Pensamiento Benedicto

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Si María y José llamaran a mi puerta

“Si la luz de Dios se apaga, se extingue también la dignidad divina del hombre. Entonces, ya no es la imagen de Dios, que debemos honrar en cada uno, en el débil, el extranjero, el pobre”. La homilía del Papa en la noche de Navidad

por Benedicto XVI

Queridos hermanos y hermanas

Una vez más, como siempre, la belleza de este Evangelio nos llega al corazón: una belleza que es esplendor de la verdad. Nuevamente nos conmueve que Dios se haya hecho niño, para que podamos amarlo, para que nos atrevamos a amarlo, y, como niño, se pone confiadamente en nuestras manos. Dice algo así: Sé que mi esplendor te asusta, que ante mi grandeza tratas de afianzarte tú mismo. Pues bien, vengo por tanto a ti como niño, para que puedas acogerme y amarme.

Nuevamente me llega al corazón esa palabra del evangelista, dicha casi de pasada, de que no había lugar para ellos en la posada. Surge inevitablemente la pregunta sobre qué pasaría si María y José llamaran a mi puerta. ¿Habría lugar para ellos? Y después nos percatamos de que esta noticia aparentemente casual de la falta de sitio en la posada, que lleva a la Sagrada Familia al establo, es profundizada en su esencia por el evangelista Juan cuando escribe: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron» (Jn 1,11).

Así que la gran cuestión moral de lo que sucede entre nosotros a propósito de los prófugos, los refugiados, los emigrantes, alcanza un sentido más fundamental aún: ¿Tenemos un puesto para Dios cuando él trata de entrar en nosotros? ¿Tenemos tiempo y espacio para él? ¿No es precisamente a Dios mismo al que rechazamos?

Y así se comienza porque no tenemos tiempo para él. Cuanto más rápidamente nos movemos, cuanto más eficaces son los medios que nos permiten ahorrar tiempo, menos tiempo nos queda disponible. ¿Y Dios? Lo que se refiere a él, nunca parece urgente. Nuestro tiempo ya está completamente ocupado. Pero la cuestión va todavía más a fondo. ¿Tiene Dios realmente un lugar en nuestro pensamiento? La metodología de nuestro pensar está planteada de tal manera que, en el fondo, él no debe existir. Aunque parece llamar a la puerta de nuestro pensamiento, debe ser rechazado con algún razonamiento. Para que se sea considerado serio, el pensamiento debe estar configurado de manera que la «hipótesis Dios» sea superflua. No hay sitio para él. Tampoco hay lugar para él en nuestros sentimientos y deseos. Nosotros nos queremos a nosotros mismos, queremos las cosas tangibles, la felicidad que se pueda experimentar, el éxito de nuestros proyectos personales y de nuestras intenciones. Estamos completamente «llenos» de nosotros mismos, de modo que ya no queda espacio alguno para Dios. Y, por eso, tampoco queda espacio para los otros, para los niños, los pobres, los extranjeros.

A partir de la sencilla palabra sobre la falta de sitio en la posada, podemos darnos cuenta de lo necesaria que es la exhortación de san Pablo: «Transformaos por la renovación de la mente» (Rm 12,2). Pablo habla de renovación, de abrir nuestro intelecto (nous); habla, en general, del modo en que vemos el mundo y nos vemos a nosotros mismos. La conversión que necesitamos debe llegar verdaderamente hasta las profundidades de nuestra relación con la realidad. Roguemos al Señor para que estemos vigilantes ante su presencia, para que oigamos cómo él llama, de manera callada pero insistente, a la puerta de nuestro ser y de nuestro querer. Oremos para que se cree en nuestro interior un espacio para él. Y para que, de este modo, podamos reconocerlo también en aquellos a través de los cuales se dirige a nosotros: en los niños, en los que sufren, en los abandonados, los marginados y los pobres de este mundo.

En el relato de la Navidad hay también una segunda palabra sobre la que quisiera reflexionar con vosotros: el himno de alabanza que los ángeles entonan después del mensaje sobre el Salvador recién nacido: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace».

Dios es glorioso. Dios es luz pura, esplendor de la verdad y del amor. Él es bueno. Es el verdadero bien, el bien por excelencia. Los ángeles que lo rodean transmiten en primer lugar simplemente la alegría de percibir la gloria de Dios. Su canto es una irradiación de la alegría que los inunda. En sus palabras oímos, por decirlo así, algo de los sonidos melodiosos del cielo. En ellas no se supone ninguna pregunta sobre el porqué, aparece simplemente el hecho de estar llenos de la felicidad que proviene de advertir el puro esplendor de la verdad y del amor de Dios. Queremos dejarnos embargar de esta alegría: existe la verdad. Existe la pura bondad. Existe la luz pura. Dios es bueno y él es el poder supremo por encima de todos los poderes. En esta noche, deberíamos simplemente alegrarnos de este hecho, junto con los ángeles y los pastores.

Con la gloria de Dios en las alturas, se relaciona la paz en la tierra a los hombres. Donde no se da gloria a Dios, donde se le olvida o incluso se le niega, tampoco hay paz. Hoy, sin embargo, corrientes de pensamiento muy difundidas sostienen lo contrario: la religión, en particular el monoteísmo, sería la causa de la violencia y de las guerras en el mundo; sería preciso liberar antes a la humanidad de la religión para que se estableciera después la paz; el monoteísmo, la fe en el único Dios, sería prepotencia, motivo de intolerancia, puesto que por su naturaleza quisiera imponerse a todos con la pretensión de la única verdad.

Es cierto que el monoteísmo ha servido en la historia como pretexto para la intolerancia y la violencia. Es verdad que una religión puede enfermar y llegar así a oponerse a su naturaleza más profunda, cuando el hombre piensa que debe tomar en sus manos la causa de Dios, haciendo así de Dios su propiedad privada. Debemos estar atentos contra esta distorsión de lo sagrado. Si es incontestable un cierto uso indebido de la religión en la historia, no es verdad, sin embargo, que el «no» a Dios restablecería la paz. Si la luz de Dios se apaga, se extingue también la dignidad divina del hombre. Entonces, ya no es la imagen de Dios, que debemos honrar en cada uno, en el débil, el extranjero, el pobre. Entonces ya no somos todos hermanos y hermanas, hijos del único Padre que, a partir del Padre, están relacionados mutuamente.

Qué géneros de violencia arrogante aparecen entonces, y cómo el hombre desprecia y aplasta al hombre, lo hemos visto en toda su crueldad el siglo pasado. Sólo cuando la luz de Dios brilla sobre el hombre y en el hombre, sólo cuando cada hombre es querido, conocido y amado por Dios, sólo entonces, por miserable que sea su situación, su dignidad es inviolable. En la Noche Santa, Dios mismo se ha hecho hombre, como había anunciado el profeta Isaías: el niño nacido aquí es «Emmanuel», Dios con nosotros (cf. Is 7,14). Y, en el transcurso de todos estos siglos, no se han dado ciertamente sólo casos de uso indebido de la religión, sino que la fe en ese Dios que se ha hecho hombre ha provocado siempre de nuevo fuerzas de reconciliación y de bondad. En la oscuridad del pecado y de la violencia, esta fe ha insertado un rayo luminoso de paz y de bondad que sigue brillando.

Así pues, Cristo es nuestra paz, y ha anunciado la paz a los de lejos y a los de cerca (cf. Ef 2,14.17). Cómo dejar de implorarlo en esta hora: Sí, Señor, anúncianos también hoy la paz, a los de cerca y a los de lejos. Haz que, también hoy, de las espadas se forjen arados (cf. Is 2,4), que en lugar de armamento para la guerra lleguen ayudas para los que sufren. Ilumina la personas que se creen en el deber aplicar la violencia en tu nombre, para que aprendan a comprender lo absurdo de la violencia y a reconocer tu verdadero rostro. Ayúdanos a ser hombres «en los que te complaces», hombres conformes a tu imagen y, así, hombres de paz.

Apenas se alejaron los ángeles, los pastores se decían unos a otros: Vamos, pasemos allá, a Belén, y veamos esta palabra que se ha cumplido por nosotros (cf. Lc 2,15). Los pastores se apresuraron en su camino hacia Belén, nos dice el evangelista (cf. 2,16). Una santa curiosidad los impulsaba a ver en un pesebre a este niño, que el ángel había dicho que era el Salvador, el Cristo, el Señor. La gran alegría, a la que también el ángel se había referido, había entrado en su corazón y les daba alas.

Vayamos allá, a Belén, dice hoy la liturgia de la Iglesia. Trans-eamus traduce la Biblia latina: «atravesar», ir al otro lado, atreverse a dar el paso que va más allá, la «travesía» con la que salimos de nuestros hábitos de pensamiento y de vida, y sobrepasamos el mundo puramente material para llegar a lo esencial, al más allá, hacia el Dios que, por su parte, ha venido acá, hacia nosotros. Pidamos al Señor que nos dé la capacidad de superar nuestros límites, nuestro mundo; que nos ayude a encontrarlo, especialmente en el momento en el que él mismo, en la Sagrada Eucaristía, se pone en nuestras manos y en nuestro corazón.

Vayamos allá, a Belén. Con estas palabras que nos decimos unos a otros, al igual que los pastores, no debemos pensar sólo en la gran travesía hacia el Dios vivo, sino también en la ciudad concreta de Belén, en todos los lugares donde el Señor vivió, trabajó y sufrió. Pidamos en esta hora por quienes hoy viven y sufren allí. Oremos para que allí reine la paz. Oremos para que israelíes y palestinos puedan llevar una vida en la paz del único Dios y en libertad. Pidamos también por los países circunstantes, por el Líbano, Siria, Irak, y así sucesivamente, de modo que en ellos se asiente la paz. Que los cristianos en aquellos países donde ha tenido origen nuestra fe puedan conservar su morada; que cristianos y musulmanes construyan juntos sus países en la paz de Dios.

Los pastores se apresuraron. Les movía una santa curiosidad y una santa alegría. Tal vez es muy raro entre nosotros que nos apresuremos por las cosas de Dios. Hoy, Dios no forma parte de las realidades urgentes. Las cosas de Dios, así decimos y pensamos, pueden esperar. Y, sin embargo, él es la realidad más importante, el Único que, en definitiva, importa realmente. ¿Por qué no deberíamos también nosotros dejarnos llevar por la curiosidad de ver más de cerca y conocer lo que Dios nos ha dicho? Pidámosle que la santa curiosidad y la santa alegría de los pastores nos inciten también hoy a nosotros, y vayamos pues con alegría allá, a Belén; hacia el Señor que también hoy viene de nuevo entre nosotros. Amén.

