A un lado del camino (“tirando dedo”)

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Cuando me toca ir sin camioneta a pueblos lejanos, casi nunca preveo el retorno. Sólo me preocupo por llegar a la carretera, armarme de valor… y es entonces cuando empieza una nueva aventura incierta.

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“Tirar dedo”. Ni siquiera en mis épocas de joven despreocupado solía hacerlo, pero hoy las circunstancias no me dejan otra opción. Recuerdo que una de las primeras veces, viajaba en un autobús que se dirigía hacia el Cusco, y le pedí al chofer que me avisase (despertase) en Puquio, que era el lugar donde yo debía bajar. A eso de las 6 de la mañana me desperté súbitamente, y cuál sería mi sorpresa (y mi rostro de preocupación) al abrir las cortinas y verme en medio de un paisaje totalmente desconocido, lleno de nevados y lagunas preciosas… Imagino que, como Puquio no era lugar de parada para el bus, sino solo un lugar de paso obligatorio, el chofer se olvidó por completo de avisarme y, más bien, siguió de largo. Ante ello, no me quedó otra cosa que bajarme en medio de la nada y probar “suerte”. Fue entonces, al cabo de unos pocos minutos, que conocí a quien es hoy mi buen amigo Orlando Carrasco.

DSC05357.ARWConversamos de muchísimos temas en ese viaje imprevisto, en el que me sentí como copiloto de su pesado tráiler… Si bien gran parte de la ruta era sumamente bella, recuerdo en especial un paraje que nos cautivó: en el abra de unas montañas se desplegaba una maravillosa alfombra de nubes. A insistencia mía, nos detuvimos un momento allí en silencio, para poder contemplar mejor ese inmenso mar blanco, absoluto e inescrutable. Era tanta la altura de aquel lugar, que teníamos las nubes muy por debajo de nosotros… Y toda aquella naturaleza tierna y, a la vez majestuosa, no dejaba de susurrarnos el Nombre de su santo Creador.

DSC05423.ARWEn otra ocasión conocí a Javicho, a quien le debo varios favores. Meses después, en el sector conocido como Villatambo, conocí a los hermanos Huaraca, y así, con el paso del tiempo, a tantos otros traileros que alguna vez me han sacado de apuros al encontrarme “tirando dedo” en algún tramo de la ruta…

De todos esos viajes improvisados, aún hoy atesoro varias conversaciones; me vienen al recuerdo risas, emociones y hasta lágrimas. La oportunidad de compartir no solo un trayecto de carretera, sino hondas experiencias de Dios, es algo que edifica y anima mucho mi camino sacerdotal tierra adentro.

Y es que, estando a un lado del camino la vida suele verse mejor. Suele “vivirse” mejor. Se contempla todo en perspectiva… La experiencia de estar momentáneamente detenido, necesitado y extraviado, es algo que a veces todo ser humano necesita. Es viajar a rincones del alma donde se da un profundo encuentro con Dios, desde el sentirnos pequeños y frágiles, sin nuestras necesidades cubiertas, y a la espera de un corazón hermano que nos tienda la mano.

Pero, ¿sabes qué es lo más precioso? Te lo digo. Cuando, de pronto, algún día, uno de estos amigos traileros me sorprende con una llamada para avisarme que está cerca y que quiere pasar a dejarme un queso o tal vez algunas frutas. Y la verdad es que no es el obsequio en sí lo que me hace sentir contento: el obsequio real es el querido amigo que viene desde muy lejos a visitarme.

Un sacerdote tierra adentro

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