La catarsis, esa actividad tan de moda entre nosotros, remedio casi siempre infalible, para el sentimiento de frustración, sobre todo ahora y en medio de una sociedad que va a un ritmo vertiginoso en carrera loca hacia la satisfacción de necesidades reales o ficticias, encuentra su zenit indiscutible en este tercer, pandémico y estresado milenio. Y claro está las expresiones no podían quedarse atrás, más aún, tenían que ponerse al día y estar a la altura de la “necesidad”.

Hace unos días asistí a un concierto de rock, un género musical, que de por sí y en línea de principio, está ya, transido de un espíritu catártico (tal vez no es el único) y pude comprobar, no con asombro pero si con curiosidad, como la estridencia y el desenfreno rítmico de cada interpretación, podían desencadenar respuestas del más alto y desmesurado calibre, verdaderos estados alterados pero que como toda auténtica liberación, concluían en la mengua paulatina de las frecuencias cardiacas elevadas inicialmente a su máxima expresión para retornar luego a su estado natural. Cuerpos que se golpeaban lateralmente unos a otros, hacían del concierto, una suerte de liturgia o canto responsorial en el que nadie se odia, muy por el contrario todos son uno con el canto y el cantor, piensan como él, sienten como él y le gritan a la cara su propia canción como una especie de reafirmación y pacto sagrado. No hay santo para santiguarse pero hay descomunales parlantes, los más abominables de la historia del sonido, pero ahí, enfrente de ellos se arrodillan y los tocan esperando un no sé que de la felicidad. Habría que agregar que en este trance colectivo había como una especie de retorno a lo primigenio sino a lo primitivo.

Reconozco que el rock de hoy no es el de mis preferencias, más bien tengo predilección por el clásico; pero acepto al mismo tiempo que no había visto tanta autenticidad en dos horas de frenético extravío. Definitivamente creo que no hay otra forma de escuchar, “padecer” y responder a esta música que “pogueando”.

Que un piano suene mal, puede deberse a dos razones: al piano mismo o al pianista. Al piano mismo, tal vez por que no es de buena calidad o por qué no ha recibido el mantenimiento debido, con el consiguiente deterioro de su mecanismo y su gradual desafinación. Al pianista, si no está debidamente facultado para la correpetición o el concierto. En un coro el piano generalmente cumple la función de correpetición, es decir y como la palabra misma lo dice, repite la línea melódica de cada cuerda (soprano, tenor, mezzo y bajo) acompañando a las voces en cada obra donde este escrita la parte para piano. Pero en fin la historia que voy a contarles no tiene que ver con ninguna de las razones anteriormente mencionadas, fue simplemente la desafortunada aparición de un inesperado visitante. En efecto, una mañana en la que nos disponíamos a ensayar el piano dejó de emitir algunas notas, causando cierta confusión en el grupo. No era un error de nuestro pianista ni un fallo propiamente del piano, pero lo cierto es que nos tomó mucho tiempo determinar su causa.

El piano que teníamos en nuestra sala de ensayo era un piano vertical Zeitter & Winkelmann. Como sabemos el piano es considerado un instrumento de percusión en cuanto que sus cuerdas son percutidas por un mecanismo de martillos que se accionan mediante la digitación de las teclas. Por tanto, cualquier objeto extraño podría impedir el correcto funcionamiento de su sistema.

Finalmente disidimos investigar. Levantamos la tapa superior y comprobamos con estupor que el interior de nuestro piano se había convertido en un cementerio de desechos de comida. Lo que no llegábamos a entender, cómo es que eso pudo ocurrir sin que nadie de nosotros se percatara de ello. La cercanía a la cocina nos dio la clarinada de alerta e inspiró nuestras primeras sospechas. Además cada mañana hallábamos más restos de alimentos. No podía ser otra cosa que un roedor que había hecho de nuestro piano, su casa o en todo caso su despensa de alimentos.

Caza al roedor, fue la inusitada consigna que lanzamos, una vez descubierto el intruso. El dilema era saber cuando el invasor estaría en su “casa”. No tuvimos que esperara mucho para que el desdichado animalito delatara su presencia. El desalojo fue inmediato y determinó la pena capital del bicho. Y bueno, lo demás es historia. El piano recuperó su sonido original.La cuerda de varones recuperó el oído después del ensordecedor grito que lanzaron las sopranos al ver huir al invasor. Y claro está no pudimos deshacernos por un buen tiempo, de la manía de mirar con el rabillo del ojo, cualquier posible actividad rastrera, mientras entonábamos lo mejor de nuestro repertorio.