Artículo tomado de chiesa.espresso.repubblica.it del día 25 de Diciembre del 2012.

El Papa: «Tiempo de compromiso en el mundo para los cristianos»

La reflexión de Benedicto XVI en las columnas del periódico londinense “The Financial Times”

El artículo del Papa para el “Financial Times” (20 de diciembre de 2012) nació de una petición que llegó a la redacción del periódico, que, con el impulso de la reciente publicación del nuevo libro sobre la infancia de Jesús, pidió al Pontífice un comentario para Navidad.
Texto del artículo del Papa publicado en el Financial Times traducido al español por la Radio Vaticana

 

 “Tiempo de compromiso en el mundo para los cristianos”

“Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, fue la respuesta que Jesús dio cuando se le preguntó lo que pensaba sobre el pago de impuestos. Los que lo interrogaban, obviamente, querían tenderle una trampa. Querían obligarlo a tomar posición ante el encendido debate político sobre el dominio romano en tierra de Israel. Sin embargo había en juego mucho más: si Jesús era realmente el Mesías esperado, entonces seguramente se habría opuesto a los dominadores romanos. Por lo tanto la pregunta, estaba calculada para desenmascararlo, o como una amenaza para el régimen, o como un impostor.

“La respuesta de Jesús conduce hábilmente la cuestión hasta un nivel superior, advirtiendo sobre el peligro de la politización de la religión y la deificación del poder temporal, pero también ante la incansable búsqueda de la riqueza. Quienes lo escuchaban tenían que comprender que el Mesías no era César, y que César no era Dios. El reino que Jesús venía a instaurar era de una dimensión absolutamente superior. Como respondió a Poncio Pilatos: “mi reino no es de este mundo”.

“Las narraciones de Navidad del Nuevo Testamento tienen el objeto de expresar un mensaje similar. Jesús nació durante un “censo del mundo entero”, querido por César Augusto, el emperador famoso por haber llevado la Pax Romana a todas las tierras sometidas al dominio romano. Sin embargo este niño, nacido en un oscuro y lejano rincón del imperio, estaba por ofrecer al mundo una paz mucho más grande, verdaderamente universal en sus objetivos y trascendente sobre cada límite de espacio y de tiempo. Jesús se nos presenta como heredero del rey David, pero la liberación que él trajo a su propia gente no significaba ahuyentar los ejércitos enemigos sino vencer para siempre el pecado y la muerte.

El nacimiento de Cristo nos desafía a repensar nuestras prioridades, nuestros valores, nuestro mismo modo de vivir. Y mientras la Navidad es sin duda un tiempo de gran alegría, es también una ocasión de profunda reflexión, más aun, es un examen de consciencia. Al final de un año que ha significado privaciones económicas para muchos ¿qué cosa podemos aprender de la humildad, de la pobreza, de la sencillez de la escena del pesebre?

La Navidad puede ser el tiempo en el que aprendemos a leer el Evangelio, a conocer a Jesús no solamente como el Niño del pesebre, sino como aquel en el cual reconocemos a Dios hecho Hombre. Es en el Evangelio donde los cristianos encuentran inspiración para toda su vida cotidiana y para su participación en los asuntos del mundo – sea que esto suceda en el Parlamento o en la Bolsa-. Los cristianos no deben escapar del mundo; por lo contrario, deben comprometerse en él. Pero su participación en la política y en la economía deben trascender cada forma de ideología.

Los cristianos combaten la pobreza porque reconocen la dignidad suprema de cada ser humano, creado a imagen de Dios y destinado a la vida eterna. Los cristianos trabajan por una repartición equitativa de los recursos de la tierra porque están convencidos de que, en su calidad de administradores de la creación de Dios, tenemos el deber de hacernos responsables de los más pobres y de los más vulnerables. Los cristianos se oponen a la avidez y a la explotación, convencidos de que la generosidad, y un amor que se olvida de sí mismo, enseñados y vividos por Jesús de Nazaret, son el camino que conduce a la plenitud de la vida. La fe cristiana en el destino trascendente de cada ser humano implica la urgencia de la tarea de promover la paz y la justicia para todos.

Debido a que tales fines son compartidos por muchos, es posible una gran y fructífera colaboración entre los cristianos y los demás. Sin embargo los cristianos, dan a César solamente aquello que es de César pero no aquello que pertenece a Dios. Algunas veces a lo largo de la historia los cristianos no han podido condescender a las solicitudes hechas por César. Desde el culto del emperador de la antigua Roma hasta los regímenes totalitarios del siglo apenas transcurrido, César ha tratado de ocupar el puesto de Dios. Cuando los cristianos rechazan de inclinarse ante los falsos dioses propuestos en nuestros tiempos no es porque tienen una visión anticuada del mundo. Por el contrario, eso sucede porque están libres de ataduras ideológicas y son animados por una visión tan noble del destino humano, que no pueden aceptar compromisos con nada que lo pueda insidiar.

En Italia, muchas escenas de nacimientos están adornadas con ruinas de los antiguos edificios romanos como fondo. Esto demuestra que el nacimiento del niño Jesús marca el fin del antiguo orden, el mundo pagano, en el que las reivindicaciones de César parecían imposibles de desafiar. Ahora hay un nuevo rey que no confía en la fuerza de las armas, sino en la potencia del amor. Él lleva la esperanza a todos aquellos que, como Él mismo, viven al margen de la sociedad. Lleva esperanza a cuantos son vulnerables en las fluctuantes fortunas de un mundo precario. Desde el pesebre, Cristo nos llama para vivir como ciudadanos de su reino celestial, un reino que cada persona de buena voluntad puede ayudar a construir aquí sobre la tierra.

Artículo de vaticaninsider.lastampa.it del 20 de diciembre del 2012

El tesoro escondido de papa Ratzinger: las homilías sobre el Bautismo

La última es de hace pocos días y es la decimoquinta de la serie. Con una pasaje fulgurante contra las “pompas del diablo” que triunfan en la mentalidad corriente. Un “espectáculo” al que todo bautizado ha prometido renunciar.

de Sandro Magister

Ha pasado casi inadvertida al gran público. Pero la “lectio divina” que Benedicto XVI ha pronunciado el lunes 11 de junio por la tarde en la basílica de San Juan de Letrán, la catedral de Roma, ha sido uno de los momentos más alto de esa obra maestra que son sus homilías sobre el Bautismo. Que Benedicto XVI esté destinado a pasar a la historia por su predicación litúrgica, como antes que él el papa León Magno, es una hipótesis ya más que consolidada. Pero en el gran “corpus” de sus homilías, las que están dedicadas al Bautismo tienen un lugar de relevancia única. El mandato a bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo” está en las últimas palabras de Jesús en esta tierra.

La Iglesia las tomó muy en serio, y es así como genera a sus hijos, desde siempre. En consecuencia, el Bautismo es el acto de nacimiento y el documento de identidad de todo cristiano. Por este motivo es tan central en la predicación de Benedicto XVI. En una época de difuso analfabetismo religioso, de fe trémula y de disminución del bautismo en los países de antigua cristiandad, el papa Joseph Ratzinger quiere partir de nuevo desde los cimientos de la vida cristiana y devolverlos a la mirada de todos en su espléndida belleza. Sus homilías sobre el bautismo son un ejemplo clarísimo, como lo es la “lectio divina” que, el pasado 11 de junio, pronunció ante los fieles de Roma que atestaban la catedral.

Benedicto XVI habló improvisando, como los antiguos Padres de la Iglesia. Por encima de él los oyentes podían admirar, en el centro del antiguo mosaico del ábside, una cruz con gemas de la cual brotan ríos de agua viva. El nexo entre el Bautismo y la cruz ha sido justamente uno de los puntos relevantes de la “lectio divina” del papa, que ha tomado como punto de partida el “mandato” dado por Jesús a los apóstoles antes de subir al cielo: ” Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Otro pasaje de la “lectio” que ha impactado mucho a los presentes ha sido el momento en el que el papa ha vuelto a dar significado y frescura actual a una antigua formula del rito: la renuncia de quien recibe el Bautismo “a Satanás y sus pompas”, fórmula hoy en día sustituida por la endeble renuncia “a las seducciones del mal”.

Desde que ha sido elegido papa, hace siete años, Benedicto XVI ha administrado el Bautismo catorce veces, dedicándole cada vez una homilía. Siete veces el domingo que cada año sigue a la Epifanía, el domingo que celebra el Bautismo de Jesús en el Jordán. Y otras siete veces en la vigilia pascual. En el primer caso bautizando a niños, casi siempre de Roma, en la Capilla Sixtina; en el segundo, bautizando a adultos, procedentes de todas las partes del mundo, en la basílica de San Pedro. A continuación la transcripción íntegra de la “lectio divina” pronunciada por el papa en la basílica de San Juan de Letrán el 11 de junio de 2012, en la apertura de un congreso de la diócesis de Roma, su diócesis, dedicado precisamente al Bautismo y a su “pastoral”. Al final, el lector encontrará los links a todo el “corpus” de las homilías sobre el Bautismo de Benedicto XVI: las siete pronunciadas hasta ahora por él en los domingos del Bautismo de Jesús y las otras siete de las vigilias pascuales.

INMERSOS EN EL PADRE, EN EL HIJO, EN EL ESPÍRITU SANTO de Benedicto XVI Estimados hermanos y hermanas, [...] las últimas palabras del Señor en esta tierra a sus discípulos fueron: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (cfr. Mt 28, 19). Haced discípulos y bautizad. ¿Por qué no es suficiente para el discipulado conocer las doctrinas de Jesús, conocer los valores cristianos? ¿Por qué es necesario estar bautizados? Este es el tema de nuestra reflexión, para entender la realidad, la profundidad del sacramento del Bautismo. Se abre una primera puerta si leemos atentamente estas palabras del Señor.

