CRONICA DE DOMINGO DE RAMOS

001El interminable tañido de campanas me hizo despertar súbitamente y recordar que en la sierra la vida comienza muy temprano. Si bien intenté ignorarlas y seguir durmiendo, un cuarto de hora más tarde volvió a ocurrir lo mismo; y luego, tras diez cortísimos minutos, por tercera vez los infatigables repiqueteos recorrieron atropelladamente cada callecita, cada plazoleta y cada rincón de la ciudad de Puquio. La misa de 7 am en la iglesia matriz (a escasos metros de mi habitación), estaba a punto de comenzar.

002En la capital de la provincia de Lucanas (al sur de Ayacucho), el frío nunca da tregua. A lo largo de todo el año, esta pequeña ciudad, ubicada sobre los 3.200 msnm, me hace recordar por qué cuando sufro con los calores y tedios limeños, mi corazón viaja a mil por hora hacia estas rutas serenas, de profundos paisajes altoandinos, enclavados en la majestuosidad azul de un cielo inescrutable, adornado con inmensas nubes de algodón que acrecientan, día a día, mi sed de eternidad.

001Como a mí me tocaba celebrar la misa de 10 de la mañana, tras hacer mi oración matinal en la habitación (el frío del patio me persuadió de no salir aún de mi recámara), me dispuse a preparar el corazón para la jornada del día: santa misa de Domingo de Ramos por la mañana, procesión de dos horas por la tarde, confesiones durante la misa de 5.30 pm, gratos encuentros con diversos grupos de gente muy querida…

En Puquio, al igual que en muchísimos pueblos de nuestro amplio territorio parroquial, aún somos premiados por la condescendencia y el alma benévola de sus habitantes: aunque gran parte de ellos conversan en quechua ayacuchano en su trato común, al dirigirse a nosotros lo hacen en castellano. Sin embargo, me avergüenza reconocer que mi incipiente quechua casi no ha dado nuevos pasos, al punto de sentirme “estancado”… Todo este último año, varado en Lima por cuatro operaciones consecutivas en mi rodilla izquierda, me he mantenido bastante alejado del quehacer parroquial. Gracias a Dios, mis dos compañeros (también sacerdotes) han podido suplirme en todo, con mucha caridad y paciencia, durante este año cuasi-sabático en el que muy lentamente el Señor me ha ido devolviendo la salud, no sin antes nutrirme de experiencias vitales —en verdad impostergables—, al lado de nuestra querida Comunidad de Jesús y de nuestro entrañable padre Roberto.

003Pienso que gracias a ello, esta tarde, al sumergirme con todo el pueblo por las coloridas calles del barrio de Pichccachuri (“cinco hijos”), acompañando la alegre y abigarrada procesión de Domingo de Ramos rumbo a la iglesia matriz (o cabecera parroquial), pude nuevamente saborear la maravillosa certeza de que Dios nos mira a todos por igual.

Nos mira como sus hijos, sin humanas distinciones, y que los unos y los otros estamos llamados a involucrarnos recíprocamente —como verdaderos hermanos y hermanas— en un mismo proyecto, que no es otro que el de Jesús de Nazaret: hacer visible, palpable, asequible, el Reino de Dios en medio de su pueblo. Y que para ello, ni las altas cumbres, ni el clima indómito, ni la carencia material, ni mucho menos la diversidad lingüística, pueden seguir siendo piedra de tropiezo para el encuentro del Dios vivo con todos sus hijos, sino acaso una oportunidad inmejorable para aquilatar la ternura y la dignidad de nuestro llamado, sabiéndonos enviados a celebrar la fe y la vida en torno a Jesucristo, al compás de las profundas vivencias de nuestros pueblos.

Un Cura

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