hermanas a quienes aún no conozco, y con quienes celebraremos gozosos la fe y la vida, en torno a Jesucristo Eucaristía. Es también muy emocionante internarnos por rutas sorprendentes en las que, cuanto más ascendemos, nos van saliendo al encuentro paisajes reservados para nuestros ojos (cautivadores al extremo), matizados de rato en rato con fauna muy singular: guanacos salvajes, algún zorro, imponentes águilas grises –con suerte algún cóndor–, además de otras aves de impacto.

Aquella mañana salimos de Puquio bordeando las 6 am, rumbo a Yuracc Cancha. Aquel pueblito, situado sobre los 3.800 msnm y a tres horas y media por camino de trocha carrozable, celebraba la fiesta de la Santa Cruz y a la Virgen de Chapi, su muy querida Patrona. Al llegar y estacionarnos junto al templo, los repiques de campana anunciaron por todo lo alto que la celebración estaba pronta a comenzar.

T2A primera vista me impresionó encontrarme con una capilla pequeña, muy precaria, hecha toda de adobe y casi sin decoración. Su catequista, don Cirilo, al igual que los demás catequistas de nuestros numerosos pueblos, cumplen una misión realmente valiosa e imprescindible: se encargan de realizar las celebraciones litúrgicas en los pueblos que se les ha confiado (pues nosotros, los sacerdotes, no nos damos abasto); son también los responsables de impartir la preparación para los sacramentos y de efectuar todas las coordinaciones con la parroquia.

Dentro de la celebración de la santa Misa tuvimos la gran alegría de bautizar a dos niños y un joven, y de asistir con el sacramento del matrimonio a una pareja del lugar, que, dicho sea de paso, eran también los mayordomos de la fiesta religiosa. Es muy enriquecedor descubrir que dentro, muy adentro, al interior de nuestros imponentes Andes, aún podemos ser tocados por el alma de sencillas poblaciones que con mucho amor y devoción luchan por preservar sus entrañables tradiciones y la identidad que les es propia (prueba de ello es que en Yuracc Cancha no encontré nombres extranjeros y que tanto adultos como niños manejan perfectamente el idioma quechua; cosa que es cada vez menos frecuente). El estilo celebrativo en estas zonas es muy colorido y alegre… La felicidad de nuestro pequeño pueblo es algo que nos llena de profunda emoción y que borra de un plumazo todo cansancio o fatiga. Luego de compartir el almuerzo, y poco antes de que se desate la lluvia, nos despedimos de nuestros queridos hermanos (lamentablemente, sin fecha de retorno cierta) y emprendimos el largo y penoso camino de regreso hacia la parroquia de Puquio.

Un sacerdote tierra adentro

CRONICA DE MIERCOLES SANTO

IMG-20130327-00089En mis días de niño y adolescente siempre me impactó la luna de Semana Santa. Me llamaba poderosamente la atención cuán lúgubre y “triste” se iba poniendo, conforme avanzaban los días —inexorablemente— rumbo al Viernes Santo. Recuerdo que especialmente en aquel día terrible, la luna se deformaba y solía teñirse de un tono amarillento, mortecino… Y yo —cobarde como los discípulos de  Jesús en aquella hora crucial— prefería no verla, pues se me anegaba el corazón con una extraña melancolía. Conforme pasaron los años, los profesores de turno se empecinaron en destrozar mi ingenuidad y me hablaron del equinoccio de primavera, de la luna llena del mes de Nissan de los judíos, y de algunas otras explicaciones muy rebuscadas, sensatas y razonables…

IMG-20130327-00067Sin embargo, aún hoy, ya con varios kilos de teología y sacerdocio encima, sigo creyendo —muy dentro de mí— que en la Semana Santa no sólo la luna, sino la creación entera, se pone realmente muy triste. Pues ha muerto su propio Creador.

Hace unos momentos, mientras acompañaba por las empinadas calles de Puquio la procesión nocturna del encuentro de nuestro Señor y su Santísima Madre, por ratos me vi atrapado por aquel desgarrador alarido lunar sobre estas escarpadas montañas ayacuchanas.

De pronto me vinieron al recuerdo diversos momentos celebrativos, casi todos dentro del marco de la Semana Santa, en los que el Señor, en todos estos últimos años, ha buscado de mil maneras tocar mi corazón a flor de piel, conmocionarlo e involucrarlo muy hondamente en el profundo sentido existencial del sacrificio de Jesucristo.