La elección de la palabra “en el nombre del Padre” en el texto griego es muy importante: el Señor dice “eis” y no “en”, es decir, no “en nombre” de la Trinidad, como hacemos nosotros cuando decimos que un viceprefecto habla “en nombre” del prefecto, y un embajador “en nombre” del gobierno. No. Dice: “eis to onoma”, es decir, una inmersión en el nombre de la Trinidad, un ser introducido en el nombre de la Trinidad, una interpenetración del ser de Dios y de nuestro ser, un ser inmerso en el Dios Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, del mismo modo como en el matrimonio, por ejemplo, dos personas se convierten en una carne, se convierten en una nueva, única realidad, con un nuevo y único nombre.

El Señor nos ha ayudado a entender aún mejor esta realidad en su coloquio con los saduceos sobre la resurrección. Del canon del Antiguo Testamento, los saduceos reconocían sólo los cinco Libros de Moisés y en ellos no aparece la resurrección, por eso le negaban. El Señor demuestra la realidad de la resurrección en estos cinco Libros y dice: “¿no habéis leído lo que os dice Dios: ‘Yo soy el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?’ ” (cfr. Mt 22, 31-32). Por lo tanto, Dios toma estos tres y justamente en su nombre ellos se convierten en “el” nombre de Dios. Para entender quién es este Dios se deben ver estas personas que se han convertido en el nombre de Dios, un nombre de Dios, están inmersos en Dios. De este modo vemos que quien está en el nombre de Dios, quien está inmerso en Dios, está vivo, porque Dios – dice el Señor – es un Dios no de los muertos, sino de los vivos, y si es Dios de éstos, es Dios de los vivos. Los vivos están vivos porque están en la memoria, en la vida de Dios. Y justamente esto sucede en nuestro ser bautizados: somos introducidos en el nombre de Dios, en modo tal que pertenecemos a este nombre y su nombre se convierte en nuestro nombre y también nosotros podremos, con nuestro testimonio – como los tres del Antiguo Testamento –, ser testigos de Dios, signo de quién es este Dios, nombre de este Dios. Por lo tanto, estar bautizados quiere decir estar unidos a Dios. En una única y nueva existencia pertenecemos a Dios, estamos inmersos en Dios mismo. Pensando en esto, podemos ver inmediatamente algunas consecuencias. La primera es que Dios no está lejos de nosotros, no es una realidad que hay que discutir – si existe o no existe –, sino que nosotros estamos en Dios y Dios está en nosotros. La prioridad, la centralidad de Dios en nuestra vida es una primera consecuencia del Bautismo.

A la pregunta: “¿Existe Dios?”, la respuesta es: “Existe y está con nosotros; esta cercanía de Dios tiene que ver con nuestra vida, este estar en Dios mismo, que no es una estrella lejana, sino que es el ambiente de mi vida”. Esta sería la primera consecuencia y, por lo tanto, tendría que decirnos que tenemos que tener en cuenta esta presencia de Dios, vivir realmente en su presencia. Una segunda consecuencia de cuanto he dicho es que nosotros no nos hacemos cristianos. Ser cristianos no es algo que es consecuencia de una decisión mía: “Yo, ahora, me hago cristiano”. Es verdad que mi decisión también es necesaria, pero sobre todo, es una acción de Dios conmigo: no soy yo quien me hago cristiano; yo soy agarrado por Dios, tomado de la mano por Dios y así, diciendo “sí” a esta acción de Dios, me convierto en cristiano. Llegar a ser cristianos es, en un cierto sentido, “pasivo”: yo no me hago cristiano, sino que Dios me hace un hombre suyo, Dios me toma de la mano y realiza mi vida con una nueva dimensión.

Del mismo modo que yo no vivo por mí mismo, sino que la vida me es dada; he nacido no porque yo me he hecho hombre, sino que he nacido porque el ser humano me es donado. Así, también el ser cristiano me es donado, es un “pasivo” para mí, que se convierte en un “activo” en nuestra, en mi vida. Y este hecho del “pasivo”, de no hacernos por nosotros mismos cristianos, sino de ser hechos cristianos por Dios, ya implica un poco el misterio de la cruz: sólo muriendo a mi egoísmo, saliendo de mí mismo, puedo ser cristiano. Un tercer elemento que se abre enseguida en esta visión es que, naturalmente, estando inmerso en Dios, estoy unido a los hermanos y a las hermanas, porque todos los otros están en Dios y si me sacan de mi aislamiento, si yo estoy inmerso en Dios, estoy inmerso en la comunión con los otros. Estar bautizados no es nunca un acto solitario del “yo”, sino que es siempre necesariamente un estar unido con todos los otros, un estar en unidad y solidaridad con todo el cuerpo de Cristo, con toda la comunidad de sus hermanos y hermanas.

Este hecho de que el Bautismo me introduce en comunidad rompe mi aislamiento. Tenemos que tenerlo presente en nuestro ser cristianos. Y, por último, volvamos a la palabra de Cristo a los saduceos: “Dios es el Dios de Abraham y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” (cfr. Mt 22, 32) y, por lo tanto, éstos no han muerto; si son de Dios, están vivos. Quiere decir que con el Bautismo, con la inmersión en el nombre de Dios, también estamos nosotros ya inmersos en la vida inmortal, estamos vivos para siempre. Con otras palabras, el Bautismo es una primera etapa de la resurrección: inmersos en Dios, estamos ya inmersos en la vida indestructible, empieza la resurrección. Como Abraham, Isaac y Jacob siendo “nombre de Dios” están vivos, del mismo modo nosotros, introducidos en el nombre de Dios, estamos vivos en la vida inmortal.

El Bautismo es el primer paso de la resurrección, es entrar en la vida indestructible de Dios. Así, en un primer momento, con la fórmula bautismal de san Mateo, con la última palabra de Cristo, hemos visto ya un poco de lo esencial del Bautismo. Veamos ahora el rito sacramental, para poder entender de forma aún más precisa qué es el Bautismo. Este rito, como el rito de casi todos los sacramentos, se compone de dos elementos: materia – agua – y palabra. Esto es muy importante. El cristianismo no es algo puramente espiritual, algo solamente subjetivo, del sentimiento, de la voluntad, de ideas, sino que es una realidad cósmica. Dios es el Creador de toda la materia, la materia tiene que ver con el cristianismo y sólo en este gran contexto de materia y espíritu juntos somos cristianos.

Es muy importante, por lo tanto, que la materia forme parte de nuestra fe, que el cuerpo forme parte de nuestra fe. La fe no es puramente espiritual, sino que Dios nos introduce así en toda la realidad del cosmos y transforma el cosmos y lo atrae a sí. Y con este elemento material – el agua – tiene que ver no sólo un elemento fundamental del cosmos, una materia fundamental creada por Dios, sino también todo el simbolismo de las religiones, porque en todas las religiones el agua tiene algo que decir. El camino de las religiones, esta búsqueda de Dios de distintas maneras – aunque sean equivocadas, pero siempre búsqueda de Dios – está asumida en el sacramento. Las otras religiones, con su camino hacia Dios, están presentes, son asumidas, y así se hace la síntesis del mundo. Toda la búsqueda de Dios que se expresa en los símbolos de las religiones y, sobre todo – naturalmente –, en el simbolismo del Antiguo Testamento, que así, con todas sus experiencias de salvación y de bondad de Dios, se hace presente.

Volveremos sobre este punto. El otro elemento es la palabra, y esta palabra se presenta en tres elementos: renuncias, promesas, invocaciones. Importante es que estas palabras no sean, por lo tanto, sólo palabras, sino que sean camino de vida. En ellas se realiza una decisión, en estas palabras está presente todo nuestro camino bautismal, tanto pre-bautismal como post-bautismal. Por lo tanto, con estas palabras, y también con los símbolos, el Bautismo abarca toda nuestra vida. Esta realidad de las promesas, de las renuncias, de las invocaciones, es una realidad que dura toda nuestra vida, porque estamos siempre en camino bautismal, en camino catecumenal, mediante estas palabras y la realización de estas palabras.

El sacramento del Bautismo no es un acto de una hora, sino que es una realidad de toda nuestra vida, es un camino de toda nuestra vida. En realidad, detrás está también la doctrina de las dos vías, que era fundamental en el primer cristianismo: una vía a la que decimos “no” y una vía a la que decimos “sí”. Empecemos con la primera parte, las renuncias. Son tres y tomo, antes que nada, la segunda: “¿Renunciáis a las seducciones del mal para no dejaros dominar por el pecado?”. ¿Qué son estas seducciones del mal? En la Iglesia antigua, y aún durante siglos, aquí había la expresión: “¿Renunciáis a la pompa del diablo?”, y hoy sabemos qué se entendía con esta expresión “pompa del diablo”. La pompa del diablo eran sobre todo los grandes espectáculos cruentos, en los cuales la crueldad se convierte en diversión, en los cuales matar a hombres se convierte en algo espectacular: espectáculo, la vida y la muerte de un hombre. Estos espectáculos cruentos, esta diversión del mal es la “pompa del diablo”, donde aparece con aparente belleza y, en realidad, aparece con toda su crueldad. Pero, más allá de este significado inmediato de la palabra “pompa del diablo”, se quería hablar de un tipo de cultura, de un “way of life”, de una manera de vivir, en la cual no cuenta la verdad sino la apariencia, no se busca la verdad sino el efecto, la sensación y, bajo el pretexto de la verdad, en realidad se destruyen hombres, se quiere destruir y crearse sólo a sí mismos como vencedores. Por lo tanto, esta renuncia era muy real: era la renuncia a un tipo de cultura que es una anti-cultura, contra Cristo y contra Dios. Se decidía contra una cultura que, en el Evangelio de san Juan, es llamada “kosmos houtos”, “este mundo”. Con “este mundo”, por supuesto, Juan y Jesús no hablan de la creación de Dios, del hombre como tal, sino que hablan de una cierta criatura que es dominante y se impone como si el mundo fuese esto, y como si fuese éste el modo de vivir que se impone. Dejo ahora que cada uno de vosotros reflexione sobre esta “pompa del diablo”, sobre esta cultura a la cual decimos “no”.

