Una cosa tengo clara. El don de la composición no me fue dado el día de la repartición de talentos. No obstante una que otra vez me he atrevido a ir contra esta “injusta” decisión del destino. Para ello he tenido que desechar temporalmente mi alto sentido del ridículo, rayando en algunas ocasiones(las que no han sido muchas felizmente) con la desvergüenza. No está de mas aclarar que cada vez que tome lápiz y papel fue por encargo y no de motu proprio.

Un primer paso ha sido buscar un ambiente lo suficientemente alejado del ruido acústico y mental. Tener claro, de qué vamos a hablar en la canción y buscar la mejor forma de expresarlo. La relación entre la música y el texto debe ser una verdadera comunión de sensibilidades. Recuerdo que en una clase de armonía el maestro Salas nos dijo a manera de comentario: ”…lo importante es que suene bien.”

La melodía de una canción esta construida por frases, unas más importantes que otras, frases melódicas a las que llamamos temas . Toda música tiene un tema principal que se constituye como un hilo conductor de toda la composición pudiendo haber también variaciones de los temas y temas secundarios dentro de la obra.

Un tema no es otra cosa que el desarrollo de algo vivo y con un sentido o dirección determinados. Es decir, y siguiendo una metafórica ruta vital, tiene un inicio, un desarrollo, una cumbre y luego un descenso.

El cómo componer, es una cuestión que indiscutiblemente tiene una respuesta técnica y académica. Pero además requiere y exige el sentido estético y el gusto de quien compone, para que este, sin duda alguna, sentencie finalmente, que efectivamente: “suena bien.”