Soy yo, no teman
- 09 Abril 2016
- 09 Abril 2016
- 09 Abril 2016
Evangelio según San Juan 6,16-21.
Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento. Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. El les dijo: "Soy yo, no teman". Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban.
San Lorenzo de Irlanda
San Lorenzo, arzobispo, nació en Irlanda hacia el año 1128, de la familia O’Toole que era dueña de uno de los más importantes castillos de esa época. Cuando el niño nació, su padre dispuso pedirle a un conde enemigo que quisiera ser padrino del recién nacido. El otro aceptó y desde entonces estos dos condes, se hicieron amigos y no luchó más el uno contra el otro. Cuando el niño tenía diez años, al jovencito le agradó inmensamente la vida del monasterio y le pidió a su padre que lo dejara quedarse a vivir allí, porque en vez de la vida de guerras y batallas, a él le agradaba la vida de lectura, oración y meditación. Lorenzo llegó a ser un excelente monje en ese monasterio. Su comportamiento en la vida religiosa fue verdaderamente ejemplar. Dedicadísimo a los trabajos del campo y brillante en los estudios. Fervoroso en la oración y exacto en la obediencia. Fue ordenado sacerdote y al morir el superior del monasterio los monjes eligieron por unanimidad a Lorenzo como nuevo superior. Por aquellos tiempos hubo una tremenda escasez de alimentos en Irlanda por causa de las malas cosechas y las gentes hambrientas recorrían pueblos y veredas robando y saqueando cuanto encontraban.
El abad Lorenzo salió al encuentro de los revoltosos, con una cruz en alto y pidiendo que en vez de dedicarse a robar se dedicaran a pedir a Dios que les ayudara. Las gentes le hicieron caso y se calmaron y él, sacando todas las provisiones de su inmenso monasterio las repartió entre el pueblo hambriento. La caridad del santo hizo prodigios en aquella situación tan angustiada. En el año 1161 falleció el arzobispo de Dublín (capital de Irlanda) y clero y pueblo estuvieron de acuerdo en que el más digno para ese cargo era el abad Lorenzo. Tuvo que aceptar. Lo primero que hizo fue tratar de que los templos fueran lo más bellos y bien presentados posibles. Luego se esforzó porque cada sacerdote se esmerara en cumplir lo mejor que le fuera posible sus deberes sacerdotales. Y enseguida se dedicó a repartir limosnas con gran generosidad. En el año 1170 los ejércitos de Inglaterra invadieron a Irlanda llenando el país de muertes, de crueldad y de desolación. Los invasores saquearon los templos católicos, los conventos y llenaron de horrores todo el país. El arzobispo Lorenzo hizo todo lo que pudo para tratar de detener tanta maldad y salvar la vida y los bienes de los perseguidos. Se presentó al propio jefe de los invasores a pedirle que devolviera los bienes a la Iglesia y que detuviera el pillaje y el saqueo. El otro por única respuesta le dio una carcajada de desprecio. Pero pocos días después murió repentinamente. El sucesor tuvo temor y les hizo mucho más caso a las palabras y recomendaciones del santo. Estando en Londres de rodillas rezando en la tumba de Santo Tomás Becket (un obispo inglés que murió por defender la religión) un fanático le asestó terribilísima pedrada en la cabeza. Gravemente herido mandó traer un poco de agua. La bendijo e hizo que se la echaran en la herida de la cabeza, y apenas el agua llegó a la herida, cesó la hemorragia y obtuvo la curación.
El Papa Alejandro III nombró a Lorenzo como su delegado especial para toda Irlanda, y él, deseoso de conseguir la paz para su país se fue otra vez en busca del rey de Inglaterra a suplicarle que no tratara mal a sus paisanos. El rey no lo quiso atender y se fue para Normandía. Y hasta allá lo siguió el santo, para tratar de convencerlo, pero a causa del terribilísimo frío y del agotamiento producido por tantos trabajos, murió allí en Normandía en 1180 al llegar a un convento.
Oremos. Señor, tú que colocaste a San Lorenzo de Irlanda en el número de los santos pastores y lo hiciste brillar por el ardor de la caridad y de aquella fe que vence al mundo, haz que también nosotros, por su intercesión, perseveremos firmes en la fe y arraigados en el amor y merezcamos así participar de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.
Calendario de Fiestas Marianas: Nuestra Señora de la Clemencia o la Misericordia de Absam, cerca de Innsbruck, Austria (1797)
San Clemente de Alejandría (150-c. 215), teólogo El pedagogo, III, 12, 101
"Inmediatamente, la barca se acercó a la orilla"
Dirijamos nuestra oración al Verbo: Sé propicio a tus pequeños, Pedagogo, Padre, Guía de Israel (2 R 2,12); Hijo y Padre, ambos un solo Señor. Concede a quienes seguimos tus preceptos llevar a su perfección la semejanza de la imagen (Gn 1,26) y sentir en lo posible la bondad de Dios, como juez, y su rigor; y concédenos tú mismo todo eso: que vivamos en tu paz sobre la tierra, que seamos trasladados a tu ciudad; que atravesemos sin naufragar las olas del pecado y que, en plena calma, seamos transportados junto al Espíritu Santo, la inefable sabiduría.
Que de noche y de día,- hasta el día final-, alabemos y demos gracias al único Padre e Hijo, Hijo y Padre, al Hijo Pedagogo y Maestro, junto con el Espíritu Santo. Todo está en el Uno, puesto que en Él son todas las cosas (Jn 1,3; 1 Co 8,6; Col 1,16-17), por quien todo es uno, por quien la eternidad es, de quien todos somos miembros (Rm 12,5; 1 Ci 12,12); de Él es la gloria y los siglos; todo sea para el Bueno; todo, para el Bello; todo, para el Sabio; todo, para el Justo.
A Él la gloria, ahora y por los siglos de los siglos. Amén
(Rm 11,36).
El Papa abrazándose con una familia
“Acompañar, discernir e integrar”, claves de “Amoris Laetitia”, exhortación postsinodal
El Papa pide a los obispos que abran las puertas de la comunión, caso por caso, a los divorciados vueltos a casar
“No todas las discusiones doctrinales o morales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales”
Jesús Bastante, 08 de abril de 2016 a las 12:00
• Francisco dará vía libre a los obispos para impartir la comunión a los divorciados vueltos a casar
• El Papa recibirá a los Jefes de Estado divorciados con sus parejas
• Francisco pide la "participación en la comunidad eclesial" de los divorciados vueltos a casar
El texto incluye citas de Eric Fromm, Martin Luther King, Jorge Luis Borges, Octavio Paz o Mario Benedetti
(Jesús Bastante).- "Acompañar, discernir e integrar". Estas tres palabras son las claves de bóveda de "Amoris Laetitia", la esperada exhortación apostólica del Papa Francisco tras las dos asambleas del Sínodo de la Familia y que puede leer aquí. Un texto abierto a las interpretaciones, que muestra el "estilo Francisco" y ese "precioso poliedro" que supone la Iglesia, y en el que se da un mayor énfasis en la misericordia y en la persona, frente a la rigidez de la doctrina.
Y es que, sin cambiar una coma de la misma, el Papa deja las manos libres a los obispos para que permitan la comunión, caso por caso, de los divorciados vueltos a casar; admite las bondades de otras realidades distintas al matrimonio canónico; y plantea una línea de actuación, una advertencia a los rigoristas: "No todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales".