Estar bautizados significa, precisa y sustancialmente, un emanciparse, un liberarse de esta cultura. Conocemos también hoy un tipo de cultura en la cual no cuenta la verdad. Si bien aparentemente se quiere mostrar toda la verdad, cuenta sólo la sensación y el espíritu de calumnia y de destrucción. Una cultura que no busca el bien, cuyo moralismo es, en realidad, una máscara para confundir, crear confusión y destrucción. Contra esta cultura, en la cual la falacia se presenta bajo la apariencia de la verdad y de la información, contra esta cultura que busca sólo el bienestar material y niega a Dios, decimos “no”. Conocemos bien, gracias también a tantos Salmos, este contraste de una cultura en la cual uno parece ser intocable a todos los males del mundo, se sitúa por encima de todos, por encima de Dios, mientras, en realidad, es una cultura del mal, un dominio del mal. Y así, la decisión del Bautismo, esta parte del camino catecumenal que dura toda nuestra vida, es justamente este “no”, dicho y llevado a cabo de nuevo cada día, también con los sacrificios que supone oponerse a la cultura dominante en muchas partes, aunque se impusiera como si fuese el mundo, este mundo: no es verdad. Y hay muchos que desean realmente la verdad. Así, pasamos a la primera renuncia: “¿Renunciáis al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?”.

Hoy, libertad y vida cristiana, observancia de los mandamientos de Dios, van en direcciones opuestas. Ser cristianos sería como una esclavitud; libertad es emanciparse de la fe cristiana, emanciparse – a fin de cuentas – de Dios. La palabra pecado a muchos les parece casi ridícula, porque dicen: “¡Cómo! ¡No podemos ofender a Dios! Dios es tan grande, ¿qué le importa a Dios si hago un pequeño error? No podemos ofender a Dios, su interés es demasiado grande para que podamos ofenderle”. Parece verdad, pero no es verdad. Dios se ha hecho vulnerable. En Cristo crucificado vemos que Dios se ha hecho vulnerable, se ha hecho vulnerable hasta la muerte. Dios se interesa por nosotros porque nos ama y el amor de Dios es vulnerabilidad, el amor de Dios es interés por el hombre, el amor de Dios quiere decir que nuestra primera preocupación debe ser no herir, no destruir su amor, no hacer nada contra su amor porque, de lo contrario, vivimos contra nosotros mismos y contra nuestra libertad. Y, en realidad, esta aparente libertad en la emancipación de Dios se convierte enseguida en esclavitud de tantas dictaduras del tiempo, que deben seguirse para estar considerados a la altura del tiempo.

Y por último: “¿Renunciáis a Satanás?”. Esto nos dice que hay un “sí” a Dios y un “no” al poder del Maligno que coordina todas estas actividades y quiere hacerse dios de este mundo, como dice de nuevo San Juan. Pero no es Dios, es sólo el adversario y nosotros no nos sometemos a su poder. Nosotros decimos “no” porque decimos “sí”, un “sí” fundamental, el “sí” del amor y de la verdad. Estas tres renuncias, en el rito del Bautismo, en la antigüedad, estaban acompañadas por tres inmersiones: inmersiones en el agua como símbolo de la muerte, de un “no” que realmente es la muerte de un tipo de vida y resurrección a otra vida. Volveremos sobre esto. Después, la confesión en tres preguntas: “¿Creéis en Dios Padre omnipotente, creador, en Cristo y, por último, en el Espíritu Santo y la Iglesia?”. Esta fórmula, estas tres partes, han sido desarrolladas a partir de la Palabra del Señor: “Bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Estas palabras están concretizadas y profundizadas: qué quiere decir Padre, qué quiere decir Hijo – toda la fe en Cristo, toda la realidad del Dios hecho hombre – y qué quiere decir creer estar bautizados en el Espíritu Santo, es decir, toda la acción de Dios en la historia, en la Iglesia, en la comunión de los Santos. Así, la formula positiva del Bautismo es también un diálogo: no es simplemente una fórmula.

Sobre todo la confesión de la fe no es sólo algo que hay que entender, una cosa intelectual, una cosa que hay que memorizar – ciertamente, también esto –, pero atañe también al intelecto, atañe también, principalmente, a nuestro vivir. Y esto me parece muy importante. No es algo intelectual, una pura fórmula. Es un diálogo de Dios con nosotros, una acción de Dios con nosotros, y una respuesta nuestra, es un camino. La verdad de Cristo se puede entender sólo si se ha entendido su vida. Sólo si aceptamos a Cristo como vía empezamos realmente a estar en la vía de Cristo y podemos también entender la verdad de Cristo. La verdad no vivida no se abre; sólo la verdad vivida, la verdad aceptada como modo de vivir, como camino, se abre también como verdad en toda su riqueza y profundidad. Por lo tanto, esta fórmula es una vía, es expresión de nuestra conversión, de una acción de Dios. Y queremos realmente tener presente también esto en toda nuestra vida: que estamos en comunión de camino con Dios, con Cristo. Y así estamos en comunión con la verdad: viviendo la verdad, la verdad se convierte en vida y viviendo esta vida hallamos también la verdad. Ahora pasemos al elemento material: el agua.

Es muy importante ver dos significados del agua. Por una parte, el agua hace pensar en el mar, sobre todo en el Mar Rojo, a la muerte en el Mar Rojo. En el mar se representa la fuerza de la muerte, la necesidad de morir para alcanzar una nueva vida. Esto me parece muy importante. El Bautismo no es sólo una ceremonia, un ritual introducido hace tiempo, y no es tampoco únicamente un lavado, una operación cosmética. Es mucho más que un lavado: es muerte y vida, es muerte de una cierta existencia y renacimiento, resurrección a nueva vida. Esta es la profundidad del ser cristiano: no es sólo algo que se añade, sino que es un nuevo nacimiento.

Después de haber atravesado el Mar Rojo, somos nuevos. De este modo el mar, en todas las experiencias del Antiguo Testamento, se ha convertido para los cristianos en símbolo de la cruz. Porque sólo a través de la muerte, una renuncia radical en la cual se muere a un cierto tipo de vida, puede realizarse el renacimiento y puede haber verdaderamente vida nueva. Esta es una parte del simbolismo del agua: simboliza – sobre todo en las inmersiones de la antigüedad – el Mar Rojo, la muerte, la cruz. Sólo desde la cruz se llega a la nueva vida y esto se realiza cada día. Sin esta muerte siempre renovada, no podemos renovar la verdadera vitalidad de la nueva vida de Cristo. Pero el otro símbolo es el de la fuente.

El agua es origen de toda vida; más allá del simbolismo de la muerte, tiene también el simbolismo de la nueva vida. Toda vida viene también del agua, del agua que viene de Cristo como la verdadera vida nueva que nos acompaña hasta la eternidad. Al final permanece la cuestión – sólo una palabrita – del Bautismo de los niños. ¿Es justo hacerlo, o sería más necesario hacer primero el camino catecumenal para llegar a un Bautismo verdaderamente realizado? Y la otra cuestión que siempre se plantea es: “Pero, ¿podemos imponer a un niño qué religión quiere vivir o no? ¿No tenemos que dejar al niño la elección?”. Estas preguntas muestran que ya no vemos en la fe cristiana la vida nueva, la verdadera vida, sino que vemos una elección entre otras, también un peso que no se debería imponer sin haber tenido el consentimiento del sujeto. La realidad es distinta.

La vida misma nos viene dada sin que podamos elegir si queremos vivir o no. A ninguno se nos pregunta: “¿Quieres nacer o no?”. La vida misma nos viene dada necesariamente sin consentimiento previo, nos viene donada así y no podemos decidir antes “sí o no, quiero vivir o no”. En realidad, la verdadera pregunta es: “¿Es justo donar vida en este mundo sin haber tenido el consentimiento: quieres vivir o no? ¿Se puede verdaderamente anticipar la vida, dar la vida sin que el sujeto haya tenido la posibilidad de decidir?”. Yo diría: es posible y es justo sólo si, con la vida, podemos dar también la garantía que la vida, con todos los problemas del mundo, sea buena, que sea bueno vivir, que haya una garantía que esta vida sea buena, esté protegida por Dios y que sea un verdadero don. Sólo la anticipación del sentido justifica la anticipación de la vida. Y por esto el Bautismo como garantía del bien de Dios, como anticipación del sentido, del “sí” de Dios que protege esta vida, justifica también la anticipación de la vida. Por lo tanto, el Bautismo de los niños no está contra la libertad.

Es justamente necesario darlo, para justificar también el don – de otro modo discutible – de la vida. Sólo la vida que está en las manos de Dios, en las manos de Cristo, inmersa en el Dios trinitario, es ciertamente un bien que se puede dar sin escrúpulos. Y así estamos agradecidos a Dios que nos ha donado este don, que nos ha donado a sí mismo. Y nuestro desafío es vivir este don, vivir realmente en un camino post-bautismal tanto las renuncias como el “sí”, viviendo siempre en el gran “sí” de Dios y, de este modo, vivir bien.

Tomado de:  www.chiesa.espresso.repubblica.it 

Frases de Benedicto XVI

Cuando el hombre se aparta de Dios, no es Dios quien le persigue, sino los ídolos.

La razón no se salvará sin la fe, pero la fe sin la razón no será humana.

Cuando el relativismo moral se absolutiza en nombre de la tolerancia, los derechos

En aquellos días aprendí dónde hay que interrumpir la discusión para que no se  transforme en embuste y dónde ha de empezar la resistencia para salvaguardar la libertad.básicos se relativizan y se abre la puerta al totalitarismo.

Nos hemos de liberar de la falsa idea de que la fe ya no tiene nada que decir a los hombres de hoy.

Allá donde la moral y la religión son reducidas al ámbito exclusivamente privado, faltan las fuerzas que puedan formar una comunidad y mantenerla unida.

Cuando la política promete ser redención, promete demasiado. Cuando pretende hacer la obra de Dios, pasa a ser, no divina, sino demoníaca.

En la concepción relativista, dialogar significa colocar la propia fe al mismo nivel que las conviciones de los otros, sin reconocerle por principio más verdad que la que se atribuye a la opinión de los demás.

Una fe que nosotros mismos podemos determinar, no es en absoluto una fe.

Si nos atrevemos a creer en la vida eterna, a vivir para la vida eterna, veremos cómo la vida se torna más rica, más grande, libre y dilatada.

