Reflexiones de polvo y lágrimas

IMG_00001263Nuestra camioneta está quemando ya sus últimos cartuchos. Me asusta mucho pensar qué será de nosotros sin ella… En sus cortos seis años ha vivido de todo: piedras, lodo, hielo, más piedras, más lodo y más hielo; y, por si fuera poco, también una espantosa volcadura con tres monjitas que nos habían prometido cuidarla.

Casi por inercia, al bajar por la ladera de uno de los cerros yermos, bendigo con la mano unas cruces de madera que surgen a mi derecha. Manejo con cuidado, pues la vía está muy deteriorada y quiero llegar sin contratiempos a la parroquia. Esta vez viajo con la mente embotada y el corazón triste (clandestinamente, pues sé que a un sacerdote no se le debe ver triste). Acabo de enterrar a otra joven suicida. Una más en lo que va del año.

IMG_00001149Poco a poco me voy convenciendo de que en estos poblados parece vivirse a diario el mito del eterno retorno. Las cosas no cambian gran cosa; los errores y las tragedias (tan previsibles) suelen repetirse una y otra, y otra vez, sin que una mano firme o acaso una palabra o un gesto de amor los detenga.

El escenario y las circunstancias pueden variar –es cierto–, pero la esencia se mantiene siempre inalterable: la falta de amor, la total ausencia de afecto. Nuestra indiferencia.

IMG_00001147Me preocupa y duele la terrible soledad en la que viven nuestros jóvenes. Aquello debería ser una inmensa luz de emergencia para todos nosotros, y no un aliciente más para el desánimo o el pesimismo. Trataré de esbozar una simple receta… Estos niños y niñas muchas veces vienen al mundo sin ser deseados, crecen sin haber escuchado un “te amo”, un “te quiero”, un “eres hermoso(a)”, o un “eres muy valioso(a)”. De pronto, un día aparece “alguien” que empieza a susurrar esas frases al oído, con miradas y gestos audaces y provocativos…

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Entonces, el corazón ingenuo, inofensivo, por primera vez se llena de sensaciones intensas, de ilusiones y de emocionantes insomnios.

La vida ha dado un vuelco inmenso… ¡El amor no es ya una lejana posibilidad, sino una súbita certeza! ¡Todo es tan nuevo y mágico! ¡Todo es tan, pero tan…! Sin embargo, poco a poco surgen las primeras dudas, las ofensas, o tal vez algún siniestro desengaño. Y luego de ello, una profunda y dolorosa soledad. Ha quedado un enorme forado en el alma. Un inmenso vacío. Y, a decir verdad, no hay con qué rellenarlo.

No hay de dónde ni de quién sacar aquello que “ya no hay”.

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Paulina es una más de esas cortas historias. Su nombre y su trajinar sabemos bien que no aparecerán en noticiero alguno; tampoco en los periódicos. Ella engrosa aquel inmenso sector anónimo que no tiene espacio en los medios limeños. Su historia y su vida frustrada son poco o nada atrayentes… “No es nadie”. Y ahora, mucho menos. Me pregunto, ¿es que acaso esto tiene algún sentido? ¿No encontró otra ruta el desamor? Mi corazón sacerdotal me apremia a hacer algo… Y la verdad es que no sé ni por dónde empezar.

Sólo experimento un deseo irreprimible de amar, consolar, acompañar, estar ahí. Incluso sin saber ni qué decir.

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Ayacucho significa “rincón de los muertos”. En traducciones idealistas y románticas se habla también de “lugar donde reposa el alma”. Hoy, al bajar por el camino de trocha hacia Puquio, pienso que Dios, más allá de pedirnos insistentemente que consolemos a su pueblo (Is 42, 1), nos apremia a amar, abrazar, besar, sonreír, sanar…  Dar aquello que hemos recibido de Dios gratuitamente y en abundancia, y que nuestros pueblos tanto necesitan, aun cuando no lo digan o ni siquiera crean merecerlo.

                                                                                              Un sacerdote tierra adentro 

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