El bautismo de Jesús
- 12 Enero 2020
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Arcadio de Mauritania, Santo
Mártir, 12 de enero
Martirologio Romano: En Cesarea de Mauritania (hoy Argelia), san Arcadio, mártir, que se escondió en tiempo de persecución, pero, al ser detenido un familiar suyo se presentó espontáneamente al juez y, por negarse a sacrificar a los dioses, sufrió dolorosos tormentos hasta consumar su martirio (c. 304).
Etimología: Arcadio = Aquel que es venturoso, es de origen griego.
Breve Biografía
Se desconoce la fecha exacta de su martirio, pero parece que tuvo lugar en alguna ciudad de Mauritania, probablemente en Cesarea, la capital.
Las persecuciones estaban en todo su furor y miles de cristianos eran torturados por los soldados romanos sin esperar la sentencia del juez.
En tan terribles circunstancias, San Arcadio se retiró a la soledad.
Sin embargo, el gobernador de la ciudad al saber que no se había presentado a los sacrificios públicos, capturó a un pariente y lo mantuvo como rehén hasta que el prófugo se presentara. Al saberlo, el mártir volvió a la ciudad y se entregó al juez quien lo obligó a que se sacrificase a los dioses.
Ante su negativa, el juez lo condenó a muerte, cortando cada uno de sus miembros de manera lenta.
Al encontrarse totalmente mutilado, el mártir se dirigió a la comunidad pagana, exhortándolos a abandonar a sus dioses falsos y a adorar al único Dios verdadero, el Señor Jesús.
Los paganos se quedaron maravillados de tanto valor y los cristianos recogieron su cadaver y empezaron a honrarlo como a un gran santo.
Santo Evangelio según Mateo 3, 13-17. Domingo del Bautismo del Señor
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Cristo, Rey nuestro.
¡Venga tu Reino!
Oración preparatoria (para ponerme en presencia de Dios)
Espíritu Santo, abre mi corazón para acoger las palabras que Dios Padre me quiere regalar.
Evangelio del día (para orientar tu meditación)
Del santo Evangelio según Mateo 3, 13-17
En aquel tiempo, Jesús llegó de Galilea al río Jordán y le pidió a Juan para que lo bautizara. Pero Juan, se resistía diciendo: "Yo soy el que debe ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a que yo te bautice?". Jesús le respondió: ".Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere¨".
Entonces Juan accedió a bautizarlo.
Al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios, que descendía sobre él en forma de paloma, y se oyó una voz que decía desde el cielo: "Este es mi hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias".
Palabra del Señor.
Medita lo que Dios te dice en el Evangelio
Hasta ahora en la vida de Jesús, no ha habido gran conocimiento sobre Él. Está saliendo de Nazaret a la vida pública. La gente no sabe aún quién es o de dónde viene. Y aquí la Santísima Trinidad decide manifestarse por primera vez. El Hijo en el río, el Espíritu Santo en la paloma y el Padre en la voz.
Dios Padre habla dos veces en todos los evangelios. En la Transfiguración y en el Bautismo. Dos momentos solemnes. Que decide Dios Padre decir: «Este es mi Hijo…».
Tanto tiempo ha esperado el pueblo de Israel al Mesías, y una voz del cielo habla y dice «Este es mi Hijo». ¡Nos quiere dar a entender que es este! ¡Este es! El que está aquí. Este que se llama Jesús. Es mi Hijo. Se los envió. Soy el Padre que está en el cielo y les envió a mi Hijo a la tierra.
¿Para qué me lo envía?
«El amado, en quien me complazco». Es el Hijo amado. El Padre ama al Hijo. Nos revela el amor del Padre al Hijo. Amor en el cual pone sus complacencias. El Hijo en el cual esta puesta la felicidad del Padre. Lo envía para que yo ponga mis complacencias en Él. Para amarlo. Para seguirlo. Para escucharlo. El Padre me dice que ponga en Él mi felicidad y no en otra cosa. Me lo envió a mí. Solamente para mí. Me avisa que es Este.