Tomado de Proverbia.net/ autores/N. 127/ Benedicto XVI

¿Por muchos o por todos? La respuesta justa es la primera

Lo escribe Benedicto XVI a los obispos alemanes. Y quiere que en toda la Iglesia se respeten las palabras de Jesús en la última cena, sin inventar otras, como en los misales postconciliares. El texto íntegro de la carta del papa

Las Iglesias de varias naciones en el mundo restablecen en la misa, una detrás de otra, las palabras de consagración del cáliz retomadas textualmente de los Evangelios y en  uso durante siglos, pero sustituidas en los últimos decenios, en casi todas partes, por una traducción distinta.

Mientras el texto tradicional en su versión base en latín dice todavía: “Hic est enim calix sanguinis mei […] qui pro vobis et pro multis effundetur”, las nuevas versiones postconciliares han leído en el “pro multis” un imaginario “pro omnibus”. Y en lugar de “por muchos” han traducido “por todos”.

Ya en la última fase del pontificado de Juan Pablo II se había intentado, por parte de algunos, pocos, dirigentes vaticanos, entre los cuales Joseph Ratzinger, hacer revivir en las traducciones la fidelidad a “por muchos”. Pero sin ningún éxito.

Benedicto XVI ha tomado personalmente en mano la cuestión. Prueba de ello es la carta que ha escrito el pasado 14 de abril a los obispos de Alemania.

La traducción íntegra de la carta está reproducida más abajo. En ella, Benedicto XVI resume los pasajes principales de la controversia, para motivar mejor su decisión de retomar una correcta traducción del “pro multis”.

Pero para entender más a fondo el contexto, es útil recordar aquí algunos elementos.

En primer lugar, dirigiendo su carta a los obispos de Alemania, Benedicto XVI quiere dirigirse, por medio de ellos, también a los obispos de las otras regiones de lengua alemana: Austria, los cantones alemanes de Suiza, Tirol del Sur en Italia.

Si en Alemania, en efecto, la conferencia episcopal ha optado por traducir recientemente, aunque con fuerte resistencia, el “pro multis” no como “für alle”, por todos, sino como “für viele”, por muchos, en Austria no es así.

Y en Italia tampoco. En noviembre de 2010, en una votación, de 187 obispos votantes, sólo 11 se inclinaron por el “por muchos”. A favor del “por todos” votó una mayoría aplastante, indiferente a las indicaciones vaticanas. Poco antes, también las conferencias episcopales de las dieciséis regiones eclesiásticas, con la única excepción de Liguria, se habían pronunciado para el mantenimiento de la formula “por todos”.

En otras partes del mundo se está volviendo al uso del “por muchos”: en América Latina, en España, en Hungría, en los Estados Unidos. A menudo con contestaciones y desobediencias.

Pero es evidente que sobre esto Benedicto XVI quiere ir hasta el fondo, sin imposiciones, pero exhortando a los obispos a preparar al clero y a los fieles, con una catequesis apropiada, a un cambio que, de todas formas, tendrá que llegar.

Después de esta carta es, por lo tanto, más fácil que también en las misas celebradas en Italia sea retomado el “por muchos”, no obstante el voto contrario de los obispos en 2010.

La nueva versión del misal, aprobada por la conferencia episcopal italiana, está siendo actualmente examinada por la congregación vaticana para el culto divino. Y sobre este punto será seguramente corregida según las indicaciones del papa.

Una segunda anotación se refiere a los continuos obstáculos que el restablecimiento de una correcta traducción del “pro multis” ha encontrado en su camino.

Hasta el 2001, los fautores de traducciones más “libres” de los textos litúrgicos apelaban a un documento redactado en 1969 por el “Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia”, del cual era secretario monseñor Annibale Bugnini, un documento no firmado e insólitamente redactado en francés, usualmente citado con sus primeras palabras: “Comme le prévoit”.

En 2001, la congregación para el culto divino publicó una instrucción, “Liturgiam authenticam”, para la recta aplicación de la reforma litúrgica conciliar. El texto, fechado 28 de marzo, estaba firmado por el cardenal prefecto, Jorge Arturo Medina Estévez, y por el arzobispo secretario, Francesco Pio Tamburrino, y había sido aprobado por Juan Pablo II en una audiencia concedida ocho días antes al cardenal secretario de Estado, Angelo Sodano.

Recordando que el rito romano “tiene un estilo y una estructura propias que hay que respetar en lo posible también en las traducciones”, la instrucción recomendaba una traducción de los textos litúrgicos que fuese expresión “no tanto de ejercicio de una creatividad, como de cuidado por la fidelidad y la exactitud en la transmisión de los textos latinos en lengua vernácula”. Las buenas traducciones – determinaba el documento – “deben estar desvinculadas de cualquier dependencia exagerada de modos expresivos modernos y, en general, de una lengua de tono “psicologizante.”

La instrucción “Liturgiam authenticam” ni siguiera citaba el “Comme le prévoit”. Y era una omisión deseada para quitar definitivamente a ese texto una autoridad y una oficialidad que no había tenido jamás.

Pero no obstante esto, la instrucción encontró una fuerte resistencia, también en el interior de la curia romana, tanto que fue incluso ignorada y contradicha por dos sucesivos documentos pontificios.

El primero es la encíclica de Juan Pablo II “Ecclesia de Eucharistia”, de 2003. En el parágrafo 2, allí donde se recuerdan las palabras de Jesús para la consagración del vino, se lee: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados (cf. Mc 14, 24; Lc 22, 20; 1 Co 11, 25)”. El “por todos” es ahí una variación que no tiene ninguna correspondencia en los textos bíblicos citados, evidentemente introducida oyendo las traducciones presentes en los misales postconciliares.

El segundo documento es la última de las cartas que Juan Pablo II solía dirigir a los sacerdotes cada jueves santo. Estaba fechada en el Policlínico Gemelli, el 13 de marzo de 2005, y en el cuarto parágrafo dice:

“«Hoc est enim corpus meum quod pro vobis tradetur». El cuerpo y la sangre de Cristo se han entregado para la salvación del hombre, de todo el hombre y de todos los hombres. Es una salvación integral y al mismo tiempo universal, porque nadie, a menos que lo rechace libremente, es excluido del poder salvador de la sangre de Cristo: «qui pro vobis et pro multis effundetur». Se trata de un sacrificio ofrecido por « muchos », como dice el texto bíblico (Mc 14, 24; Mt 26, 28; cf. Is 53, 11-12), con una expresión típicamente semítica, que indica la multitud a la que llega la salvación lograda por el único Cristo y, al mismo tiempo, la totalidad de los seres humanos a los que ha sido ofrecida: es sangre «derramada por vosotros y por todos», como explicitan acertadamente algunas traducciones. En efecto, la carne de Cristo se da « para la vida del mundo » (Jn 6, 51; cf. 1 Jn 2, 2).”

Juan Pablo II tenía la vida pendiente de un hilo, moriría unos veinte días más tarde. Y es a un papa en estas condiciones, sin ya ni siquiera la fuerza para leer, al que se le hizo firmar un documento en favor de la fórmula “por todos”.

Este hecho contrarió a la congregación para la doctrina de la fe, a la cual ese texto no había sido previamente sometido. Tanto es así que pocos días después, el 21 de marzo, lunes santo, en una borrascosa reunión de los jefes de algunos dicasterios de la curia, el cardenal Ratzinger presentó sus protestas.

Menos de un mes después el mismo Ratzinger fue elegido papa, y anunciado al mundo con visible satisfacción por el cardenal Medina, el mismo que había firmado la instrucción “Liturgiam authenticam”.

Con Benedicto XVI papa, el restablecimiento de una correcta traducción del “pro multis” se convirtió enseguida en un objetivo de su “reforma de la reforma” en campo litúrgico.

Él sabía que habría encontrado oposiciones tenaces. Pero en este campo nunca ha temido tomar decisiones firmes, como prueba el motu proprio “Summorum pontificum”, de 2007, para la liberalización de la misa en rito antiguo.

Un dato de gran interés es la modalidad con la cual Benedicto XVI quiere actuar sus decisiones: no exclusivamente con órdenes perentorias, sino mediante convencimiento.

Tres meses después de su elección como papa hizo que la congregación para el culto, entonces presidida por el cardenal Francis Arinze, llevara a cabo un sondeo entre las conferencias episcopales para conocer su parecer sobre la traducción del “pro multis” con “por muchos”.

Obtenidos estos pareceres, el 17 de octubre de 2006, por indicación del papa, el cardenal Arinze envió una carta circular a todas las conferencias episcopales enumerando seis razones a favor del “por muchos” y exhortándolas – allí donde la fórmula “por todos” estuviese en uso – a “iniciar la necesaria catequesis de los fieles” en vista del cambio.

Es la catequesis que Benedicto XVI sugiere llevar a cabo en particular en Alemania, en la carta por él enviada a los obispos alemanes el pasado 14 de abril, en la cual hacer notar que no le parece que esta iniciativa pastoral sugerida con autoridad hace seis años se haya iniciado jamás.

Dos notas al margen del texto papal: 1) El “Gotteslob” es el libro común de himnos y oraciones en uso en las diócesis católicas de lengua alemana. 2) La cita “Demos gracias al Señor que, por su gracia, me ha llamado a su Iglesia…” es el último verso de la primera estrofa de un canto recurrente en las iglesias alemanas: “Fest soll mein Taufbund immer stehen”.

“SOMOS MUCHOS Y REPRESENTAMOS A TODOS…”

¡Excelencia!
¡Reverendo, querido arzobispo!

En ocasión de su visita, el 15 de marzo de 2012, Usted me informó del hecho de que entre los obispos de lengua alemana aún no hay consenso en lo que se refiere a la traducción de las palabras “pro multis”, en la oración del canon de la santa misa.

Parece ser que existe el peligro que en la nueva edición del “Gotteslob”, cuya publicación se espera en breve, algunas partes del área lingüística alemana desean mantener la traducción “por todos”, si bien la conferencia episcopal alemana está de acuerdo en escribir “por muchos”, tal como desea la Santa Sede.

Le he prometido pronunciarme por escrito en mérito a esta importante cuestión, para prevenir una división en el lugar más íntimo de nuestra oración. Esta carta, que por medio de Usted dirijo a todos los miembros de la conferencia episcopal alemana, también va dirigida a los otros obispos del área de lengua alemana.

Permítanme unas breves palabras sobre cómo surgió el problema.