"El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre", clama el Papa, quien pide "evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones" porque "se trata de integrar a todos". Para Francisco, los divorciados vueltos a casar "pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas".
"No existen recetas sencillas", reconoce el Papa, quien se niega a "una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos", sino "un responsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares" que, atendiendo a la "ley de gradualidad", se aplique "la lógica de la misericordia pastoral".
Así, recuerda que "no están excomulgados", y que "pueden ser reintegrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles", evitando el escándalo pero caminando hacia "discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas".
Y es que "la misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia", argumenta el Papa, quien critica a los que "nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores". Porque "la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas".
"Amoris Laetitia" es un texto preciso pero con muchas puertas abiertas, que a lo largo de sus 300 páginas, divididas en nueve capítulos y 325 párrafos (además de la oración conclusiva a la Sagrada Familia) se encuentra trufado de citas sinodales y de anteriores Papas, pero también de escritores e intelectuales como Eric Fromm, Martin Luther King, Jorge Luis Borges, Octavio Paz o Mario Benedetti, de quien copia su fantástico "Si te quiero es porque sos/mi amor, mi cómplice y todo/y en la calle, codo a codo/somos mucho más que dos" para hablar del amor conyugal. Ignacio de Loyola, San Pablo o Santo Tomás son otros de los ejes "literarios" del texto, que también cuenta con una referencia fílmica: "El festín de Babette".
Muchos se sentirán defraudados, a un lado y otro del "precioso poliedro" de opiniones planteadas en las dos asambleas del Sínodo, y en la propia Iglesia. Pero lo cierto es que, aunque la doctrina formalmente no cambia, sí lo hacen, y mucho, las prácticas pastorales. Empezando por la premisa de trabajo de "Amores Laetitia": "Quiero reafirmar que no todas las discusiones doctrinales, morales o pastorales deben ser resueltas con intervenciones magisteriales". Esto es, como repite el Papa en varias ocasiones: la doctrina no lo es todo. "En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella". Y es que "en cada país o región se deben buscar soluciones más inculturadas, atentas a las tradiciones y a los desafíos locales".
En el primer capítulo, "A la luz de la palabra", Francisco repasa algunas de las referencias bíblicas de la familias, que culmina recordando la "emblemática escena que muestra a una adúltera en la explanada del templo de Jerusalén, rodeada de sus acusadores, y luego sola con Jesús que no la condena y la invita a una vida más digna". En el capítulo segundo, "Realidad y desafíos de las familias", el Papa aborda la actualidad de las distintas realidades familiares. Con un fuerte tono de autocrítica a esa Iglesia del "no" que lamentablemente se había implantado en las últimas décadas.
Así, aunque subraya que "los cristianos no podemos renunciar a proponer el matrimonio con el fin de no contradecir la sensibilidad actual, para estar a la moda, o por sentimientos de inferioridad frente al descalabro moral y humano", el Papa indica que "no tiene sentido quedarnos en una denuncia retórica de los males actuales, como si con eso pudiéramos cambiar algo. Tampoco sirve pretender imponer normas por la fuerza de la autoridad".
"Al mismo tiempo -añade- tenemos que ser humildes y realistas, para reconocer que a veces nuestro modo de presentar las convicciones cristianas, y la forma de tratar a las personas, han ayudado a provocar lo que hoy lamentamos, por lo cual nos corresponde una saludable reacción de autocrítica (...). Con frecuencia presentamos el matrimonio de tal manera que su fin unitivo, el llamado a crecer en el amor y el ideal de ayuda mutua, quedó opacado por un acento casi excluyente en el deber de la procreación. Tampoco hemos hecho un buen acompañamiento de los nuevos matrimonios en sus primeros años, con propuestas que se adapten a sus horarios, a sus lenguajes, a sus inquietudes más concretas. Otras veces, hemos presentado un ideal teológico del matrimonio demasiado abstracto, casi artificiosamente construido, lejano de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias reales".
"Esta idealización excesiva, sobre todo cuando no hemos despertado la confianza en la gracia, no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario", denuncia el Papa, quien añade que "durante mucho tiempo creímos que con sólo insistir en cuestiones doctrinales, bioéticas y morales (...) ya sosteníamos suficientemente a las familias, consolidábamos el vínculo de los esposos y llenábamos de sentido sus vidas compartidas".
Prosigue la autocrítica: "Muchas veces hemos actuado a la defensiva, y gastamos las energías pastorales redoblando el ataque al mundo decadente, con poca capacidad proactiva para mostrar caminos de felicidad. Muchos no sienten que el mensaje de la Iglesia sobre el matrimonio y la familia haya sido un claro reflejo de la predicación y de las actitudes de Jesús que, al mismo tiempo que proponía un ideal exigente, nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como la samaritana o la mujer adúltera".
El documento también es una defensa sin matices de la vida humana, recordando que "la Iglesia rechaza con todas sus fuerzas las intervenciones coercitivas del Estado en favor de la anticoncepción, la esterilización e incluso del aborto", aunque admite que "la conciencia recta de los esposos (...) puede orientarlos a la decisión de limitar el número de hijos por motivos suficientemente serios". Un llamamiento de la paternidad responsableque se repite en varias ocasiones a lo largo del Amoris Laetitia.
Entre los desafíos, el documento apunta, sin detenerse demasiado en ello, en algunos desafíos, desde el fenómeno migratorio a la diferencia de sexos ("ideología del gender"); desde la cultura de lo provisorio a la mentalidad antinatalista y al impacto de la biotecnología en el campo de la procreación; de la falta de casa y de trabajo a la pornografía y el abuso de menores; de la atención a las personas con discapacidad, al respeto de los ancianos; de la deconstrucción jurídica de la familia o la violencia contra las mujeres. "El abuso sexual de los niños se torna todavía más escandaloso cuando ocurre en los lugares donde deben ser protegidos, particularmente en las familias y en las escuelas y en las comunidades e instituciones cristianas", apunta el Papa.
En cuanto a las uniones no matrimoniales, el Papa reconoce que "ya no se advierte con claridad que sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena", y aunque reconoce que "no pueden equipararse sin más al matrimonio", sí apunta que "debemos reconocer la gran variedad de situaciones familiares que pueden brindar cierta estabilidad", también "las uniones de hecho o entre personas del mismo sexo".
En el capítulo tercero "La mirada puesta en Jesús: vocación de la familia", Bergoglio comienza a plantear el núcleo de la instrucción: las "situaciones difíciles y familias heridas", y la responsabilidad de los pastores de "discernir bien las situaciones" porque "el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, y puede haber factores que limitan la capacidad de decisión".
Volviendo la mirada a las interpretaciones de la doctrina y de papas anteriores, Francisco retoma su defensa del "valor de la vida humana", insistiendo en que "de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad de tomar decisiones con respecto a esa vida, que es un fin en sí misma y que nunca puede ser un objeto de dominio de otro ser humano". Por ello, reclama "la obligación moral de la objeción de conciencia" y, sobre el fin de la vida, reclama "la urgencia de afirmar el derecho a la muerte natural, evitando el ensañamiento terapéutico y la eutanasia" y rechazando "con firmeza la pena de muerte".
En el capítulo cuarto, "El amor en el matrimonio", Francisco repasa la famosa carta de San Pablo a los Corintios, repasando el amor servicial, compasivo, que no ofende, que es paciente, amable, que confía, espera y disculpa todo, y se detiene en la vida sexual del matrimonio, defendiendo "el sano erotismo" y la "dimensión erótica del amor".