¿Y eso que está ahí?…le pregunté a mi madrina. Aún somnoliento y balbuceante, con una sonrisa para mis adentros, pensaba en todo lo que vendría, pues no era la primera vez que esto ocurría. Sin embargo no por eso estaba acostumbrado a ser despertado a media noche, lavarme y vestirme con mi mejor ropa y en menos de lo que canta un gallo, que por cierto cantó, presentarme delante de todos mis familiares para el gran acontecimiento, y además, flanqueado por todas las luces de la sala, que se encendían violentamente hiriéndome los ojos. Estos segundos de adaptación, por decirlo de alguna manera, valían su peso en oro, por lo que nos esperaba a mi hermana y a mí. Cuál no sería mi emoción, que la sola expectativa de poder ver a mis seres más queridos reunidos todos en una sola noche me hería de verdad, no el corazón pero sí la respiración; ya en esa época sabía que tenía un asma más o menos severa.

El niño nace a la media noche en la hora de mayor oscuridad, y es que precisamente ahí, la luz del recién nacido refulge con mayor intensidad. Peinado por mi papá como final de todo el rito descrito antes, caminaba dubitativo a través de un pasadizo oscuro que nos conducía al gran salón. De todos modos, un halo de luz proveniente de una de las esquinas de la sala y uno que otro villancico entonado por los presentes o el acordeón de mi tío, nos servía de guía, y ya parados finalmente en el umbral de la sala podía distinguirse claramente la fuente de luz que se había encargado de encaminarnos. Era hermoso, deslumbrante y de otro mundo. Era delicado y lo único que brillaba en la casa. En Europa le llaman belenes, pero la tradición europea iniciada por San Francisco de Asís, llegó también hasta aquí, en donde simplemente le llamamos: nacimiento. “¿Y eso que está ahí?… ¿cómo llegó?, ¿de dónde vino?”, con gran convicción y la vez con dulzura, me respondieron: “Ha venido de cielo”.

La euforia de la noche buena y de las subsiguientes no aminoró mi atención por el portal y el niño, pero cuando menos lo pensé no lo volví a ver. Era lógico para mí en ese tiempo, a demás me lo confirmaron con la convicción de siempre: “Ha regresado al cielo”.

Siempre el mes de diciembre con sus correrías y apuros tiene para la música un lugar especial y un momento esperado. Algo de su sabor tan especial perdería la santa espera de la Noche Buena, sin la presencia del cantico de Navidad. Recuerdo con nostalgia las estentóreas voces de mi abuela o de mi madrina entonando con fervor, consabidos villancicos españoles. Con el correr del tiempo aprendería innumerables canciones y descubriría que no solo habían villancicos españoles, también existían cantos de navidad peruanos, colombianos, franceses, ingleses y un interminable etc. Cada uno a su modo, según la vivencia y sentir de cada pueblo, pero todos con denodado candor se encargan de describirnos poéticamente los avatares de José y María en busca de una posada para el nacimiento del redentor y nos invitan a contemplar el misterio de un Dios que se hace hombre por nosotros. Frases como: “caminito de Belén…” o “no lloréis mi niño…”, expresadas a través de un género musical concreto nos acercan con ingenuidad infantil al pesebre, donde yace el recién nacido, como uno más entre nosotros, tan austero y necesitado, como algún día lo fuimos nosotros al calor de la mirada de nuestros progenitores. Y así, “arropándolo”, alimentándolo” y adorándole, con cada canto intentamos rodear de ternura al niño de Belén. A cual más dulce, alegre o nostálgico pero siendo todos un auténtico lenguaje que brota del corazón. Por ello un pedido por navidad: ¡que nunca falte un villancico¡

Les comparto algunos de mis villancicos preferidos:

08 The First Nowell Kings College Choirs

13 God Rest Ye Merry, Gentlemen Kings College Choirs

05 O Little Town of Bethlehem Kings College Choirs

PD: Más adelante subiré al blog más musica de Navidad.