Pero nos cuesta creer en Jesús tantas veces. La fe la tenemos débil. Nos cuesta creer o tenemos dudas. O nos acercamos a Jesús a medias.
O no nos acercamos a Jesús. Este día del Bautismo es un gran momento para pedirle al Señor que aumente nuestra fe. Que aleje las dudas a los obstáculos que nos impiden creer y acercarnos a Jesús. Y específicamente con estas palabras que Dios Padre nos regala. «Este es mi Hijo, el Amado, en quien me complazco».
«Este es mi Hijo, el amado. Escuchadle». Este es el mensaje que el Padre da a los Apóstoles. El mensaje de Jesús es prepararlos, haciéndoles ver su gloria; el mensaje del Padre es: «Escuchadle». No hay un momento en la vida que no se pueda vivir plenamente escuchando a Jesús. En los momentos hermosos, deteneos y escuchad a Jesús; en los momentos malos, deteneos y escuchad a Jesús. Este es el camino. Él nos dirá lo que tenemos que hacer. Siempre».
(Homilía de S.S. Francisco, 25 de febrero de 2018).
Diálogo con Cristo
Ésta es la parte más importante de tu oración, disponte a platicar con mucho amor con Aquel que te ama.
Propósito
Proponte uno personal. El que más amor implique en respuesta al Amado… o, si crees que es lo que Dios te pide, vive lo que se te sugiere a continuación.
Quitar los obstáculos que me impiden acercarme a Jesús. Buscar a Jesús. Darle lo que solamente yo sé que me está pidiendo en mi interior.
Despedida
Te damos gracias, Señor, por todos tus beneficios, a ti que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.
¡Cristo, Rey nuestro!
¡Venga tu Reino!
Virgen prudentísima, María, Madre de la Iglesia.
Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.
Es el más bello y magnífico don de Dios
Vamos a hablar de la hermosura del Bautismo. Así habla de él un santo padre, San Gregorio Nacianceno. La cita la recoge el Catecismo de la Iglesia en el punto 1216. Dice así.
El Bautismo «es el más bello y magnífico de los dones de Dios [...] lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios» (San Gregorio Nacianceno, Oratio 40,3-4).
En la Iglesia no tenemos nada más grande que la Eucaristía, pero nada hay más decisivo que el Bautismo, el sacramento más importante en el sentido de que es el que posibilita toda la vida cristiana. El bautismo es el sacramento-llave, o si se prefiere, el sacramento-puerta. El Bautismo posibilita la Eucaristía en grado de necesidad, aunque en este se da una unión con Cristo que no es alcanzable en el primero.
Del Bautismo vamos a tratar y para ello empezaré diciendo dos ideas a modo de introducción, que nos sirvan para centrar el contenido de esta charla: una sobre la grandeza del Bautismo, otra sobre la importancia que la Iglesia concede a este sacramento.
A) Una. Sobre la grandeza del Bautismo.
El Bautismo es muy muy grande y hasta que lleguemos al cielo no seremos realmente conscientes de su valor incalculable y de su hermosura. Ontológicamente, en el orden del ser, hay más diferencia entre un bautizado y un no bautizado que entre un bautizado y un ángel. También se podría decir que hay más diferencia entre un bautizado y un no bautizado que entre un hombre y un animal, aunque sea el más perfecto de los animales. Me temo que esto puede no sonar bien, pero no es hacer de menos ni de más ni al hombre ni al animal. Trataré de explicarlo con un ejemplo que parcialmente (solo parcialmente) sí puede servir: hay más diferencia entre una manzana real y otra idéntica pero de plástico, que entre una manzana y un manzano. Estas afirmaciones pueden parecer chocantes y pueden sonar a exageración, pero la cosa no está en qué nos parezca o cómo suene, sino en si hay o no hay verdad en lo que se dice. Porque si en ellas hay verdad -y la hay-, debemos mantenerlas y hay que decirlo porque la verdad es un derecho de todo hombre.