El capítulo quinto, "Amor que se vuelve fecundo", reclama la paternidad responsable, que "no es procreación ilimitada", y el feminismo "cuando no pretende la uniformidad ni la negación de la maternidad". Al tiempo, defiende que "el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación" y admira a los que optan por la adopción y la acogida de niños, "no sólo en los casos de esposos con problemas de fertilidad".
El capítulo sexto, "Algunas perspectivas pastorales", arranca admitiendo que "a los ministros ordenados les suele faltar formación adecuada para tratar los complejos problemas actuales de las familias". En este punto, pone el acento en la "experiencia de la larga tradición oriental de los sacerdotes casados", volviendo a dejar la puerta abierta al fin del celibato obligatorio en la Iglesia de Occidente.
Este capítulo ya aborda las "rupturas y divorcios" en el seno de la comunidad. Por primera vez, el Papa admite que en algunos casos, sobre todo cuando concurre violencia, "la separación es inevitable. A veces puede llegar a ser incluso moralmente necesaria, cuando precisamente se trata de sustraer al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, de las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, el desaliento y la explotación, la ajenidad y la indiferencia".
En cuanto al acompañamiento a separados y divorciados, el Papa aconseja "acoger y valorar especialmente el dolor de quienes han sufrido injustamente la separación, el divorcio o el abandono, o bien, se han visto obligados a romper la convivencia por los maltratos del cónyuge", clamando por "una pastoral de la reconciliación y de la mediación, a través de centros de escucha especializados que habría que establecer en las diócesis".
"A las personas divorciadas que viven en nueva unión, es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que «no están excomulgadas» y no son tratadas como tales,porque siempre integran la comunión eclesial". Estas situaciones, añade el Papa, "exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que las haga sentir discriminadas, y promoviendo su participación en la vida de la comunidad".
En este punto, Francisco recuerda las modificaciones para agilizar los procesos de nulidades, y anima a prevenir los divorcios mediante una adecuada pastoral antes y después del matrimonio, con especial atención al noviazgo.
El capítulo también habla de las relaciones homosexuales. "Deseamos ante todo reiterar que toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar « todo signo de discriminación injusta », y particularmente cualquier forma de agresión y violencia". No obstante, el Papa recuerda que los padres sinodales mostraron su preocupación por la equiparación de las uniones homosexuales con el matrimonio, y añade que "no existe fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas", entre ambas realidades.
En el capítulo séptimo, "Fortalecer la educación de los hijos", el Papa defiende la educación sexual como parte esencial de la educación de niños y adolescentes. "Deberíamos preguntarnos si nuestras instituciones educativas han asumido este desafío", constata el Papa, quien apunta que "la educación sexual debería incluir también el respeto y la valoración de la diferencia, que muestra a cada uno la posibilidad de superar el encierro en los propios límites para abrirse a la aceptación del otro".
"Tampoco se puede ignorar que en la configuración del propio modo de ser, femenino o masculino, no confluyen sólo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que tienen que ver con el temperamento, la historia familiar, la cultura, las experiencias vividas, la formación recibida, las influencias de amigos, familiares y personas admiradas, y otras circunstancias concretas que exigen un esfuerzo de adaptación (...). Pero también es verdad que lo masculino y lo femenino no son algo rígido", sostiene Bergoglio.
Pero, sin lugar a dudas, y como el propio Papa advierte en su prólogo, el capítulo más relevante -y el más largo- es el octavo, titulado "Acompañar, discernir e integrar la fragilidad". Y es que estas son las tres claves para comprender el estilo del Papa Francisco. "Acompañar, discernir e integrar".
En el contexto del Año de la Misericordia, Bergoglio plantea que "la Iglesia debe acompañar con atención y cuidado a sus hijos más frágiles, marcados por el amor herido y extraviado, dándoles de nuevo confianza y esperanza (...). No olvidemos que, a menudo, la tarea de la Iglesia se asemeja a la de un hospital de campaña".
Para Francisco, es preciso "valorar los elementos constructivos en aquellas situaciones que todavía no corresponden o ya no corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio", como las parejas que conviven sin haberse casado, o los matrimonios no canónicos. "Cuando la unión alcanza una estabilidad notable mediante un vínculo público, está connotada de afecto profundo, de responsabilidad por la prole, de capacidad de superar las pruebas, puede ser vista como una ocasión de acompañamiento en la evolución hacia el sacramento del matrimonio".
"Es preciso afrontar todas estas situaciones de manera constructiva" pide el Papa. "Se trata de acogerlas y acompañarlas con paciencia y delicadeza". En esta línea, Francisco apunta la "ley de gradualidad con la conciencia" propuesta por el Papa Juan Pablo II, y que sirve de marco para hablar de la cuestión, sin duda, más espinosa, la que ha capitalizado el debate entre los padres sinodales, y entre los distintos modos de entender la Iglesia, en los últimos tres años: los divorciados vueltos a casar.
"He querido plantear con claridad a toda la Iglesia para que no equivoquemos el camino:Dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia: marginar y reintegrar". Francisco lo tiene claro: "El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero [...] Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita". Por ello, "hay que evitar los juicios que no toman en cuenta la complejidad de las diversas situaciones, y hay que estar atentos al modo en que las personas viven y sufren a causa de su condición ».
"Se trata de integrar a todos, se debe ayudar a cada uno a encontrar su propia manera de participar en la comunidad eclesial, para que se sienta objeto de una misericordia « inmerecida, incondicional y gratuita». Nadie puede ser condenado para siempre, porque esa no es la lógica del Evangelio", insiste el Papa.
Dicho esto, el Papa sostiene el "consenso general" que alcanzaron los padres sinodales respecto a los divorciados vueltos a casar. "Los divorciados en nueva unión, por ejemplo, pueden encontrarse en situaciones muy diferentes, que no han de ser catalogadas o encerradas en afirmaciones demasiado rígidas sin dejar lugar a un adecuado discernimiento personal y pastoral".
"Debe quedar claro que este no es el ideal que el Evangelio propone para el matrimonio y la familia", admite el Papa, pero clama porque los obispos actúen "distinguiendo adecuadamente" con "una mirada que discierna bien las situaciones. Sabemos que no existen recetas sencillas".
La única receta es la siguiente: "Los bautizados que se han divorciado y se han vuelto a casar civilmente deben ser más integrados en la comunidad cristiana en las diversas formas posibles, evitando cualquier ocasión de escándalo. La lógica de la integración es la clave de su acompañamiento pastoral (...). Es necesario, por ello, discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas en el ámbito litúrgico, pastoral, educativo e institucional pueden ser superadas. Ellos no sólo no tienen que sentirse excomulgados, sino que pueden vivir y madurar como miembros vivos de la Iglesia, sintiéndola como una madre que les acoge siempre, los cuida con afecto y los anima en el camino de la vida y del Evangelio".
Habida cuenta la "innumerable diversidad de situaciones concretas", puede "comprenderse que no debía esperarse del Sínodo o de esta Exhortación una nueva normativa general de tipo canónica, aplicable a todos los casos. Sólo cabe un nuevo aliento a unresponsable discernimiento personal y pastoral de los casos particulares, que debería reconocer que, puesto que el grado de responsabilidad no es igual en todos los casos, las consecuencias o efectos de una norma no necesariamente deben ser siempre las mismas".
