Como tambores de guerra

02De niño me daban mucho miedo. Parecían tambores de guerra. Hoy, ese concierto siniestro, acompañado de relámpagos y electrizantes descargas, es música para mis oídos. Luego de una larga temporada de desazón y silencio doloroso, el pueblo empieza nuevamente a sonreír. Doña Agapita, doña Paulina y Teresa bajan presurosas por la penosa calle, que da a la plaza de Pichccachuri. Una de ellas lleva el sombrero envuelto en una bolsa de plástico. Las otras dos se protegen a duras penas con un viejo paraguas. Casi tropieza Teresa.

03La lluvia ha tardado demasiado en llegar a la zona sur de Ayacucho. Ya la gente estaba desesperada, pues habían hecho de todo. Incluso se sabe que algunos se aventuraron en antiguos rituales mágicos como la “pagapa”, según ellos, para conseguir que llueva. Las iniciativas fueron en verdad numerosas, cada cual más inverosímil que la otra. Sin embargo, a diferencia de antaño, nadie pidió la celebración de la misa con esa intención especial.SONY DSC

IMG_20150130_111319_edit_editRecuerdo mucho que apenas llegado a la parroquia de Puquio hace tres años, me tocó celebrar la fiesta en honor de San Sebastián (el 20 de enero) en el barrio puquiano de Pichccachuri. Todo iba bien. Recuerdo que la celebración fue muy emotiva y bastante participada.

IMG_20140901_175416_edit_editTodo iba bien. Una vez terminada la misa, sacaron al atrio de la pequeña capilla el anda con la imagen adornada de San Sebastián. Me disponía a iniciar los rezos que darían inicio a la tradicional procesión con la imagen del santo, cuando, de pronto, una anciana empezó a hablarle a gritos a la imagen, increpándole en quechua algo que yo no entendía ni en lo más mínimo. Los gritos se convirtieron en llanto. Yo no sabía qué hacer ni cómo consolarla. En eso, aquella mujercita se apartó un poco de la imagen para dar espacio a dos personas que empezaron a azotar la imagen del santo patrón con unas varas. Quise reaccionar, pero la euforia del pueblo, aderezada por algún canto en quechua, me detuvo. Para mis adentros pensaba horrorizado: “¡Dios mío, pero ¿qué están haciendo estos salvajes?!”. Súbitamente, los azotes cesaron y una vocecita del pueblo me dijo: “Padrecito, ya podemos comenzar la procesión”. Yo estaba totalmente desconcertado. Era el cura nuevo del pueblo; no entendía nada. Ante mi evidente desconcierto, alguien me explicó en ese momento que aquel ritual del azote se realiza cuando el santo “no ha mandado lluvia”. Efectivamente, eran ya varias semanas que la lluvia estaba retrasada, sin que hubiese caído ni siquiera una tibia llovizna. Por ello, el llanto, el canto triste y… los paraguas. ¿Paraguas? ¡Pero… si en esos días no caía ni una gota de lluvia! ¿Por qué los paraguas? ¿Era acaso una expresión radical de fe?

Me puse al lado de la imagen, delante del pueblo puquiano y me di a andar por aquellas calles de tierra. No habíamos llegado ni a la segunda cuadra cuando, de pronto, cayeron las primeras gotas. “¡Está lloviendo!… ¡está lloviendo”, grité anonadado. La gente, casi impávida, seguía caminando en silencio. “¡Miren, está lloviendo!”, grité lleno de felicidad. Una viejita que iba cerca de mí, casi inexpresiva me respondió: “Sí, pues, padrecito. Para eso hemos azotado al santito”. Y siguió caminando.


Un sacerdote tierra adentro

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