En los años sesenta, cuando el misal romano, bajo la responsabilidad de los obispos, tenía que ser traducido en alemán, existía un consenso exegético sobre el hecho que el término “los muchos”, “muchos”, en Isaías 53, 11 s., era una forma expresiva hebrea para indicar el conjunto, “todos”. La palabra “muchos” en los relatos de la institución de Mateo y de Marcos era, por lo tanto, considerada un semitismo y tenía que ser traducida con “todos”. Ello se extendió también a la traducción del texto latino, donde “pro multis”, por medio de los relatos de los Evangelios, se refería a Isaías 53 y, por lo tanto, debía ser traducido con “por todos”.

Mientras tanto este consenso exegético se ha desmoronado, ya no existe. En el relato de la última cena de la traducción unificada alemana de la Sagrada Escritura se lee: “Esta es mi sangre, el sangre de la alianza, versado por muchos” (Mc 14, 24; cfr. Mt 26, 28). Esto evidencia una cosa muy importante: la traducción de “pro multis” con “por todos” no es una traducción pura, sino más bien una interpretación que estaba, y sigue estando, bien motivada, pero es una explicación y, por lo tanto, algo más que una traducción.

Esta fusión entre traducción e interpretación forma parte, en cierto modo, de los principios que inmediatamente después del Concilio guiaron la traducción de los textos litúrgicos a las lenguas modernas. Se entendía hasta qué punto la Biblia y los textos litúrgicos estaban distanciados del mundo del lenguaje y del pensamiento actual de la gente, por lo que incluso traducidos continuarían siendo incomprensibles para cuantos participaban en las funciones. Un riesgo nuevo era el hecho que, a través de la traducción, los textos sagrados se abrirían allí, ante cuantos participaban a la misa y, sin embargo, seguirían estando muy distantes de su mundo, por lo que esta distancia sería aún más visible. Por lo que no sólo nos sentimos autorizados, sino también incluso obligados a incluir la interpretación en la traducción para así acortar el camino hacia las personas, cuyos corazones y mentes debían ser alcanzados por esas palabras.

En cierta medida, el principio de una traducción sustancial, y no necesariamente literal, de los textos fundamentales continua estando justificado. Al pronunciar a menudo las oraciones litúrgicas en varios idiomas, observo que a veces no hay casi similitudes entre las distintas traducciones, y que el texto común sobre el que se basan es, muchas veces, sólo lejanamente reconocible. Al mismo tiempo se han verificado banalizaciones que constituyen verdaderas pérdidas. Así, en el curso de los años, yo mismo he comprendido cada vez con mayor claridad que, como orientación para la traducción, el principio de correspondencia no literal, sino estructural, tiene sus límites.

Siguiendo estas intuiciones, la instrucción para los traductores “Liturgiam authenticam”, promulgada el 28 de marzo de 2001 por la congregación para el culto divino, ha puesto en primer plano el principio de la correspondencia literal, sin que prescriba, por supuesto, un verbalismo unilateral.

La importante intuición sobre la que se basa esta instrucción es la distinción, ya citada al inicio, entre traducción e interpretación. Esa es necesaria tanto para las palabras de la Escritura como para los textos litúrgicos. Por un lado, la Palabra sagrada debe emerger lo más posible por sí misma, también con su lejanía y con las preguntas que conlleva. Por otro, a la Iglesia se le confía la tarea de la interpretación para que – en los límites de nuestra respectiva comprensión – nos llegue el mensaje que el Señor nos ha destinado.

Incluso la traducción más cuidada no puede sustituir a la interpretación: forma parte de la estructura de la Revelación el hecho que la Palabra de Dios sea leída en la comunidad interpretativa de la Iglesia, que la fidelidad y la actualización se vinculen entre ellas. La Palabra debe estar presente por sí misma, en su propia forma, quizás ajena a nosotros; la interpretación debe medirse en base a su fidelidad a la Palabra, pero al mismo tiempo debe hacerla accesible a quien la escucha hoy en día.

En dicho contexto, la Santa Sede ha decidido que en la nueva traducción del misal la expresión “pro multis” debe ser traducida como tal, sin ser interpretada. La traducción interpretativa “por todos” debe ser sustituida por la simple traducción “por muchos”. Desearía recordar que tanto en Mateo como en Marcos no hay artículo, por lo tanto no “por los muchos”, sino “por muchos”.

Si desde el punto de vista de la correlación fundamental entre la traducción y la interpretación esta elección es, como espero, del todo comprensible, soy consciente que ella representa un desafío inmenso para todos aquellos a quien se ha confiado la tarea de explicar la Palabra de Dios en la Iglesia.

Para quien normalmente frecuenta la misa, esto parece casi inevitablemente como una fractura en el centro mismo del rito sagrado. Preguntará: pero Cristo, ¿no ha muerto por todos? La Iglesia, ¿ha modificado su doctrina? ¿Puede hacerlo, le está permitido? ¿Se esta llevando a cabo una reacción que quiere destruir la herencia del Concilio?

Gracias a la experiencia de los últimos cincuenta años, todos nosotros sabemos cuán profundamente la modificación de las formas y de los textos litúrgicos afecta el alma de las personas y, por lo tanto, cuándo un cambio en un punto tan central del texto puede inquietar a las personas. Justamente por esto, cuando ante la diferencia entre traducción e interpretación se eligió la traducción “muchos”, se estableció también que en las diversas áreas lingüísticas la traducción debía estar precedida por una catequesis esmerada, con la cual los obispos debían explicar de manera concreta a sus sacerdotes, y por medio de ellos a los fieles, de qué se trataba.

Esta catequesis previa es el presupuesto esencial para la entrada en vigor de la nueva traducción. En lo que a mí concierne, en el área de lengua alemana, esta catequesis no ha existido hasta ahora. Mi carta quiere ser una petición urgente para todos vosotros, queridos hermanos, para preparar ahora dicha catequesis, y después hablar de ella con vuestros sacerdotes y, al mismo tiempo, hacerla accesible a los fieles.

En esta catequesis hay que aclarar brevemente sobre todo por qué en la traducción del misal, después del concilio, la palabra “muchos” ha sido traducida por “todos”: para expresar de manera inequívoca, en el sentido deseado por Jesús, la universalidad de la salvación que llega de él.

Entonces surge enseguida la pregunta: si Jesús ha muerto por todos, ¿por qué en las palabras de la última cena Él ha dicho “por muchos”? Entonces, ¿por qué insistimos sobre estas palabas de Jesús de la institución?

Antes de nada, a este punto hay que precisar que, según Mateo y Marcos, Jesús ha dicho “por muchos”, mientras según Lucas y Pablo ha dicho “por vosotros”. Ello parece estrechar aún más el círculo. Pero justamente a partir de aquí nos podemos acercar a la solución. Los discípulos saben que la misión de Jesús les trasciende a ellos y al grupo; que él ha venido para reunir a los hijos de Dios de todo el mundo que estaban dispersos (Jn 11, 52). Las palabras “por vosotros” hacen que la misión de Jesús sea muy concreta para los presentes. Éstos no son un elemento anónimo cualquiera de un conjunto inmenso: cada uno de ellos sabe que el Señor ha muerto por él, por nosotros. “Por vosotros” se extiende en el pasado y en el futuro, se dirige a mí personalmente; nosotros, que estamos aquí reunidos, somos conocidos y amados como tales por Jesús. Por lo tanto, este “por vosotros” no es una reducción, sino más bien una concretización que vale para cada comunidad que celebra la eucaristía, que la une de manera concreta al amor de Jesús. El canon romano ha unido entre sí dos expresiones bíblicas en las palabras de consagración, y por lo tanto dice: “por vosotros y por muchos”. Esta formula, con la reforma litúrgica, ha sido adoptada después para todas las oraciones eucarísticas.

Pero, de nuevo: ¿por qué “por muchos”? ¿Acaso el Señor no ha muerto por todos? El hecho que Jesucristo, como Hijo de Dios hecho hombre, sea el hombre para todos los hombres, el nuevo Adán, es una de las certezas fundamentales de nuestra fe. Querría a este respecto recordar sólo tres versos de las Escrituras. Dios “entregó por todos nosotros” a su proprio Hijo, dice Pablo en la carta a los Romanos (8, 32). “Uno solo murió por todos”, afirma en la segunda carta a los Corintios a propósito de la muerte de Jesús (5, 14). Jesús “se entregó a sí mismo para rescatar a todos”, se lee en la primera carta a Timoteo (2, 6).

Pero entonces se necesita preguntar otra vez: si esto es tan obvio, ¿por qué la oración eucarística dice “por muchos”? La Iglesia ha tomado esta formulación de los relatos de la institución del Nuevo Testamento. La usa por respeto de la palabra de Dios, para serle fiel hasta en la palabra. El temor reverencial ante la misma palabra de Jesús es la razón de la formulación de la oración eucarística. Entonces preguntamos: ¿por qué Jesús lo ha dicho así? La razón verdadera consiste en el hecho que Jesús, de esta manera, se ha hecho reconocer como el siervo de Dios de Isaías 53, que él se ha revelado como la figura anunciada de la profecía. El temor reverencial de la Iglesia ante la palabra de Dios, la fidelidad de Jesús a las palabras de la “Escritura”: esta doble fidelidad es el motivo concreto de la formulación “por muchos”. En esta cadena de reverente fidelidad nosotros nos introducimos con la traducción literal de las palabras de la Escritura.

Como hemos visto antes, el “por vosotros” de la tradición paolino-lucana no restringe sino que concretiza, por lo que ahora podemos reconocer que la dialéctica entre “muchos” y “tantos” tiene su importancia. “Todos” se mueve en el plano ontológico: el ser y el actuar de Jesús comprende a la humanidad entera, el pasado, el presente y el futuro. Pero de hecho, históricamente, en la comunidad concreta de los que celebran la eucaristía él llega sólo a “muchos”. Se puede, por lo tanto, reconocer un triple significado de la atribución de “muchos” y “todos”.

Primero de todo, para nosotros, que podemos sentarnos a su mesa, debe significar sorpresa, alegría y gratitud por haber sido llamados, por poder estar con él y poderlo conocer. “Demos gracias al Señor que, por su gracia, me ha llamado a su Iglesia…”.