"Los divorciados vueltos a casar deberían preguntarse cómo se han comportado con sus hijos cuando la unión conyugal entró en crisis; si hubo intentos de reconciliación; cómo es la situación del cónyuge abandonado; qué consecuencias tiene la nueva relación sobre el resto de la familia y la comunidad de los fieles; qué ejemplo ofrece esa relación a los jóvenes que deben prepararse al matrimonio. Una reflexión sincera puede fortalecer la confianza en la misericordia de Dios, que no es negada a nadie", señala el Papa.
Un discernimiento de obispo y sacerdotes que "deben evitar el grave riesgo de mensajes equivocados, como la idea de que algún sacerdote puede conceder rápidamente « excepciones », o de que existen personas que pueden obtener privilegios sacramentales a cambio de favores". Francisco echa mano de la tradición de la Iglesia para hablar de "los condicionamientos y circunstancias atenuantes". "Ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación llamada irregular viven en una situación de pecado mortal", ejemplifica Bergoglio.
"Es mezquino detenerse sólo a considerar si el obrar de una persona responde o no a una ley o norma general, porque eso no basta para discernir y asegurar una plena fidelidad a Dios en la existencia concreta de un ser humano", denuncia el Papa, quien afirma, con Santo Tomás de Aquino, que, aunque "las normas generales presentan un bien que nunca se debe desatender ni descuidar (...), en su formulación no pueden abarcar absolutamente todas las situaciones particulares".
Por ello, "un pastor no puede sentirse satisfecho sólo aplicando leyes morales a quienes viven en situaciones « irregulares », como si fueran rocas que se lanzan sobre la vida de las personas. Es el caso de los corazones cerrados, que suelen esconderse aun detrás de las enseñanzas de la Iglesia « para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas».
"Es posible -concluye el Papa, que, en medio de una situación objetiva de pecado -que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno- se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia". "El discernimiento debe ayudar a encontrar los posibles caminos de respuesta a Dios y de crecimiento en medio de los límites. Por creer que todo es blanco o negro a veces cerramos el camino de la gracia y del crecimiento, y desalentamos caminos de santificación que dan gloria a Dios".
En cualquier caso, Francisco recomienda "resonar la invitación a recorrer la viacaritatis. La caridad fraterna es la primera ley de los cristianos" y aplicar "la lógica de la misericordia pastoral".
"Para evitar cualquier interpretación desviada, recuerdo que de ninguna manera la Iglesia debe renunciar a proponer el ideal pleno del matrimonio, el proyecto de Dios en toda su grandeza (...) La tibieza, cualquier forma de relativismo, o un excesivo respeto a la hora de proponerlo, serían una falta de fidelidad al Evangelio y también una falta de amor de la Iglesia hacia los mismos jóvenes", admite el Papa, quien sin embargo arguye "el peso de las circunstancias atenuantes -psicológicas, históricas e incluso biológicas-", del que "se sigue que, « sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día », dando lugar a « la misericordia del Señor que nos estimula a hacer el bien posible».
"Comprendo a quienes prefieren una pastoral más rígida que no dé lugar a confusión alguna. Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia atenta al bien que el Espíritu derrama en medio de la fragilidad: una Madre que, al mismo tiempo que expresa claramente su enseñanza objetiva, « no renuncia al bien posible, aunque corra el riesgo de mancharse con el barro del camino»", constata el Papa, quien pide a los pastores que ayuden a los fieles a "asumir la lógica de la compasión con los frágiles y a evitar persecuciones o juicios demasiado duros o impacientes. El mismo Evangelio nos reclama que no juzguemos ni condenemos".
"Es providencial que estas reflexiones se desarrollen en el contexto de un Año Jubilar dedicado a la misericordia, porque también frente a las más diversas situaciones que afectan a la familia, « la Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona", subraya el Papa, quien recuerda que "Jesús se presenta como pastor de cien ovejas, no de noventa y nueve. Las quiere todas", de modo que a "todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros »".
"La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia", recuerda el Papa, quien critica a los que "nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas »".
"A veces nos cuesta mucho dar lugar en la pastoral al amor incondicional de Dios -admite- . Ponemos tantas condiciones a la misericordia que la vaciamos de sentido concreto y de significación real, y esa es la peor manera de licuar el Evangelio".
Como conclusión, el Papa invita "a los fieles que están viviendo situaciones complejas, a que se acerquen con confianza a conversar con sus pastores o con laicos que viven entregados al Señor. No siempre encontrarán en ellos una confirmación de sus propias ideas o deseos, pero seguramente recibirán una luz que les permita comprender mejor lo que les sucede y podrán descubrir un camino de maduración personal. E invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia".
Finalmente, el capítulo noveno, "Espiritualidad matrimonial y familiar", el papa constata que "ninguna familia es una realidad perfecta y condicionada de una vez para siempre, sino que requiere una progresiva maduración de su capacidad de amar (...). No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud del amor y de comunión que se nos ha prometido".
Jesús caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca
Juan 6, 16-21. Pascua. Cuántas veces, Señor, quiero hacer las cosas solo, a mi manera y no como tu quieres.
Del santo Evangelio según san Juan 6, 16-21
Al atardecer, bajaron sus discípulos a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: «Soy yo. No temáis». Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.
Oración introductoria
Gracias, Señor, por recordarme que no debo temerte. Y es que es tan sutil y persistente la tentación de buscarte en la oración, pero realmente escucharte… hasta donde «no duela o no incomode demasiado». Por eso suplico que envíes la luz de tu Espíritu Santo para que este momento de oración sea un auténtico encuentro contigo.
Petición
Jesucristo, dame la gracia de saberme abandonar en tu Providencia divina.
Meditación del Papa Francisco
Estén bien alerta cuando hay grupos que buscan la destrucción, que buscan la guerra, que no saben trabajar en equipo. Defiéndanse entre ustedes, como equipo, como grupo, y trabajen fuerte allí. Sé que están trabajando muy bien, y muy bien apoyados. Y el Ministerio de Educación, sé que los apoya. Sigan adelante por este camino de trabajar en equipo y defenderse de aquellos que quieren atomizarlos y quitarles esa fuerza del grupo. Que Dios los bendiga.
Pregunta del presentador: ¿Qué mensaje le quiere decir Francisco a estos cinco chicos que lo escucharon y a todos los miles de niños de todo el mundo que están siguiendo ahora esta comunicación? ¿Qué mensaje les quieres dar a todos?
R. Una cosa que no es mía –Jesús la decía muchas veces–: “No tengan miedo”. Nosotros en mi país tenemos una expresión que no sé cómo la traducirán en inglés: “No se arruguen”. No tengan miedo, vayan adelante, tiendan puentes de paz, jueguen en equipo y hagan el futuro mejor porque acuérdense que el futuro está en las manos de ustedes. Sueñen el futuro volando, pero no olviden la herencia cultural, sapiencial y religiosa que les dejaron sus mayores. Adelante y con valentía. Hagan el futuro. (S.S. Francisco, palabras con motivo del lanzamiento de la Plataforma de Scholas, 5 de septiembre de 2014)
Este amor misericordioso de Dios es lo que Simón Pedro reconoce en el rostro de Jesús. El mismo rostro que nosotros estamos llamados a reconocer en las formas en las que el Señor nos ha asegurado su presencia en medio de nosotros: en su Palabra, que ilumina las oscuridades de nuestra mente y de nuestro corazón; en sus Sacramentos, que, de cada una de nuestras muertes, nos vuelven a engendrar a una vida nueva; en la comunión fraterna, que el Espíritu Santo da vida entre sus discípulos; en el amor sin límites, que se hace servicio generoso y atento hacia todos; en el pobre, que nos recuerda cómo Jesús quiso que su suprema revelación de sí y del Padre tuviese la imagen del humillado y crucificado. (Homilía de S.S. Francisco, 10 de noviembre de 2015).
