Cuando el sol caía frente a nosotros

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A la puesta del sol nos contabas esas historias,entre sollozos y risas cruzadas. Y yo te escuchaba fascinado, sin ganas de interrumpirte ni detener el borbotear de tus recuerdos.Para esa hora la temperatura menguaba mucho y el frío y la oscuridad se iban apoderando de cada espacio, de cada trozo del montañoso paisaje que nos rodeaba. Con las manos tibias en los bolsillos de mi casaca y enfundado en mi capucha, era mágico viajar contigo hacia aquellos parajes pueblerinos y sueños de antaño, arrullado por la típica guitarra ayacuchana y el huaino provenientes de alguna casa al parecer no muy lejana. Y, discúlpame, pero hoy te volvería a preguntar por qué estás triste, don Víctor. No me digas que no, pues se te nota en el rostro y ya estás sollozando de nuevo. No, no me estoy riendo. Te aseguro que no. Solamente se me hace raro raro que, ya que estás abriéndonos el corazón y sacando de él recuerdos tan íntimos de tu niñez en Aucará, de vivencias agridulces con los que amabas, te sigas sintiendo tan poca cosa que nos pidas perdón por derramar algunas lágrimas frente a nosotros…

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Ay, querido amigo.  Ni cuenta te das de que tu vida es cálida luz, beso amoroso de abuelo, caricia sana y tierna con puntería directa al alma, y que aun desde tu ancianidad, tu pobreza y humildad, eres amorosa bendición para los que te amamos, los bobos de siempre que tantas veces nos sentamos junto a ti en la plaza, al caer el sol.

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Te cuento que alguna vez una religiosa dijo algo que hoy me hace evocarte con especial cariño: “Si cada día de tu vida forma un rayo de luz, al final de tu vida habrás iluminado el mundo”. Y yo diría, querido don Víctor, que eso lo hiciste sin saberlo, sin desearlo. Iluminaste y reparaste un poco este mundo atolondrado y voraz, le diste calor, vida y sueños.

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Hoy que veo caer el sol nuevamente y que ya la vieja campana anuncia la misa que debo celebrar dentro de un rato, te recuerdo mucho, don Víctor Huamancha. Perdóname más bien a mí, perdóname por estas lágrimas, pues ambos sabemos que yo también soy muy poca cosa, un tonto sacerdote que por más que predica enternecido sobre la Vida y la Resurrección, no sabe aún entender que no estás más entre nosotros y que no nos encontraremos más en la fría banquita de la plaza en la que nos conocimos hace casi tres años. Que en paz y dulzura descanses, hermano y amigo. No estés más triste. Háblale a Dios de mí. Yo haré lo mismo por ti en unos minutos más, junto a Jesús, en nuestra querida misa de siempre.

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Un sacerdote tierra adentro