El agobiante verano de 1985 encontraba su punto màs àlgido en el mes de febrero y ciertamente hacia las cuatro de la tarde, era la hora en la que, estudiar era lo último que hubiésemos querido hacer en la antigua casona de la academia San Fernando, allá en la tradicional avenida Alfonso Ugarte a pocas cuadras de La Casa del Pueblo, sede principal del partido aprista. La tarde del 1 de febrero de ese año, no fue la excepción, pero en la academia, no hubo lugar para el estudio, la antigua casona estaba desolada y una escueta nota pegada en el portón principal, comunicaba la suspensión temporal de las clases. Está demás decir, que era eso precisamente, lo que desde el inicio del día había estado esperando. Totus Tuus, el lema del Peregrino, adornaba con varios días de anticipación las calles de Lima, la emoción que embargaba el ánimo de todos los peruanos era indescriptible, pero también un oscuro temor dentro de un país asolado por la violencia terrorista, se cernía sobre nuestra mente y sobre nuestros corazones. Sinembargo al final la historia favorecería grandemente a los aliados de la paz.

Salí rápidamente de la casona, una vez enterado del asueto y tomé la avenida Uruguay para luego seguir por la avenida Wilson hacia la izquierda con rumbo a la Colmena. Las avenidas que nombro, se hallaban prácticamente desiertas, así como el resto de las calles y es que la gente que usualmente circulaba por ellas, estaba ahora agolpada en lugares estratégicos para alcanzar a ver al Papa que hacía una hora había partido del aeropuerto Jorge Chávez, para dirigirse a la catedral de Lima. Llegue a la avenida por donde pasaría el Papamóvil y esperé cerca de una hora antes de poder oír las primeras vivas ante la aparición del carro que transportaba al Papa. Las decenas de personas con las que inicié la espera, se convirtieron, en esos escasos sesenta minutos, en cientos de almas transidas de euforia y emoción ante la estampa y el semblante cálido del Papa Peregrino, a pesar de lo fugaz de la visión jamás he de olvidar aquella entrada triunfal como el ingreso de Dios en su amada Jerusalén.

Seguí al Papamóvil con viva emoción hasta donde me lo permitió la muchedumbre y ya detenido a pocos metros de la Plaza Mayor pude escuchar el estruendo ensordecedor de miles de voces: “Juan Pablo amigo Perú está contigo” y una voz que ripostaba: “Perú amigo el Papa está contigo”…se convirtió en un canto responsorial, en el que parecía que habíamos sido convocados para la guerra, pero no era el nuestro, un grito auspiciado por alguna de nuestras vísceras. No, salía del alma misma, somos uno contigo Juan Pablo, “…tu eres para siempre esa roca fuerte…”, muéstranos el camino y te seguiremos: Tu es Petrus.

Aquella noche, que nos llegó rápidamente, el gentío me impidió avanzar más, pero hoy vivo y siento perennemente, aquella flama que, la visión del “amigo” encendió un 1 de febrero. ¡Viva Juan Pablo II!

Revisando un antiguo Ordo ( libro ritual ) que vagaba en el depósito de la casa, dentro de un sinfín de antiquísimos recuerdos familiares, encontré en el apéndice una serie de cantos litúrgicos en latín, gregorianos propiamente dicho, que coronaban con solemne devociòn el tesoro escrito de nuestra milenaria y profundìsima liturgia catòlica. Investigando un poco màs, comprobè que varios de estos cantos, tenìan la notaciòn antigua, es decir, estaban escritos con pneumas en tetragrama, y sòlo un mìnimo grupo poseìa la notaciòn moderna. Pero lo que más llamó mi atención fue la existencia de prolongadísimos *melismas en la mayorìa de los cantos, por ejemplo en las a de casi todos los amen o en las e de sendos kyries y christes. Observando la dimensiòn de estos melismas, era fácil imaginar, que en su tiempo, habrían significado una gran dificultad, tanto para su aprendizaje como para su memorización. Algún recurso nemotécnico, sin duda alguna, debieron desarrollar para salvar el escollo en cuestión. Pero el tesoro hallado en el depósito escondía perlas aún por descubrir. Providencialmente se encontraba una colección de motetes, cantos a tres y cuatro voces de temática religiosa y litúrgica, caracterìstica esencial que define al motete como tal. Este hallazgo estaba en íntima relación con nuestra pregunta inicial. Lo cual ademàs me llevaba a una segunda pregunta: ¿ por que motete?.