Reflexión
Los discípulos se marcharon por la noche sin "la Luz del mundo". Confiados en el poder y la fuerza propios, ellos pensaban que pudiesen controlar las circunstancias. Pronto su esfuerzo resultó insuficiente; y el mar que creían tan fácil de dominar, incontrolable. ¿Dónde está el Señor? ¿Acaso los ha abandonado? Cristo jamás abandona a los suyos, aunque ellos mismos le hayan dejado en la orilla, y solos se atrevan de afrontar las aguas turbulentas de la vida. Cristo, desde el monte donde habla con su Padre, les ve luchando en vano contra las tempestades del mundo. Les ve sufrir bregando en su autosuficiencia. Les ama, tiene compasión de ellos y baja de la montaña en su auxilio. Jesucristo hace lo imposible para llegar al lado de sus elegidos. Tanto es así que ni siquiera los discípulos, sus íntimos conocidos, se lo creen; pues piensan que él es un fantasma y le tienen miedo. Cristo, sin ningún regaño, les dice simplemente: "Soy yo. No temáis." y les lleva a un puerto seguro.
Propósito.
Dejar a un lado las preocupaciones inútiles al confiar y reconocer la presencia de Dios en mi vida.
Diálogo con Cristo
Cuántas veces, Señor, quiero hacer las cosas solo, a mi manera y no como tu quieres. Soy el hombre fuerte e independiente – lo puedo todo. Luego, me caigo y reclamo al cielo: ¡Señor! ¿por qué me has abandonado? Pero, en realidad, fui yo quien te ha abandonado. Me he olvidado de ti. Fuiste tú el que me creaste, el que me ama y me salva. Sin ti nada puedo. Sé que jamás, ni en la miseria de mi soberbia, me abandonarás. ¡Lucha a mi lado, Señor, en la batalla de hoy!
María, la Virgen del amor misericordioso
Ese gran amor de esposa, de madre, de amiga que se respiraba en torno suyo, estaba entretejido con mil y un detalles.
Entre los muchos títulos con los que nos referimos a María está el de Madre del Amor misericordioso. Es la Madre de Cristo, la Madre de Dios. Y Dios es amor. Dios quiso, sin duda, escogerse una Madre adornada especialmente de la cualidad o virtud que a Él lo define. Por eso María debió vivir la virtud del amor, de la caridad en grado elevadísimo. Fue, ciertamente, uno de sus principales distintivos. Es más, Ella ha sido la única creatura capaz de un amor perfecto y puro, sin sombra de egoísmo o desorden. Porque sólo Ella ha sido inmaculada; y por eso sólo Ella ha sido capaz de amar a Dios, su Hijo, como Él merecía y quería ser amado.
Fue ese amor suyo un amor concreto y real. El amor no son palabras bonitas. Son obras. “El amor es el hecho mismo de amar”, dirá San Agustín. La caridad no son buenos deseos. Es entrega desinteresada a los demás. Y eso es precisamente lo que encontramos en la vida de la Santísima Virgen: un amor auténtico, traducido en donación de sí a Dios y a los demás. María irradiaba amor por los cuatro costados y a varios kilómetros a la redonda. La casa de la sagrada familia debía estar impregnada de caridad. Como también su barrio, el pueblo entero e incluso gran parte de la comarca... Las hondas expansivas del amor, cuando es real, se difunden prodigiosamente con longitudes insospechadas.
El amor de la Virgen en la casa de Nazaret, como en las otras donde vivió, haría que allí oliese de verdad a cielo. Ese gran amor de esposa, de madre, de amiga que se respiraba en torno suyo, estaba entretejido con mil y un detalles.
Con qué sonrisa y ternura abriría la Santísima Virgen cada nuevo día de José y del niño con su puntual y acogedor “buenos días”; y de igual modo lo cerraría con un “buenas noches” cargado de solicitud y cariño. Cuántas agradables sorpresas y regalos aguardaban al Niño Dios detrás de cada “feliz cumpleaños” seguido del beso y abrazo de su Madre.
Cómo sabía Ella preparar los guisos que más le agradaban a José; y aquellos otros que le encantaban al niño Jesús. Qué bien se le daba a Ella eso de tener siempre limpia y arreglada la ropa de los dos hombres de la casa. Con cuánta atención y paciencia escucharía las peripecias infantiles que le contaba Jesús tras sus incansables aventuras con sus amigos; y también los éxitos e infortunios de la jornada carpintera de José. Cuántas veces se habrá apresurado María en terminar las labores de la casa para llevarle un refrigerio a su esposo y echarle una mano en el trabajo.
Era el amor lo que transformaba en sublimes cada uno de esos actos aparentemente normales y banales. Donde hay amor lo más normal se hace extraordinario y no existe lo banal. En María ninguna caricia era superficial o mecánica, ningún abrazo cansado o distraído, ningún beso de repertorio, ninguna sonrisa postiza.
“En Ella -afirma San Bernardo- no hay nada de severo, nada de terrible; todo es dulzura”. Todo lo que hacía estaba impregnado de aquella viveza del amor que nunca se marchita. Qué mujer tan encantadora la Virgen! ¡Qué madre tan cariñosa y solícita! ¡Qué ama de casa tan atenta y maravillosa!
No sería tampoco difícil encontrar a María en casa de alguna vecina. Hoy en la de una, más tarde o mañana en la de otra. Porque a la una le han llovido muchos huéspedes y la Virgen intuye que allí será bienvenida una ayudita en el servicio. Porque la otra está enferma en cama y, con cinco chiquillos sueltos, la casa necesita no una sino dos manos femeninas que pongan un poco de orden. Porque a la de más allá le llegó momento de dar a luz y la Virgen quería estarle cerca y hacerle más llevadero ese trance que para Ella, en su momento y por las circunstancias, fue bastante difícil.
Y todo eso lo adivinaba e intuía Ella y se adelantaba a ofrecerse sin que nadie le dijera o pidiera nada. ¡Qué corazón tan atento el suyo!
En fin, que no era raro el día en que la Virgen prepararía y serviría no una sino dos o más comidas. No era desusual que además de ordenar y limpiar en su casa, lo hiciese en alguna otra de la vecindad. Como no era tampoco extraño comprobar que entre la ropa que Ella dejaba como nueva en el lavadero del pueblo, había prendas demás; y a veces muchas...
Ni siquiera debió ser insólito sorprender a María consolando y aconsejando a una coterránea que había reñido con su esposo; o visitando y atendiendo, en las afueras de la aldea, a los indeseables leprosos; o dando limosna a los pobres, aun a costa de estrechar un poco más la ya apretada situación económica de su hogar.
Todo eso lo aprendió y practicó María desde niña. La Virgen estaba habituada a preocuparse de las necesidades de los demás y a ofrecerse voluntariosa para remediarlas. Sólo así se comprende la presteza con la que salió de casa para visitar a su prima Isabel, apenas supo que estaba encinta e intuyó que necesitaba sus servicios y ayuda.