Sin embargo, después, en segundo lugar, hay una responsabilidad. La forma en que el Señor alcanza a los otros – “todos” – a su modo, en el fondo sigue siendo su misterio. Sin embargo, es indudablemente una responsabilidad ser llamados directamente por él a su mesa para poder oír: por vosotros, por mí, él ha sufrido. Los muchos tienen la responsabilidad por todos. La comunidad de los muchos deben ser luz en el candelabro, ciudad sobre el monte, levadura para todos. Esta es una vocación que concierne a cada uno de manera completamente personal. Los muchos, que somos nosotros, deben tener la responsabilidad del conjunto, conscientes de su misión.

Por último puede añadirse un tercer aspecto. En la sociedad actual tenemos la sensación de no ser en absoluto “muchos”, sino muy pocos, una pequeña masa que sigue disminuyendo. En cambio, no: somos “muchos”: “Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas” (Ap 7, 9). Somos muchos y representamos a todos. Por lo tanto, las palabras “muchos” y “todos” van juntas y hacen referencia la una a la otra en la responsabilidad y en la promesa.

¡Excelencia, querido hermano en el obispado! Con todo esto he querido indicar las líneas fundamentales de la catequesis, con la cual sacerdotes y laicos deberán prepararse lo antes posible a la nueva traducción. Deseo que todo esto pueda servir también a una participación más intensa en la celebración de la sagrada eucaristía, incluyéndose de este modo en el gran compromiso al que tendremos que enfrentarnos en el “Año de la Fe”. Espero que esta catequesis esté pronto preparada, y que de este modo se convierta en parte de la renovación litúrgica para la cual el Concilio ha trabajado desde su primera sesión.

Con los saludos pascuales de bendición, suyo en el Señor.

Benedictus PP XVI

14 de abril de 2012

Artículo de:  chiesa.espresso.repubblica.it del 3 de mayo del 2012

Entregarse a Su Voluntad

<< Sígueme>>

(Lc 9,51-62)

El evangelio del discipulado incondicional nos indica, en el espejo de la figura del profeta Elías, quien es Jesús: <<Aquí hay algo mas que Elías.>> Iremos viendo y explicando aquí, paso a paso, el significado de esta sentencia. Jesús aparece en ella como quien esta en el camino de <<dirigir su rostro a Jerusalén >>, avanza hacia los días en que será << arrebatado>> al cielo. Como por un lado será <<asumido>> en la gloria de Dios, pero, por otro, y al mismo tiempo, debe permanecer actualmente visible en este mundo, ha de llamar al servicio del seguimiento.

El seguimiento se entiendo aquí no en un sentido general, es decir, en cuanto a dirigido a todos los hombres, en cuanto que es el camino común para encontrar al Señor. Se entiende en un sentido especial, restringido, que ya había prediseñado el Antiguo Testamento a propósito de Moises y Elías: como seguimiento por encargo, un ser admitido, ser recibido, para una misión especial. Se alude, pues, a lo que mas tarde fue llamado <<sucesión apostólica>>, el sacerdocio de la Iglesia. De ahí que este pasaje del evangelio, precisamente porque es en su totalidad un evangelio del misterio de Jesucristo, es también, al mismo tiempo, un evangelio del servicio del sacerdocio. Este evangelio nos habla a nosotros en esta hora, en la que desfila ante nuestra mirada la vasta multitud histórica de los que oyeron y siguieron esta llamada; en la que nos llega la pregunta del futuro y la llamada del presente.

Escuchemos, pues, atentamente, esta lectura evangélica, sigamosla, paso a paso, pues nos permite percibir a Jesús sobre el telón de fondo de la figura de Elías y es así como nos solicita.

<<Ser Arrebatado>>
 
Lo primero que debe advertirse es que Jesús se encamina hacia aquel <<ser arrebatado>>, aquella <<asunción>> que Lucas formula misteriosamente según el modelo de Elías. Lo particular, en efecto, de Elías, lo que le separa y distingue de todos los demás varones de Dios de la antigua alianza y le sitúa a la altura de Moises e incluso, bajo cierto aspecto, le supera, es que él no ha bajado, como los demás hombres, al mundo subterráneo, no ha descendido a la noche de la muerte, sino que ha sido arrebatado, sumido, y sigue estando en el mundo de los vivos. Ha sido guardado, conservado para la hora del fin y por eso se espera su venida en el momento final.

Fue arrebatado, asumido, y su asunción ocurrió en un carro de fuego, a través del cual el poder ardiente e iluminador del mundo celeste parece llegar hasta nuestro mundo, para elevarlo hasta aquel. << aquí hay mas que Elías.>> Pero si Jesús quería ser mas que Elías, también en él debía darse la <<asunción>>, una asunción que tenia que ser mayor y mas impresionante que aquel carro de fuego que Eliseo pudo seguir con la mirada.

De hecho, el evangelio sabe que Jesús es alguien que ha sido asumido… Pero el carro de fuego con el que asciende y que ahora no ve solo Eliseo, sino que es contemplado por la historia toda (hemos escuchado en la lectura:<<todos miraran al traspasado>>, ese carro de fuego es algo absolutamente distinto de cuando los hombre podían imaginar, ya que estos esperaban a escenas dramáticas, signos poderosos de Dios. Las estaciones de este carro de fuego son: Getsemaní, Caifás, Pilato, el vía crucis, el Gólgota. este es el modo como Jesús es arrebatado. El carro que le eleva a las alturas y abre las puertas del cielo es la cruz, o mejor dicho: la fuerza de su amor creador, que penetra hasta la muerte y salva así la frontera entre el cielo y la tierra. Su carro de fuego es el amor de la cruz, y es un carro que no solo transporto a Elías, sino que ha construido para nosotros. A todos nosotros por igual quiere invitarnos Jesús a subir a él; allí podemos todos nosotros ser asumidos, a una con él, en la promesa de la vida y en la superación de la muerte.

Cuando se compara, pues, a Elías con aquel que <<es mayor>>, se comprende aquella extraña historia que ni el propio Elías acertaba a entender, en la que vivió, en el Horeb, la experiencia de que Dios no esta en el fuego ni en la tempestad, sino en la palabra suave, en el suave y casi imperceptible signo de la bondad y del amor. Esto si que es mayor que la tempestad de Elías; el nuevo carro que no transporta solo a él, sino a todos nosotros. A todos nosotros se nos muestra como se abren las cerradas puertas de la vida, como el hombre puede moverse hacia la altura, hacia aquel de quien se ha dicho:<<En mi casa hay muchas moradas>>.

El Fuego renovador
 
Viene ahora un segundo acontecimiento: Jesús envía por delante a los dos << hijos del trueno>>, Santiago y Juan, para que le busquen alojamiento en Samaria, camino de Jerusalem. Pero dado que los samaritanos no reconician a Jerusalem, era natural que no proporcionaran ningún tipo de ayuda a los peregrinos que se dirigían a la capital judía. Una vez mas vuelve a susederle, como al principio de su vida, que <<no había sitio para él en la posada>>. No tiene en este mundo un lugar donde reposar la cabeza. Es, por doquier, el indeseado.

De Elías cuenta la tradición que por tres veces hizo descender fuego del cielo que devoro a los que se le oponían y maquinaban encarcelarle. Entre las grandes manifestaciones de su poder se cuenta el hecho de que pudiera disponer del fuego del cielo para dirimir una controversia. Por eso, los dos hijos del Zebedeo esperan-habria que añadir que con razón- que aquel que era mayor que Elías hiciera descender fuego sobre Samaria de forma que los hombres podrían ver con sus propios ojos el castigo infligido a la cuidad inhospitalaria. Pero, una vez mas, la respuesta de Jesús es distinta. Para poder entenderla debemos leer este pasaje del evangelio en conexión con los hechos de los apóstoles, en cuyo capitulo 8 nos narra Lucas la respuesta de Jesús.

Tras la ejecución de Esteban, la joven comunidad cristiana tuvo que huir de Judea. Comenzó a ser Iglesia universal cuando tuvo que adentrarse en lo hasta entonces desconocido e intransitable. Llegaban así mensajeros y aparece en Samaria el diácono Felipe, que anuncia la palabra de Jesús. Y aquellos que no habían recibido al Jesús terreno, le dicen ahora su <<si>>, se abre el mensaje de la fe. Rebosante de alegría, Felipe puede informar en Jerusalem que Samaria ha abrazado la fe. Ahora es Juan quien, esta vez con Pedro, se trasladan allí; imponen las manos sobre los creyentes y les trasmiten el Espíritu Santo. Se produce entonces un nuevo Pentecostés, este es el fuego con el que Jesús da su respuesta: el fuego de Pentecostés, la hoguera de su palabra transformadora, en la que reside la fuerza de su misericordia y de su renovación y hace ver a los hombres que antes se enfrentaban entre si que, a partir de él, deben profesarse mutuo afecto. Su nuevo fuego no es destructor.

El fuego con el que quiso encender el mundo es el poder del Espíritu Santo. Este es el fuego que procede del carro ígneo de su cruz, que se hace patente a los hombres y les da nueva esperanza, nuevo camino, nueva vida. Una vez mas, cuanto mas suave parece su fuego, comparado con el poder aniquilador de Elías, tanto mayor es. Porque es escaso poder el de aniquilar. Esto es muy fácil. El poder autentico consiste en la capacidad de construir, de dar vida, de abrir los corazones, de trasformar. Este es el fuego de Jesús, su juicio de la nueva vida.

Abandonarlo Todo
 
Llega finalmente el tercer punto, el seguimiento. Se narra en esta escena el encuentro de Jesús con tres hombres. En ellos y en sus respuestas se refleja lo que es el seguimiento, lo que significa el sacerdocio. Sorprende, en primer lugar, el hecho de que Jesús rechace al que se le acerco primero y el dijo que quería seguirle. Esto significa que el seguimiento o – para llamarlo ya, sin mas rodeos, por su verdadero nombre- el sacerdocio no lo puede elegir nadie por su propia decisión. No es posible imaguinarlo como un modo de conseguir seguridad en la vida, de ganarse el sustento, de obtener una cierta posición social. Np se le puede elegir simplemente como algo que proporciona seguridad, amistad, protección y cobijo, como un medio con que poder organizar la vida. Jamas puede ser simple medio de asegurar la subsistencia, elección personal. Nadie puede darse a si mismo o por si mismo el sacerdocio autentico. Solo puede ser respuesta a su voluntad, a SU llamada.