En efecto a la hora de ejecutar los cantos gregorianos, se debiò recurrir a métodos memorísticos que resolviesen la entonación de melismas de gran longitud. El principal de ellos fue el de los llamados tropos, técnica por la cual se introducían palabras dentro de los melismas pero que no eran cantados, es decir, no se pronunciaban, facilitando de este modo el recuerdo inequívoco del melisma a entonar. Posteriormente y de la mano con la evolución de la liturgia y de la composiciòn, los textos comenzarían a formar parte de la música que inicialmente fue sólo melisma para dar origen a obras corales a tres y cuatro voces y que recibirían el nombre de motete, que precisamente proviene del término mot que en francés significa palabra

*melisma: sucesiòn de màs de una nota en una misma sìlaba.

Cuando en ciertas ocasiones recapitulamos lo vivido, solemos recordar antes que nada y por una tendencia natural, los momentos dichosos, aquellos que consideramos ser los mejores, los que nos hicieron felices. Y en lo personal, si se trata de elegir, marcadamente recuerdo mi infancia como la más feliz de mis épocas. Y en ello creo tambièn comulgar con la mayoría de los que me leen. Por otro lado he reconocido siempre que las cosas importantes que me han pasado en la vida, me llegaron al modo de las visitas inesperadas, totalmente gratuitas e incluso desconcertantes. En alguna ocasión me pidieron colaborar en una producción musical, cuando llegue al lugar me di cuenta que pisaba el sitio soñado. Cuál no sería mi sorpresa cuando a las pocas semanas me llamaron para trabajar de modo definitivo en ese lugar. La universidad también es una de las etapas para recordar gratamente. Pero ha sido la música la que mejores momentos me ha deparado. Una especie de conspiración virtuosa se encargó de conducirme hacia el arte del tiempo, cultivando mi gusto por la buena música y definiendo mi vocación, podríamos decir incluso sin exagerar, desde el vientre materno. “¡Pobre chica, la que tiene que servir! Más valiera que se llegase a morir; porque si es que no sabe por las mañanas brujulear, aunque mil años viva, su paradero es el hospital…”, era lo que decía el fragmento musical del que tengo el más antiguo recuerdo; pertenece al Tango de la Menegilda de La Gran Vía, zarzuela de los maestro Federico Chueca y Joaquín Valverde, y que con natural gracia y estilo entonaba mi madrina poseedora de una bellísima voz de soprano lírica, cuando yo apenas contaba con dos o tres años de edad. Pero este no es más que un ejemplo de los muchos que podría citar a la hora de hablar de los condicionamientos, por decirlo de alguna manera, que redundaron en mi afición y opción por la música. “Así no va esa tonada”…”si la vas a cantar, cántala bien sino mejor quédate callado…” eran frases comunes en mi casa. Agradezco infinitamente tales recomendaciones, sin las cuales seguramente hasta el día de hoy hubiera divagado en búsqueda de la tan ansiada musicalidad, tal vez incluso no hubiera tenido ni la más mínima noción de lo que eso significaba. La ópera, la música instrumental, también el bolero y algunos grandes íconos de la balada se habían acuartelado en mi hogar; en cambio la estridencia del rock y de algunos géneros tropicales quedaría relegada para mi mayoría de edad, cuando recién tuve oportunidad de acercarme a estas expresiones musicales. Ya inmune, estaba en capacidad de entender mejor lo que un estilo como el rock quería decirnos. La práctica coral de la infancia definió mi sentido musical a demás de desarrollarme el oído melódico y armónico. Por ello mi agradecimiento a las primeras enseñanzas,a los conceptos primigenios que modelaron mi sentido del buen gusto y que me hicieron adoptar la mùsica no sòlo como profesiòn, sino tambièn, como una forma de vida.

Cuántas veces ha resonado en nuestro oído más de una historia, frase o palabra, sin que tengamos conocimiento cierto y pleno de lo que se está diciendo o de la realidad a la que se alude y solo la curiosidad, en algunos casos, o la impredecible intervención del azar, en otros, se encarga de develar lo que hasta ese momento no era más que desconocido y hasta indiferente para nosotros. Una de estas incógnitas y de la que fui presa durante mucho tiempo, era la referida a una advocación mariana, la llamada Virgen de la O. Recuerdo haberla relacionado incluso, en alguna ocasión, con un canto que solía escucharse en una radio de música popular antigua, “María la O”, y que pertenecía a la zarzuela homónima compuesta por el maestro Ernesto Lecuona y que fue estrenada en Cuba en 1930. Creo sin embargo, que por entonces, estaba aún muy lejos de llegar siquiera a una vaga explicación.