Su exquisita sensibilidad estaba al servicio del amor. Da la impresión de que llegaba a sentir como en carne propia los aprietos y apuros de todos aquellos que convivían junto Ella. Por eso no es de extrañar que en la boda aquella de Caná, mientras colaboraba con el servicio, percibiera enseguida la angustia de los anfitriones porque se había terminado el vino. De inmediato puso su amor en acto para remediar la bochornosa situación. Ella sabía quién asistía también al banquete.
Tenía muy claro quién podía poner solución al asunto. Ni corta ni perezosa, pidió a Jesús, su Hijo, que hiciera un milagro. Y, aunque Él pareció resistirse al inicio, no pudo ante aquella mirada de ternura y cariño de su Madre. El amor de María precipitó la hora de Cristo.
El amor de María no conoció límites y traspasó las fronteras de lo comprensible. Ella perdonó y olvidó las ofensas recibidas, aun teniendo (humanamente hablando) motivos más que suficientes para odiar y guardar rencor. Perdonó y olvidó la maldad y crueldad de Herodes que quiso dar muerte a su pequeñín. Perdonó y olvidó las malas lenguas que la maldecían y calumniaban a causa de su Hijo. Perdonó y olvidó a los íntimos del Maestro tras el abandono traidor la noche del prendimiento. Perdonó y olvidó, en sintonía con el corazón de Jesús, a los que el viernes Santo crucificaron al que era el fruto de sus entrañas. Y también hoy sigue perdonando y olvidando a todos los que pecando continuamos ultrajando a su divino Jesús.
¡Cuánto tenemos nosotros que imitar a nuestra Madre! Porque pensamos mucho más en nosotros mismos que en el vecino. A nosotros nos cuesta mucho estar atentos a las necesidades de los demás y echarles una mano para remediarlas. Nosotros no estamos siempre dispuestos a escuchar con paciencia a todo el que quiere decirnos algo. Nosotros distinguimos muy bien lo que “en justicia” nos toca hacer y lo que le toca al prójimo, y rara vez arrimamos el hombro para hacer más llevadera la carga de los que caminan a nuestro lado. Nosotros en vez de amor, muchas veces irradiamos egoísmo.En vez de afecto y ternura traspiramos indiferencia y frialdad.
En vez de comprensión y perdón, nuestros ojos y corazón despiden rencor y deseo de venganza.
¡Qué diferentes a veces de nuestra Madre del cielo!
María, la Virgen del amor, puede llenar de ese amor verdadero nuestro corazón para que sea más semejante al suyo y al de su Hijo Jesucristo. Pidámoselo.
¿Qué decía María, nuestra Madre?... mujer de muy pocas palabras
Sí, cuántas veces calló María, para que hablasen sus obras, y para que hablase Dios en Ella y en los demás.
Decía san Juan Crisóstomo que "no sería necesario recurrir tanto a la palabra, si nuestras obras diesen auténtico testimonio". Y con verdad, pues está claro que muchas veces los hechos son más elocuentes que los dichos.
También María, nuestra Madre, recurrió poco a la palabra. Era callada Ella. Realmente, cuántas palabras se ahorró. Pero, cuánto dejó dicho sin palabras. Cuánto dejó escrito con su vida. Cuánto testificó con sus obras.
María, la Virgen del Silencio, nos enseña el valor de un silencio fecundo y humilde, cuajado de obras y realizaciones. Nos alecciona magistralmente en el difícil arte de decir poco y hacer mucho.
Sí, cuántas veces calló María, para que hablasen sus obras, y para que hablase Dios en Ella y en los demás. Era el suyo un silencio hecho oración y acción. Un silencio lleno, no vació ni hueco. Un silencio colmado de Dios, de sus palabras, de sus maravillas. María “guardaba todas las cosas meditándolas en su corazón”, afirma el Evangelio. Porque sólo en silencio se pueden comprender las palabras de Dios y “sus cosas”.
No se trataba, por tanto, de una simple ausencia de palabras, de ruidos, de distracciones.
El silencio de María fue un silencio contemplativo de la obra de Dios en su vida, en la de Jesús, en la de los demás. Un silencio de humildad, de discreción, de ocultamiento. Un silencio fecundo en buenos pensamientos, en proyectos de ayuda a los necesitados, en propósitos de entrega y donación. El silencio de la Virgen durante su vida fue como un gran mosaico de pequeños silencios. Vamos a detenernos un momento a contemplar, desde la fe, algunos de ellos.
El silencio ante José
Imaginemos aquella escena en la que, un buen día, María regresaba de la región montañosa tras visitar y ayudar a su prima Isabel. Ya habían pasado más de tres meses desde la Anunciación. A María ya se le notaba que estaba en cinta. Y cuando vio a José, que le salió al encuentro por el camino, le dio una gran alegría, pero a la vez un grande apuro. José notaría su estado. Y, de hecho, lo notó. Ambos estaban prometidos en matrimonio, pero aún no vivían juntos; y resulta que Ella ya esperaba un hijo.
Entonces María, ante el asombro de José, no comenzó a explicarle lo de la aparición del ángel, ni lo del mensaje del cielo, ni que el Niño era de Dios... No. María prefirió callar.
José estaba confundido. Y no era para menos. Sin embargo, miró a los ojos a María y los vio tan puros, tan limpios, tan inocentes, que creyó más a los ojos de María que a los suyos propios. José amaba a María y confiaba en Ella, pero no alcanzaba a comprender lo que ocurría.
La Virgen no estaba segura de la reacción de José. Por eso es conmovedor este silencio suyo. Ella intuyó que Dios se lo daría a entender a José mejor que Ella misma, como Él sabe y cuando Él lo juzgase oportuno. María guardaba silencio sin culpa alguna. Callaba aun a costa de su propia honra. De hecho José, que era bueno y justo, decidió repudiarla en secreto.
La Santísima Virgen, al no excusarse, al no decir nada a José, a nosotros nos está diciendo mucho. Nos está diciendo que nos sobran muchas palabras y demasiadas veces. Nos sobran muchos “es que”, muchos “es que yo no tuve la culpa”, “es que yo no era el único”, “es que yo no tengo nada que ver”, ante nuestros fallos y deficiencias. Nos falta más silencio y resignación y nos sobran excusas. Y eso que la mayoría de las veces somos culpables de verdad...
María era inocente. Y no es fácil callarse ante la calumnia, ante la injusticia, ante la incomprensión cuando uno es inocente.
Ella calló ante la posibilidad todo eso...
¡Qué admirable el largo silencio de María en Nazaret! Ella poseía el secreto más grande de la historia: la llegada de Dios al Mundo. Y sin embargo, calla.
Ni una palabra, ni la más mínima alusión o referencia a su enorme secreto durante los treinta años en Nazaret. Treinta años de continua convivencia con los vecinos y vecinas del pueblo sin decirles nada al respecto.
Treinta años con algo tan grande entre manos y ni una palabra. Y vaya si habrá tenido mil ocasiones, durante todo ese tiempo, para hacerle saber a más de alguno o alguna quién era Ella y quién era su Jesús. Sin embargo no, no quiso decir nada. Se mantuvo callada.
