CRONICA DE MIERCOLES SANTO

IMG-20130327-00089En mis días de niño y adolescente siempre me impactó la luna de Semana Santa. Me llamaba poderosamente la atención cuán lúgubre y “triste” se iba poniendo, conforme avanzaban los días —inexorablemente— rumbo al Viernes Santo. Recuerdo que especialmente en aquel día terrible, la luna se deformaba y solía teñirse de un tono amarillento, mortecino… Y yo —cobarde como los discípulos de  Jesús en aquella hora crucial— prefería no verla, pues se me anegaba el corazón con una extraña melancolía. Conforme pasaron los años, los profesores de turno se empecinaron en destrozar mi ingenuidad y me hablaron del equinoccio de primavera, de la luna llena del mes de Nissan de los judíos, y de algunas otras explicaciones muy rebuscadas, sensatas y razonables…

IMG-20130327-00067Sin embargo, aún hoy, ya con varios kilos de teología y sacerdocio encima, sigo creyendo —muy dentro de mí— que en la Semana Santa no sólo la luna, sino la creación entera, se pone realmente muy triste. Pues ha muerto su propio Creador.

Hace unos momentos, mientras acompañaba por las empinadas calles de Puquio la procesión nocturna del encuentro de nuestro Señor y su Santísima Madre, por ratos me vi atrapado por aquel desgarrador alarido lunar sobre estas escarpadas montañas ayacuchanas.

De pronto me vinieron al recuerdo diversos momentos celebrativos, casi todos dentro del marco de la Semana Santa, en los que el Señor, en todos estos últimos años, ha buscado de mil maneras tocar mi corazón a flor de piel, conmocionarlo e involucrarlo muy hondamente en el profundo sentido existencial del sacrificio de Jesucristo.

IMG-20130327-00068La multitud ferviente que avanzaba a mi lado, era, de por sí, un signo esclarecedor de cómo Dios no deja de ser elocuente y revelador, aun en las horas más duras. Cada fiel, a lo largo del camino, hacía muy bien lo que tenía que hacer: los acólitos, las muñidoras, la banda de músicos, los niñitos vestidos de ángeles (algunos de ellos extenuados y durmientes en las espaldas de sus madres), gente de todas las edades con largas velas, “mamachas” que llenaban de pétalos de flores el extenso camino por donde se desplazaban las andas…

Todo un acontecimiento tierno de fe que nos hablaba a gritos de cuán vivo está Dios en las almas sencillas (Mt 11, 25). Los cantos en quechua, el sensible recogimiento de los lugareños, el ambiente solemne de humilde devoción, aun en medio del inclemente frío nocturno, me hicieron descubrir la perfecta similitud de nuestro Cristo sufriente en las vidas e historias anónimas de muchos de los rostros que veía iluminados por las velas procesionales. Rostros cincelados por episodios de dolor y postergación, en los que Jesucristo ha sabido siempre mostrarse solidario hasta el extremo de no escatimar para sí ni el más atroz sufrimiento; pues tal vez sólo de este modo muchos de aquellos, nuestros hermanos y hermanas más pequeños, han podido descubrirlo y amarlo como verdadero compañero de camino.

Para lo que queda de esta semana, nuestro Triduo Pascual, le pido a Dios que aumente en cada uno de nosotros el deseo ardiente de profundizar este Encuentro; que oremos con el corazón abierto a Dios y busquemos con todas nuestras fuerzas dejarnos alcanzar y cautivar por nuestro Señor, que, por amor a cada uno de nosotros, ha aceptado ser ungido con el óleo de su propia Pasión.

Un Cura

CRONICA DE DOMINGO DE RAMOS

001El interminable tañido de campanas me hizo despertar súbitamente y recordar que en la sierra la vida comienza muy temprano. Si bien intenté ignorarlas y seguir durmiendo, un cuarto de hora más tarde volvió a ocurrir lo mismo; y luego, tras diez cortísimos minutos, por tercera vez los infatigables repiqueteos recorrieron atropelladamente cada callecita, cada plazoleta y cada rincón de la ciudad de Puquio. La misa de 7 am en la iglesia matriz (a escasos metros de mi habitación), estaba a punto de comenzar.

002En la capital de la provincia de Lucanas (al sur de Ayacucho), el frío nunca da tregua. A lo largo de todo el año, esta pequeña ciudad, ubicada sobre los 3.200 msnm, me hace recordar por qué cuando sufro con los calores y tedios limeños, mi corazón viaja a mil por hora hacia estas rutas serenas, de profundos paisajes altoandinos, enclavados en la majestuosidad azul de un cielo inescrutable, adornado con inmensas nubes de algodón que acrecientan, día a día, mi sed de eternidad.

001Como a mí me tocaba celebrar la misa de 10 de la mañana, tras hacer mi oración matinal en la habitación (el frío del patio me persuadió de no salir aún de mi recámara), me dispuse a preparar el corazón para la jornada del día: santa misa de Domingo de Ramos por la mañana, procesión de dos horas por la tarde, confesiones durante la misa de 5.30 pm, gratos encuentros con diversos grupos de gente muy querida…

En Puquio, al igual que en muchísimos pueblos de nuestro amplio territorio parroquial, aún somos premiados por la condescendencia y el alma benévola de sus habitantes: aunque gran parte de ellos conversan en quechua ayacuchano en su trato común, al dirigirse a nosotros lo hacen en castellano. Sin embargo, me avergüenza reconocer que mi incipiente quechua casi no ha dado nuevos pasos, al punto de sentirme “estancado”… Todo este último año, varado en Lima por cuatro operaciones consecutivas en mi rodilla izquierda, me he mantenido bastante alejado del quehacer parroquial. Gracias a Dios, mis dos compañeros (también sacerdotes) han podido suplirme en todo, con mucha caridad y paciencia, durante este año cuasi-sabático en el que muy lentamente el Señor me ha ido devolviendo la salud, no sin antes nutrirme de experiencias vitales —en verdad impostergables—, al lado de nuestra querida Comunidad de Jesús y de nuestro entrañable padre Roberto.

003Pienso que gracias a ello, esta tarde, al sumergirme con todo el pueblo por las coloridas calles del barrio de Pichccachuri (“cinco hijos”), acompañando la alegre y abigarrada procesión de Domingo de Ramos rumbo a la iglesia matriz (o cabecera parroquial), pude nuevamente saborear la maravillosa certeza de que Dios nos mira a todos por igual.

Nos mira como sus hijos, sin humanas distinciones, y que los unos y los otros estamos llamados a involucrarnos recíprocamente —como verdaderos hermanos y hermanas— en un mismo proyecto, que no es otro que el de Jesús de Nazaret: hacer visible, palpable, asequible, el Reino de Dios en medio de su pueblo. Y que para ello, ni las altas cumbres, ni el clima indómito, ni la carencia material, ni mucho menos la diversidad lingüística, pueden seguir siendo piedra de tropiezo para el encuentro del Dios vivo con todos sus hijos, sino acaso una oportunidad inmejorable para aquilatar la ternura y la dignidad de nuestro llamado, sabiéndonos enviados a celebrar la fe y la vida en torno a Jesucristo, al compás de las profundas vivencias de nuestros pueblos.

Un Cura