En el invierno del año 2007 viaje a la ciudad del Cuzco para participar en un festival internacional de coros; en aquella ocasión y ya pasado el compromiso artístico, aproveché los últimos días de permanencia en la ciudad imperial para pasear por sus principales museos. El Coricancha, templo originalmente inca y dedicado al dios Sol, había sido ganado por la liturgia cristiana, como consecuencia de la conquista española. Hoy, convertido en monasterio de la orden dominica, alberga en sus patios y pasadizos piezas de incalculable valor pertenecientes al pasado prehispánico y virreinal del Perú.

Mientras recorría las salas del museo descubrí innumerables obras de arte de la época colonial, y entre ellas, una que llamó particularmente mi atención, se trataba de una pintura de la escuela cuzqueña que representaba a la Virgen María en cinta y en una pequeña inscripción situada en la parte inferior central de la obra, se podía leer: “Nuestra Señora de la O”. En la literatura explicativa se respondían las interrogantes que durante años me había formulado sin encontrar explicación alguna. La Virgen de La Expectación o de la Esperanza o también llamada Virgen de la O, representaba precisamente a la Virgen María embarazada y en actitud de espera del nacimiento del Salvador . La denominación “de la O” tendría dos razones, una por la forma ovoide del vientre materno y otra por las antífonas que tradicionalmente se entonan en el rezo de las Vísperas los días cercanos a la navidad, y cuyos textos se inician con la letra “O”, correspondiendo cada una de estas antìfonas, a los títulos que ensalzan el nombre de Cristo, y que han sido tomados de la Escritura, específicamente de las profecías con las que Isaías anuncia la venida del Cristo . En nuestra tradición católica romana, las antífonas de Adviento son entonadas desde el 17 hasta el 23 de Diciembre y son como siguen:

17 de diciembre: O Sapientia (O Sabiduría)

18 de diciembre: O Adonai (O Adonai)

19 de diciembre: O Radix Jesse (O Raíz de Jesé)

20 de diciembre: O Clavis David (O Llave de David)

21 de diciembre: O Oriens (O Amanecer)

22 de diciembre: O Rex Gentium (O Rey de las naciones)

23 de diciembre: O Emmanuel (O Emmanuel)…

…el uso de estas antífonas se remonta a los siglos V-VI aproximadamente y tienen su origen en los monasterios Benedictinos. Se cuenta que tan populares se hicieron, que no era raro escuchar entre los monjes: “No olvides las O …”, o también: “…las grandes antífonas de Adviento”.

Las antífonas nos invitan pues, por un lado, a tener esa misma actitud de espera creyente que tuvo la madre de Dios, alabando al Redentor del mismo modo que fue anunciado desde antiguo por las Escrituras; y por otro, nos muestra la riqueza de la liturgia católica en la fe hecha oración y que una vez más nos sorprende a través de una sutil construcción poética. Efectivamente, y para finalizar, si tomamos la primera letra de cada título empleado en las antífonas, al modo de un acróstico y las ordenamos de la última a la primera, obtendremos la frase “Ero cras”, que en latín significa, “Mañana vendré”.

El “mañana” está cerca y la espera creyente y gozosa es una invitación siempre nueva que nos hace la Iglesia a través María, madre del Salvador y madre nuestra.

O Sapientia

Latín:
O Sapientia, quae ex ore Altissimi prodiisti,
attingens a fine usque ad finem,
fortiter suaviterque disponens omnia:
veni ad docendum nos viam prudentiae.

Castellano:

Oh, Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo,
abarcando del uno al otro confín,
y ordenándolo todo con firmeza y suavidad:
ven y muéstranos el camino de la salvación.

O Adonai

Latín:
O Adonai, et Dux domus Israel,
qui Moysi in igne flammae rubi apparuisti,
et ei in Sina legem dedisti:
veni ad redimendum nos in brachio extento.

Castellano:

Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel,
que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente
y en el Sinaí le diste tu ley:
ven a librarnos con el poder de tu brazo.

O Radix Jesse

Latín:
O Radix Jesse, qui stas in signum populorum,
super quem continebunt reges os suum,
quem Gentes deprecabuntur:
veni ad liberandum nos, jam noli tardare.