¡Qué ejemplo de discreción de nuestra Madre! Ejemplo para nosotros que nos sentimos más cuando sabemos algo que otros no saben. Sobre todo si es algo bueno acerca de nosotros mismos... Ejemplo para nosotros que apenas logramos callar por unos minutos (no treinta años) el chismecillo que acabamos de escuchar entre los amigos o amigas en la tertulia. Ejemplo para nosotros que nos preocupamos tanto a veces de hacer ver a los demás a quién se están dirigiendo, a quién están molestando, a quién le están pidiendo un favor, a quién le están dando una indicación...
No. Ella no fue así. La Virgen escogió el silencio. María, la Madre de Dios, quiso pasar desapercibida. Sin decir nada teniendo al Hijo de Dios en casa. Durante treinta años...
El silencio ante la muerte de José
También la muerte llegó un día a casa de María. Venía a llevarse a su esposo José. El pobrecito llevaba enfermo ya varios días. Empeoraba cada vez más. María empezó a temerse lo peor. Y así fue. José, sereno, entraba en su último trance. La Virgen, junto a la cabecera del lecho, en silencio, oraba. Su dolor callado era sostenido por su rezo transido de confianza.
Lo asombroso de este episodio es que estaba allí, con Ella, el mismo Dios Omnipotente, que en un instante podría haber curado a José y haber acabado con aquella pesadilla. Pero María no pidió nada a Jesús en esa ocasión. Volvió a guardar silencio. Quiso pasar el trago amargo de la muerte de su esposo, pidiendo a Dios, sin palabras, que se cumpliese su voluntad. Esto fue templando su delicada alma de mujer para poder sufrir, también en silencio y oración, algunos otros momentos terribles que llegarían...
El silencio durante la vida pública de Jesús
¡Qué discreción la de María durante aquellos años!
La fama de Jesús se extendía por doquier. Se hablaba de Él por todas partes. Sí, también en Nazaret. Y a María le llegarían diariamente muchos y muchas para hablarle de su Jesús y contarle lo que de Él se decía.
Y Ella, ante todo eso, mantuvo silencio y discreción. Lo mantuvo en las buenas y en las malas. Lo mantuvo cuando veía y escuchaba los éxitos de Jesús, sus milagros, sus predicaciones irresistibles. No andaba diciendo a todo el mundo que Ella era la madre de ese Jesús. Y lo mantuvo también cuando a su Hijo Jesús le tildaban de loco, de endemoniado, de comilón y bebedor, de amigo de publicanos y pecadores... Todo eso llegaría a Nazaret puntualmente (como todos los chismes)...
Y La Virgen también callaba entonces. No salió a su defensa gritando por las calles. No organizó manifestaciones con pancartas de protesta ante tales calumnias. Eso lo hubiéramos hecho nosotros. Ella volvió a preferir el silencio aun a costa de su humillación.
María, además, seguía el derrotero de la vida de su Hijo, desde lejos, en segundo plano. Apoyando con sus oraciones y sacrificios la obra de su Hijo. Como tantas de nuestras madres. A las que sólo Dios sabe cuánto les debemos...
Sin duda a la que más debemos es a María. Ella sigue en silencio tan pendiente de nosotros como lo estuvo de Cristo.
El silencio después de Pentecostés
Otro gran momento en la historia. El momento de la explosión expansiva de la Iglesia de Cristo por el mundo. Y María, de nuevo en silencio.
No la vemos en las plazas públicas predicando la Buena Nueva a grandes voces y en decenas de lenguas.No la sorprendemos haciendo milagros por las cercanías del templo ante el asombro de media Jerusalén.
Ella seguía callando y oraba. Oraba mucho. Y ese silencio-oración sostenía la Iglesia naciente y le daba pujanza y fecundidad. Precisamente por esa intercesión silenciosa, María era la Mediadora de todas las gracias. Sí, de todas esas gracias que estaba Dios concediendo a raudales a través de la predicación y milagros de los apóstoles. María.
Lo más poderoso ante Dios. Lo más silencioso ante el mundo.
Schonborn y Baldisseri
El cardenal confirma que "se puede dar la ayuda del sacramento en ciertos casos"
Cardenal Schonborn: "Algo ha cambiado en el discurso eclesial"
Baldisseri: "Las sociedades humanas tienen necesidad de reconciliación y perdón"
Guillermo Martín, 09 de abril de 2016 a las 08:27
• Los obispos españoles consideran "realista y positiva" la exhortación papal sobre la familia
• "Amoris Laetitita": La familia, un bien social fundamental
• Amoris Laetitia. La Alegría del Amor
El resultado del trabajo sinodal de los Padres recoge la pluralidad de las experiencias y de los puntos de vista
(Guillermo Martín Rodríguez, corresponsal de RD en el Vaticano).- A las 11,30 dio comienzo en la Sala Juan Pablo II de la Oficina de Prensa de la Santa Sede la rueda de prensa en en la que iba a ser presentada la tan esperada Exhortación apostólica postsinodal Amoris laetitia. Estaban presentes todos los medios de comunicación acreditados tanto los tradicionales como los digitales, que tanta importancia y expansión están adquiriendo en todo el mundo, como es el caso de nuestro portal Religión Digital.
La presentación del cocumento corrió a cargo de dos cardenales y de un matrimonio italiano, profesores de filosofía los dos. Los purpurados eran el cardenal Lorenzo Baldisseri,Secterario General del Sínodo de los Obispos y el cardenal Christoph Schönborn, O.P. arzobispo de Viena.
Comenzó el cardenal Baldisseri poniendo de relieve no sólo los aspectos internos y los valores intrínsecos del documento sino también las circunstancias en que ha sido elaborado y publicado, como es su coincidencia con el Jubileo de la Misericordia. El purpurado destacó que el texto hace referencia seis veces a la Bula de de convocación del mismo. El documentom corona dos años de trabajo del Sínodo, cuya reflexión hs abrazado todas las dimensiones de la institución familiar, que en la actualidad se resiente de una fuerte crisis en todas las Iglesias particulares del mundo.
"Las sociedades humanas, afirmó el Cardenal, marcadas por donflictos y violencias, tienen necesidad de reconciliación y de perdón, empezando por su núcleo vital: la familia. El Jubileo de la misericordia es en verdad una buena noticia para las familias de todos los continentes, especialmente para las heridas y humilladas".
A continuación manifestó la plena continuidad de Amoris laetitia con la Exhortación apostólica Evangelium vitae: de la alegría del Evangelio a la alegría en el amor de la damilia. El papa Francisco define el conjunto de las intervenciones de los Padres sinodales a los que he escuchado con constante atención, afirma el Papa, me ha parecido "un precioso poliedro". En efecto, el resultado del trabajo sinodal de los Padres recoge la pluralidad de las experiencias y de los puntos de vista. "En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero esto no impide que existan diversos modos de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que de ella se derivan. Teniendo en cuenta el pleno acuerdo con el tiempo jubilar que la Iglesia está viviendo, la clave de lectura del documento es la lógica de la misericordia".
El Papa afirma que hoy más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral por consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas.
Después de describir la estructura de la Exhortación y citar las fuentes de la misma, el cardenal Baldisseri destacó algunos de los puntos más salientes. Entre ellos indicó la mirada y el mimo con que el documento contempla la belleza del amor conyugal, proponiendo cada expresión del amor en el himno a la caridad de San Pablo (cf. 1Cor 13,4-7) como una meditación espiritual ycondiciones de existencial para la vida de los esposos. Otro punto importante es el papel del Obispo, a quien está confiado conducir al pueblo de Dios, siguiendo las huellas de Jesús buen Pastor. Consecuencia de esto es que el prelado, a través de los presbíteros y de los operadores pastorales, adecuadamente preparados, organice servicios idóneos a aquellos que se encuentran en estado de necesidad familiar, de crisis y de fracaso.
