La misión nos apremia

Érefr01amos como chiquillos. Nos quedábamos cautivados, embobados, al oír esos relatos gloriosos en la voz de nuestro padre formador, quien nos encendía con emocionantes pasajes de la vida de los santos, de misioneros en tierras de “gentiles”, de apasionados amigos y amigas de Jesucristo, cuyo testimonio nos interpelaba y nos hacía anhelar con ansias la misión.

La vida p3fr02arecía detenerse en aquella pequeña aula nocturna. Se daba una tregua. En tanto, nosotros, jóvenes seminaristas, nos aventurábamos de viaje a la Europa antigua para encontrarnos con Francisco, Felipe Neri, Íñigo, o la gran Teresa, quienes sembraban con amor y dolor flores de misericordia, de dulce santidad. O tal vez, nos alistábamos en la barca de Patricio, o en la de Francisco Javier, portando con gozo el Evangelio en nuestros corazones, pues empezábamos a constatar que “la caridad de Cristo nos apremia” (2 Co 5, 14) y que no podíamos quedarnos más con los brazos cruzados, deseando oír siquiera un relato más. La voz gastada pero animosa de aquel viejo sacerdote asturiano aún la tengo muy presente, y creo que en algunas de mis noches insomnes vuelve a mí y me inyecta la fuerza para afrontar con valor y dignidad la misión confiada.

efre3Pienso que de aquellos días tal vez me quedó la mirada llorosa cuando la evoco a Ella, cuando me atrevo a robarle unos instantes a los fieles al final de la misa, para –junto con ellos– dirigirle a la Madre unas pobres palabras en las que derramo mi nostalgia, mi inmensa nada. Acaso el cambio de coordenadas, o tal vez de brújula, haya sido mucho más que una constante en mi vida desde hace muchos años.

efreAquello de instalarme y desinstalarme tanto “aquí” como “allá”, ha sido muchísimo más que un simple estilo de vida; sin embargo, a Dios gracias, el corazón domesticado siempre sabe encontrar sus propios resquicios y llegar a buen puerto.

Quizás por ello, ahora que estoy ya situado emocionalmente en esta porción andina del sur, el profundo cielo azul y las inmensas nubes blancas me hacen presentir la mirada amorosa y serena de Santa María sobre nosotros, sus hijos chiquillos.

efre5También pienso que tal vez Ella entienda mejor que nosotros, trasnochados curas, el sentido del dolor y las lágrimas de estos pueblos amados y a la vez tan postergados, pues alguna vez nos lo prometió en el lejano Tepeyac: “Yo escucharé sus lágrimas”. Eso se lo dijo al querido Juan Dieguito, para que nos lo comparta a nosotros.

¡Qué maravilla! Hoy te quiero confesar que esa promesa  –que la llevo adherida a mi alma– alienta y da sentido a mi cercana esperanza. De aquellos días y noches del seminario, arrastro hasta mi hoy sueños y anhelos que tanto deseo que el Señor los haga vida en medio de estas poblaciones discretas y sencillas. Quisiera (o más bien, quiero) permitirle hoy a Jesús que encienda en mi corazón y en el tuyo una flama inextinguible de amor, pasión y compromiso por esta misión que a ti y a mí Él nos confía, pues su amor y su ternura en verdad nos apremian. Que Dios te bendiga y nuestra Santa Madre te proteja, dondequiera que tú estés.