Castellano:

Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos;
ante quien los reyes enmudecen,
y cuyo auxilio imploran las naciones:
ven a librarnos, no tardes más.

O Clavis David

Latín:
O Clavis David, et sceptrum domus Israel;
qui aperis, et nemo claudit;
claudis, et nemo aperit:
veni, et educ vinctum de domo carceris,
sedentem in tenebris, et umbra mortis.

Castellano:

Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel;
que abres y nadie puede cerrar;
cierras y nadie puede abrir:
ven y libra a los cautivos
que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

O Oriens

Latín:

O Oriens,
splendor lucis aeternae, et sol justitiae:
veni, et illumina sedentes in tenebris, et umbra mortis.

Castellano:

Oh Sol que naces de lo alto,
Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia:
ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

O Rex Gentium

Latín:
O Rex Gentium, et desideratus earum,
lapisque angularis, qui facis utraque unum:
veni, et salva hominem,
quem de limo formasti.

Castellano:

Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos,
Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo:
ven y salva al hombre,
que formaste del barro de la tierra.

O Emmanuel

Latín:
O Emmanuel, Rex et legifer noster,
exspectatio Gentium, et Salvator earum:
veni ad salvandum nos, Domine, Deus noster.

Castellano:

Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro,
esperanza de las naciones y salvador de los pueblos:
ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.

Son muchas las versiones que circulan acerca del origen de este canto, haciendo de él prácticamente, una historia de Navidad, pero la mía es una versión que posee un sabor especial. En primer lugar porque pudimos gracias a esas oportunidades con la que la música suele regalarnos, recrearla, vivirla y transmitirla, en una noche de diciembre cercana a la mas grande de todas las noches, y en la que la vivencia compartida con un grupo de afables y cautivos amantes del arte coral, marco mi despedida de una de las agrupaciones en la que más regocijo pude experimentar a la hora de hacer música.

La historia va mas o menos así:

Joseph Mohr, párroco de la Iglesia de San Nicolás en Oberndorf, Austria además de contar con una profunda devoción pastoral por su grey, poseía una reconocida vocación por la música, afinidad de la que había hecho gala desde muy joven y que se vería expresada por su afición al canto y la destreza en el arte de tocar la guitarra. Para la noche del 24 de diciembre de 1818, Mohr, sin duda alguna, habría pensado en un gran retablo musical para la misa de Gallo en el que desfilarían las más célebres composiciones elegidas para la ocasión y para lo cual contaba como maestro de capilla a Franz Xaver Gruber. Sin embargo la avería del órgano de la iglesia haría cambiar de planes al joven presbítero. En vista de la falta del instrumento eclesiástico, Mohr propuso al maestro, musicalizar y armonizar para guitarra, una serie de poemas, que él, hacía unos meses, había compuesto con motivo de la Noche Buena, se trataba ,claro está, de su Noche de Paz. Escrita la música finalmente, Mohr y Gruber acordaron además, que la ejecución del villancico quedaría a cargo de ellos mismos. Mohr tocaría la guitarra y cantaría el tenor, la primera voz; mientras que Gruber cantaría la segunda voz, el bajo.

Así, “Noche de Paz”, al modo de lo que su propia poesía dice, quedo inmortalizado, de la manera más candorosa y sencilla que podamos imaginar para el estreno de una composición que sería en adelante el más cantado y célebre de los villancicos.

Un regalo especial

El ciclo de conciertos que el Coro nacional de niños del Perú ofrecía con motivo de la Navidad me colocó en la historia de “Noche de Paz” . Tres noches de concierto previas a la Navidad del año 2008 tuve la oportunidad de hacer las veces de Gruber entonando el bajo de “Noche de Paz” mientras mi gran amigo y colega Ricardo Granara tocaba la guitarra y entonaba la melodía principal, haciendo las veces del párroco Mohr, conformando en cada una de las veladas, un dúo privilegiado, por intentar repetir la historia y por tener al lado como respuesta sonora a un bellísimo coro nacional de niños.

El título de hoy, sin duda podría confundir a más de un lector e incluso desacreditar a este humilde servidor quien tiene la osadía de dirigirse a uds. periódicamente a través de este blog. Felizmente, no es un caso para la fruiciòn detectivesca, el que hoy nos ocupa. No debemos sin embargo desdeñar los valiosos instrumentos que con perspicaz agudeza suelen emplear los profesionales de la investigación policial, en la dilucidación de los casos más oscuros y difíciles de resolver. Pero el artículo de hoy no es de la gravedad que pareciera ser.