El punto tercero tiene un impacto bastante fuerte pues se refiere "a la innumerable variedad de situaciones concretas". El documento afirma que los bautizados que viven en una segunda unión deben ser integrados y no excluidos. Por lo tanto lo que se requiere es discernir cuáles de las formas de exclusión actualmente precticadas pueden ser superadas. Por le que se refiere a las personas llamadas "irregulares", es necesario que los pastores las miren en los ojos directamente una por una y acompañar a las interesadas por la vía del discernimiento según la enseñanza de la Iglesia y las orienta es del Obispo. Indica, entre otras cosas que el discernimiento se desarrolla através del coloquio con el sacerdote.
En cuanto a la perspectiva del cumplimiento del ideal del matrimonio, la Exhortacióncion hace mucho hincapié en la preparación de los novios al sacramento, con el fin de darles todos los elementos necesarios para poderlo recibir en las mejores condiciones. La Exhotación destaca también la necesidad de que este camino se prosiga después de la celebración en especial los primeros años de vida conyugal. Por último, en el acompañar las fragilidades y curar las heridas el principio de la gradualidad en la pastoral refleja la pedagogía divina: como Dios se preocupa de todos sus hijos, empezando por los más débiles y alejados, del mismo modo la Iglesia... pues todos deben ser integrados en la vida de la comunidad eclesial. Y termina el cardenal Baldisseri con esta frase del documento: "... la misericordia es la plenitud de la justicia y la manifestación más luminosa de la verdad de Dios". El cardenal austríaco, por su parte, no ha tenido reparo alguno en manifestar la alegria y la emoción que le ha causado la lectura del documento. Entrando de lleno en el tema del matrimonio pone de relieve cómo cuando se tratan estos temas se suele entrar en una especie de doble camino. Por una parte están los matrimonios y las familias que "están bien", donde todo "va bien", "en orden", que corresponden a la regla. Y luego están las situaciones "irregulares", que representan un problema... El papa Francisco haya puesto su Exhortación bajo esta frase-guía: "Se trata de integrar a todos", porque se trata de una comprensión fundamental del Evangelio, pues todos tenemos necesidad de misericordia. El purpurado analiza con una cierta minuciosidad este concepto, introduciendo una percepción personal suya a propósito del lenguaje usado en este documento. Para él la Amoris laetitia es un "acontecimiento lingüístico". Algo ha cambiado en el discurso eclesial, afirma sin rodeos. Se afrontan determinadas situaciones de otra manera. El lenguaje se ha convertido en algo más rico y el modo de tratar rico en la estima. Se acogen simplemente las situaciones de vida sin juzgarlas o condenarlas de inmediato. En este documento este se ha convertido en su tono lingüístico. Y este cambio de lenguaje sa había notado ya en el camino sinodal. Esto le lleva a decir que su gran alegría por este documento está en el hecho de que coherentemente supera la artificiosa, exterior, neta división entre "regular" e "irregular" y los ponga a todos bajo la instancia común del Evangelio.
Más adelante pone de relieve que el Papa está convencido de que la visión cristiana del matrimonio y de la familia tienen hoy también una inmudada fuerza de atracción. Pero él exige "una saludable reacción autocrítica". Francisco añade: "Debemos ser humildes y realistas para reconocer que a veces nuestro modo de presentar las convicciones cristianas y el modo de tratar a las personas han ayudado a provocar esto de que hoy nos lamentamos" "Hemos presentado un ideal teológico del matrimonio excesivamente abstracto, casi construido artificiosamente, lejos de la situación concreta y de las posibilidades efectivas de las familias así como son". Para el cardenal Schönborn el papa Francisco habla desde una profunda confianza en los corazones y en la nostalgia de los hombres. Lo expresan muy bien sus exposiciones sobre la educación. No hemos de olvidar que "estamos llamados, afirma Francisco, a formar las conciencias, no a sustituirlas". De nuevo aparece el concepto ignaciano del "discernimiento". Es el discernimiento el que hace de la persona una personalidad madura. Se trata de llegar a un "discernimiento pastoral", del que habla el capítulo octavo del documento. Para el Papa son centrales por su contenido los capítulos 4 y 5. Con un poco de ironíPabloa el purpurado austríaco dice que estos dos capítulos han sido probablemente saltados por muchos para llegar rápidamente a las "patatas calientes", a los puntos críticos. Pero el Papa, como buen pedagogo sabe muy bien que nada atrae tanto y motiva como la experiencia positiva del amor. También el cardenal dominico habla del himno a la caridad de San Pablo. De él deriva el título de la Exhortación. Por esop el octavo capítulo atrae la atención y el interés. Luego alude a la denominada "via caritatis". El Papa, en este sentido, afirma de una manera humilde y sencilla, en una nota, que se puede dar también la ayuda del sacramento en "ciertos casos". El cardenal va terminando su exposición citando una frase de Papa Francisco: "A los sacerdotes les recuerdo que el confesonario no debe ser una sala de tortura sino el lugar de la misericordia del Señor". Y concluye que el Papa Francisco confía en la ·alegría del amor. No es un camino fácil el que nos ofrece el Papa con su Exhortación Amoris laetitia. El camino no es fácil pero está lleno de alegría. El matrimonio Miano habla del documento partiendo del hecho de que el lenguaje del Papa involucra y fascina. Es un lenguaje que deja que hable la vida concreta de las familias. La iglesia es pueblo de Dios en camino. La categoría del camino es fundamental para comprender el sentido de la vida de la familia que transparentan estas páginas. Desde su lado de familia que camina les ha impactado el himno de San Pablo a la caridad y lasa diversas dimensiones en que lo coloca el documento. Por eso afirman que el amor en la vida de familia está hecho de pciencia, la paciencia es benéevola. El amor no es arrogante, no miente. No pone en primer lugar el amor por si mismos. "La familia deben ser siempre, citan al Francisco, el lugar en el que cualquiera que haga algo bueno en la vida, sabe que allí lo festejarán juntos con él". El amor en la familia es un amor que es alegría. Por eso en este amor que es alegría las emociones tienen una enorme importancia por eso deben ser ayudadas pues, dice el Papa, se puede hacer un buen camino con las pasiones. Afirman los dos esposos que el amor en la familia no teme el cambio... la vida va pasando, la edad aumenta, la vejez se echa encima, pero el auténtico amor no cambia. Sigue dando valor a la unión, por eso es un amor que genera vida. Alaban mucho las páginas dedicadas por el Papa al padre y a la madre. "La familia no debe pensarse a sí misma como un recinto llamado a protegerse de la sociedad. No se queda esperando, sino que sale de sí en una búsqueda solidaria". Por último el amor se hace encuentro. El amor de la familia y en la familia es un amor que educa, pues la familia es la primera escuela de los valores humanos donde se aprende el buen uso de la libertad. Terminan con esta frase de la Exhortación "la familia, debe asumirse el compromiso en fravor de la promoción del bien común, incluso mediante la transformación de las estructuras sociales injustas, a partir del territorio en el que vive, practicando obras de misericordia corporales y espirituales".