IMG-20130327-00068La multitud ferviente que avanzaba a mi lado, era, de por sí, un signo esclarecedor de cómo Dios no deja de ser elocuente y revelador, aun en las horas más duras. Cada fiel, a lo largo del camino, hacía muy bien lo que tenía que hacer: los acólitos, las muñidoras, la banda de músicos, los niñitos vestidos de ángeles (algunos de ellos extenuados y durmientes en las espaldas de sus madres), gente de todas las edades con largas velas, “mamachas” que llenaban de pétalos de flores el extenso camino por donde se desplazaban las andas…

Todo un acontecimiento tierno de fe que nos hablaba a gritos de cuán vivo está Dios en las almas sencillas (Mt 11, 25). Los cantos en quechua, el sensible recogimiento de los lugareños, el ambiente solemne de humilde devoción, aun en medio del inclemente frío nocturno, me hicieron descubrir la perfecta similitud de nuestro Cristo sufriente en las vidas e historias anónimas de muchos de los rostros que veía iluminados por las velas procesionales. Rostros cincelados por episodios de dolor y postergación, en los que Jesucristo ha sabido siempre mostrarse solidario hasta el extremo de no escatimar para sí ni el más atroz sufrimiento; pues tal vez sólo de este modo muchos de aquellos, nuestros hermanos y hermanas más pequeños, han podido descubrirlo y amarlo como verdadero compañero de camino.

Para lo que queda de esta semana, nuestro Triduo Pascual, le pido a Dios que aumente en cada uno de nosotros el deseo ardiente de profundizar este Encuentro; que oremos con el corazón abierto a Dios y busquemos con todas nuestras fuerzas dejarnos alcanzar y cautivar por nuestro Señor, que, por amor a cada uno de nosotros, ha aceptado ser ungido con el óleo de su propia Pasión.

Un Cura

CRONICA DE DOMINGO DE RAMOS

001El interminable tañido de campanas me hizo despertar súbitamente y recordar que en la sierra la vida comienza muy temprano. Si bien intenté ignorarlas y seguir durmiendo, un cuarto de hora más tarde volvió a ocurrir lo mismo; y luego, tras diez cortísimos minutos, por tercera vez los infatigables repiqueteos recorrieron atropelladamente cada callecita, cada plazoleta y cada rincón de la ciudad de Puquio. La misa de 7 am en la iglesia matriz (a escasos metros de mi habitación), estaba a punto de comenzar.

002En la capital de la provincia de Lucanas (al sur de Ayacucho), el frío nunca da tregua. A lo largo de todo el año, esta pequeña ciudad, ubicada sobre los 3.200 msnm, me hace recordar por qué cuando sufro con los calores y tedios limeños, mi corazón viaja a mil por hora hacia estas rutas serenas, de profundos paisajes altoandinos, enclavados en la majestuosidad azul de un cielo inescrutable, adornado con inmensas nubes de algodón que acrecientan, día a día, mi sed de eternidad.

001Como a mí me tocaba celebrar la misa de 10 de la mañana, tras hacer mi oración matinal en la habitación (el frío del patio me persuadió de no salir aún de mi recámara), me dispuse a preparar el corazón para la jornada del día: santa misa de Domingo de Ramos por la mañana, procesión de dos horas por la tarde, confesiones durante la misa de 5.30 pm, gratos encuentros con diversos grupos de gente muy querida…

En Puquio, al igual que en muchísimos pueblos de nuestro amplio territorio parroquial, aún somos premiados por la condescendencia y el alma benévola de sus habitantes: aunque gran parte de ellos conversan en quechua ayacuchano en su trato común, al dirigirse a nosotros lo hacen en castellano. Sin embargo, me avergüenza reconocer que mi incipiente quechua casi no ha dado nuevos pasos, al punto de sentirme “estancado”… Todo este último año, varado en Lima por cuatro operaciones consecutivas en mi rodilla izquierda, me he mantenido bastante alejado del quehacer parroquial. Gracias a Dios, mis dos compañeros (también sacerdotes) han podido suplirme en todo, con mucha caridad y paciencia, durante este año cuasi-sabático en el que muy lentamente el Señor me ha ido devolviendo la salud, no sin antes nutrirme de experiencias vitales —en verdad impostergables—, al lado de nuestra querida Comunidad de Jesús y de nuestro entrañable padre Roberto.

003Pienso que gracias a ello, esta tarde, al sumergirme con todo el pueblo por las coloridas calles del barrio de Pichccachuri (“cinco hijos”), acompañando la alegre y abigarrada procesión de Domingo de Ramos rumbo a la iglesia matriz (o cabecera parroquial), pude nuevamente saborear la maravillosa certeza de que Dios nos mira a todos por igual.

Nos mira como sus hijos, sin humanas distinciones, y que los unos y los otros estamos llamados a involucrarnos recíprocamente —como verdaderos hermanos y hermanas— en un mismo proyecto, que no es otro que el de Jesús de Nazaret: hacer visible, palpable, asequible, el Reino de Dios en medio de su pueblo. Y que para ello, ni las altas cumbres, ni el clima indómito, ni la carencia material, ni mucho menos la diversidad lingüística, pueden seguir siendo piedra de tropiezo para el encuentro del Dios vivo con todos sus hijos, sino acaso una oportunidad inmejorable para aquilatar la ternura y la dignidad de nuestro llamado, sabiéndonos enviados a celebrar la fe y la vida en torno a Jesucristo, al compás de las profundas vivencias de nuestros pueblos.

Un Cura