La primera vez que canté en un coro tenía apenas siete años. Una selección de voces, que las maestras de primer grado organizaron, con ocasión de alguna de las tantas festividades que celebrábamos a lo largo del año, y de la cual no logro acordarme. En esta primera experiencia musical el reto consistía en cantar una pequeña canción al unísono, teniendo presente para ello, y muy en especial, algunas pautas elementales que todo coro infantil bien nacido exige: por ejemplo, no poner cabe al “compañerito” en la salida al escenario, no pegar chicle en la cabeza del “compañerito” de adelante, mientras estábamos actuando, “jamás” reírse de la gestica de la miss que dirigía al coro, etc. Superados estos inconvenientes, por no llamarlos “abusos de autoridad”, nos hallábamos más que listos para debutar, dueños de la situación y con la imaginación como dueña nuestra.

Lo que jamás imaginé, y esto lo volvería a comprobar años más tarde, es que muchos de mis compañeros si bien no se atrevían a saltar las normas establecidas y anteriormente descritas, tampoco atinaban, ni por atrevimiento, a cantar siquiera una parte de la melodía, tal y como se nos había enseñado. Habían también, quienes acertaban en el inicio, pero oscilaban en la afinación, hasta que sin remedio alguno, se perdían del todo antes de llegar al final. Otro grupo era el de los desmemoriados, no culminaban el aprendizaje, ni de la melodía ni de la letra. Y un mínimo de los seleccionados comandábamos, si es que vale el término, la nave cuasi naufraga, de intrépidos infantes. No faltaba sin embargo, dentro de esta última élite y en la que me incluyo, uno que otro descalabro. Cantábamos notas que creíamos correctas, pero que claramente hacían disonar nuestro dúo con el piano del maestro Robles. Algo anduvo mal definitivamente, por aquellos tiempos de “avezada” iniciación en el canto…

Cuando la música va de la mano con el trabajo puede ocurrir que este también vaya en detrimento de la primera. La exigencia en los tiempos y horarios del mundo de hoy difícilmente nos permiten dedicarnos a más de una actividad, con la debida eficacia. Por otro lado, la opción por la música no es de una razonable rentabilidad por la cual se pueda tener como actividad exclusiva. Todo ello juega un papel importante en el crecimiento del músico como tal, quien como todo profesional está obligado a una perenne actualización. Mi comentario viene apropósito de lo narrado anteriormente como una simple anécdota de la niñez pero que hoy día sin embargo vuelve a repetirse, en situaciones parecidas, mas ahora, con un color menos risueño que el de antaño.

Suele ocurrir, por ejemplo, en la lectura musical, que no siempre se acierte en todas las notas, a la hora de entonarlas. Estos fallos pueden deberse a una mala praxis en el solfeo, o también por la fijación de una nota errada que se ha venido cantando teniendola por correcta, o quiza por problemas en la resolución de la tesitura vocal etc. En todo caso más allá de las causas de estos desaciertos, aquella nota que creemos correcta y entonamos erróneamente, se conoce, como nota falsa. Y si de esclarecer un caso de nota falsa se trata, lejos de necesitar la perspicacia indagatoria, de los servidores de la ley, descrita al inicio del artículo, hemos de recurrir, en cambio, a una gran fineza auditiva.

Para descubrir, por ejemplo, en un sonido de conjunto, dentro de una agrupación coral más o menos numerosa la procedencia de una nota falsa, hace falta una experiencia bastante amplia, así como un oído armónico altamente desarrollado y formado en la práctica académica. El director coral, encargado de hacer las debidas correcciones, ha de tener la capacidad de señalar cual es la nota válida y cual la que por error se está emitiendo, además de identificar a quien la emite.

Tal vez podamos dejar la “avidez policíaca” para los casos de “inconducta” infantil referidos líneas arriba. Pero no abandonemos nunca la búsqueda de la excelencia musical como premisa de todo buen y bien llamado músico.

Espero que esta nota se haya ganado el favor de los lectores y le otorguen la debida credibilidad. Por la autenticidad del contenido y por la búsqueda implacable de la nota falsa. Hasta pronto.