El sacerdocio exige siempre que renunciemos a nuestra propia voluntad, a la idea de la simple autorrealización, a lo que podríamos hacer o querríamos tener y nos entreguemos a otra voluntad para dejarnos guiar por ella, llevar incluso adonde no queremos. Si no existe, si no esta presente esa voluntad básica de entrega a otra voluntad, de indentificarse con ella, de dejarse guiar adonde no habíamos calculado, no se esta caminado por la autentica senda sacerdotal y la ruta emprendida solo podrá conducir a la perdición. El sacerdocio se apoya en el valor de aceptar la voluntad de otro, de responder a la llamada de otro y , a una con ello, en obtener paso a paso y cada vez mas la gran certeza de que, entregados a esta voluntad, no somos destruidos, no somos aniquilados, sino que, dondequiera se nos conduzca y fuera cuales fueren las mudanzas que nos sobrevengan, estamos llegando realmente a la verdad de nuestro propio ser. Así estamos, en efecto, mas cerca de nosotros que cuando solo nos aferramos a nosotros mismos. Por consiguiente seguirle- pronunciar ese <<si, aquí estoy, estoy dispuesto>>- es siempre un acontecimiento de la cruz, con el abandono de lo propio, con la renuncia a la propia capacidad y al propio cuidado de si, con nuestra liberación gracias al salto hacia lo desconocido de otra voluntad, lo cual es, con todo, lo final y definitivamente conocido. Desde la cruz y la resurrección de Jesucristo advertimos que el fondo de todo esto esta la voluntad y el poder que soporta en verdad al mundo y a todos nosotros.
 
 
 
No Puede Aplazarse la Hora
 
El segundo hombre con el que Jesús se encuentra pone algunas objeciones realmente razonables. Desearía esperar hasta la muerte de sus padre y gestionar mientras tanto los asuntos para que todo discurra por sus cauces normales, de suerte que pueda dejarlo todo bien dispuesto y ordenado antes de partir a otro lugar. Luego seguiría a Jesús. Pero, ¿quien sabe cuando ocurriría esto? ¿seguiría teniendo entonces la fuerza de voluntad necesaria para ponerse en pie y seguir a Jesús? Una cosa vemos claramente: que la respuesta a la llamada, una llamada de Jesús tiene prioridad y pide la entrega total. Es decir, tiene preferencia y reclama una parte de si mismo, una parte de su tiempo y de su voluntad. De ser así, no se habría respondido a esta llamada, una llamada tan grande que solicita y llena la vida entera, pero que solo la llena cuando se mantiene en su totalidad.

Esto significa también que existe la hora de Jesucristo, el instante que no puede aplazarse, porque no se puede calcular y decir:<<si quiero, por supuesto, pero tengo que hacer esto o lo otro>>. Porque así se puede dejar escapar el instante de su vida y perder, precisamente por culpa de estas cautelas, lo autentico de la propia vida, que nunca se puede recuperar. Hay la hora de la llamada, que exige una decisión instantánea, una decisión mucho mas importante de cuando podríamos imaginar y de lo que es perfectamente razonable. Tiene preferencia la razón de Jesús y su llamada: llega primero. Tiene una importancia decisiva- y no solo en el primer instante, sino para siempre y en todos los tramos del camino- este valor para posponer lo que nos parece tan razonable ante este<<mas tarde>> que es él. Solo así llegamos verdaderamente hasta su cercanía.

Tener el valor de estar cerca del fuego
 
También el tercer hombre de esta escena quiere poner en orden los asuntos pendientes de su casa. pide un poco de tiempo, pero también a él se le dice<< te necesito enteramente.>> No hay un sacerdocio a la media jornada ni a medio corazón. es algo que requiere al hombre que se entrega, y no solo una parte de su tiempo o de sus bienes.

Y esto nos conduce de nuevo a Elías, el gran modelo en que se dan juntas todas estas cosas. Eliseo quería ser su sucesor. Elías le dice:<<pides una cosa difícil; si estas a mi lado cuando sea llevado, si eres capaz de estar cerca del fuego, lo tendrás.>> y así ocurrió.

Lo que hemos oído acerca de las sentencias sobre el seguimiento de Jesús traduce en términos prácticos estas palabras de Elías: el seguimiento exige que tengamos el valor de estar junto a su carro ígneo; que tengamos el valor de estar cerca del fuego, que ha venido para incendiar la tierra. Hay en Orígenes una sentencia atribuida a Jesús: <<Quien esta cerca de mí esta cerca del fuego.>> quien no quiera verse quemado, debe alejare de él. En el sí al seguimiento se incluye el valor de dejarse abrazar por el fuego de la pasión de Jesucristo, que es también, al mismo tiempo, el fuego salvador del Espíritu Santo. Solo si tenemos el valor de estar junto a este fuego, si nos dejamos incendiar nosotros mismos, solo entonces podremos ser también fuego en esta tierra, el fuego de la vida, de la esperanza y del amor.

Este es el fondo y en definitiva, el núcleo de la llamada: que debemos estar preparados para dejarnos abrasar, para dejarnos incendiar por aquel cuyo corazón arde por la fuerza de su palabra. Si somos tibio y tediosos, no podemos traer el fuego a este mundo, ni aportar ningún poder de transformación.

Anunciar la alegría
 
Hay todavía otra sentencia, en la que se dice:<<Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar la buena nueva.>> los trabajos de este mundo por los bienes y riquezas son en el fondo preocupaciones por los muertos. <<Tú sal de este trabajo de muertos de este mundo y anuncia la alegría>>, tal es el núcleo autentico de la llamada que el Señor dirige a quienes han de trasmitir su palabra. Anunciar la alegría: por eso a los servidores del evangelio los llama Pablo <<servidores de nuestra alegría>>. Se ha insistido mucho aquí en la pasión de Jesús, pero es porque de su mismo centro surge la alegría. Que nuestro ser en el mundo no es un vivir para la muerte, no es un vivir desde la nada y hacia la nada, sino una vida que ha sido querida desde el principio por un amor infinito hacia el que se encamina, todo esto se advierte también en el carro de fuego de Jesucristo. Descubrimos su alegría cuando tenemos el valor de dejarnos incendiar por el mensaje del Señor. Y cuando lo hemos descubierto, entonces podemos abrasar, porque entonces somos siervos de la alegría en medio de un mundo de muerte.

Supliquemos al Señor que nos permita hundirnos y fundirnos en esta luz, en esta hoguera de su alegría.  démosle gracias porque a lo largo de estos 400 años ha habido siempre, en este lugar, hombres que han puesto la mano en el arado y no han vuelto la vista atrás. Pidámosle que, den el sí total. Roguémosle que nos conceda el valor de poner la mano en el arado, para ser así servidores de su alegría en este mundo. Amén.

Del libro de Joseph Ratzinger Benedicto XIV
 
Servidor de vuestra alegría.
 
Capitulo II.

El buen samaritano

La parábola del buen samaritano(cfr.Lc,25-37) nos lleva sobre todo a dos aclaraciones importantes. Mientras el concepto de “prójimo” hasta entonces refería esencialmente a los conciudadanosy a los extranjeros que se establecían en la tierra de Israel, y por tanto a la comunidad compacta de un país o de un pueblo, ahora este límite desaparece.Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo pueda ayudar. Se universaliza el concepto de prójimo, pero permaneciendo concreto.Aunque se extienda a todos los hombres, el amor al prójimo no se reduce a una actitud genérica y abstracta, poco exigente en sí misma, sino que requiere mi compromiso práctico aquí y ahora.

                                                                                                                                                                                                   Deus caritas est, n.15

 

Tomado de Palabras de Cristo en El buen samaritano, Orar, Joseph Ratzinger,pag.201.Ed. Planeta Testimonio.

Acerca de la Oración III

Rezar no significa salir de la historia y retirarse en el rincón privado de la propia felicidad. El modo apropiado de orar es un proceso de purificación interior que nos hace capaces para Dios y, precisamente por eso,capaces también para los demás. En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios. Ha de aprender que no puede pedir cosas superficiales y banales que desea en ese momento, la pequeña esperanza equivocada que lo aleja de Dios. Ha de purificar sus deseos y sus esperanzas. Debe liberarse de las mentiras ocultas con que se engaña a sí mismo: Dios las escruta, y la confrontación con Dios obliga al hombre a reconocerlas también.  

                                                                                                                                                                                                                  Spe Salvi, n.33

 

Tomado de Vida de Piedad en Vida Cristiana, Orar, Joseph Ratzinger,pag.125-126.Ed.PlanetaTestimonio

Acerca de la Oración II

“…unas palabras de un sermón de San Agustín, en el que me parece extraordinariamente clara la dinámica interna de lo que significa esperar la vida eterna en medio de la vida actual: “Una joven dice tal vez a su prometido: “No te pongas ese abrigo.” Y él no se lo pone. Le dice durante el invierno: “Preferiría que fueras con una túnica corta”, y entonces él prefiere helarse antes que ofenderla. Sin embargo, ¿es seguro que ella no tiene ningún poder para obligarlo?…No, porque, ciertamente,él únicamente teme una cosa que ella le diga:” De  lo contrario no quiero verte nunca más.”Esperar la vida eterna significa esto: no querer perder ya más la mirada de Dios , porque él es nuestra vida.

                                                                                                                                                               Mi gozo es estar a tu lado, p.165

 

Tomado de Vida cristiana en Muerte y vida eterna, Orar, Joseph Ratzinger, pag.143.Ed. Planeta testimonio.

Acerca de la Oración

Para que la oración produzca esta fuerza purificadora debe ser,por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra,ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente. El cardenal Nguyen Van Thuan cuenta en su libro Ejercicios espirituales cómo en su vida hubo largos períodos de incapacidad de rezar y cómo él se aferró a las palabras de la oración de la Iglesia: el Padrenuestro, el Avemaría y las oraciones de la liturgia.

En la oración tiene que haber siempre esta interrelaciónentre oración pública y oración personal. Así podemos hablar a Dios, y así Dios nos habla a nosotros. De este modo se realizan en nosotros las purificaciones, a través de las cuales llegamos a ser capaces de Dios e idóneos para servir a los hombres.

                                                                                                                                                                    Spe Salvi, n.34

Tomado de Vida de Piedad en Vida Cristiana, Orar,Joseph Ratzinger,pag. 126.Ed. Planeta Testimonio