¿Cómo puede ser eso? La razón es muy sencilla. El Bautismo nos hace hijos de Dios. Hijos adoptivos, hijos gracias al Único Hijo, Jesucristo, pero hijos. Esto no es un invento nuestro, ni una salida de tono; no se le ha ocurrido a ninguna cabeza especialmente iluminada ni a ningún sabio brillante. Que por el Bautismo somos hijos de Dios pertenece a la revelación y quien da testimonio de ello, mejor aún, quien lo certifica es, ni más ni menos, que el mismo Espíritu Santo. En Rom 8, 15 – 17 podemos leer lo siguiente:
“No habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que si sufrimos con él, seremos también glorificados con Él”.
Coherederos quiere decir que lo que el hombre Jesucristo ha recibido del Padre como herencia, eso mismo es lo que nos espera a nosotros; su herencia y nuestra herencia son la misma herencia. En el evangelio de San Juan hay abundantes textos que apuntan a lo mismo.
“No solo ruego por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno; yo en ellos y tú en mí, para que sean completamente uno” (Jn 17, 20 – 23).
B) Segunda cosa. Sobre la importancia que la Iglesia da al Bautismo.
Del mismo modo que he dicho que hay más diferencia entre un bautizado y un no bautizado que entre un bautizado y un ángel, o que entre un no bautizado y un animal, hay que decir -sin pararse a respirar- que si puede darse esa grandeza en el Bautismo es porque en otro orden, también hay mucha grandeza en el hecho de ser hombre. La naturaleza animal no tiene capacidad para la amistad con Dios pero la naturaleza humana sí. Adán, por ser hombre, tenía trato directo con Dios. Más aún, a un animal no se le bautiza porque no puede recibir a Jesucristo, su naturaleza se lo impide; a un hombre en cambio se le puede bautizar porque la naturaleza humana tiene capacidad para soportar la divinidad.
Es verdad que tiene esa capacidad por gracia, es verdad que no la tendría si Jesucristo no se hubiera hecho hombre, pero una vez que Cristo se ha hecho hombre, el hombre puede recibir a la divinidad, y “por Cristo, con Él y en Él”, el hombre es capaz de unirse a Dios.
La condición para entrar en relación con Dios es ser hombre; la condición para recibir el Bautismo es recibir a Jesucristo, creer en su nombre.
“Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron, pero a los que le recibieron les dio el poder de ser hijos de Dios si creen en su nombre” (Jn 1, 11)
Dios hace maravillas, sus obras rezuman una sabiduría infinita. Dios hace cosas que no entendemos, a las que no podemos llegar con nuestra pobre mente, pero sus acciones están cargadas de racionalidad y de sentido; Dios no hace cosas absurdas, ni actúa al buen tuntún, ni a base de caprichos, ni hace cosas sin sentido. Dios ni da ni pide cosas irrealizables. Dios, que es la sabiduría infinita, si a esta criatura que es el hombre le ha dado el poder de ser hijo suyo es porque antes le ha dotado de una naturaleza capaz de recibir ese don. Esta naturaleza nuestra, la naturaleza humana, no merece la filiación divina, pero tiene capacidad para recibirla si creemos en su nombre, el único nombre que se nos ha dado con el poder ser salvos.
Ya veis que ser hombre no es cualquier cosa. Llevamos ya unos años sufriendo una campaña terrible de la que no sé si somos conscientes, que consiste en rebajar la condición humana para nivelarnos con el animal. Es una campaña con muchos frentes, uno de cuales consiste en elevar al animal hasta igualarle con nosotros. No podemos caer en la trampa de aceptar esa postura y socialmente hemos caído. Muchos de nuestros animales gozan de mayores atenciones, mayores cuidados y mayor protección que algunos de entre nosotros, pienso especialmente en los que son abandonados, maltratados, esclavizados o directamente eliminados, entre los cuales no podemos olvidar a las víctimas del aborto o la eutanasia.
Ser hombre es mucho. El salmo 8 lo pregunta y aunque no da la respuesta, sí nos pone en la pista de poder medio entender la maravilla de ser hombre.
¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?
Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:
rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.
Pues bien, es muy grande ser hombre y mucho más aún, ser bautizado. Ya he apuntado de dónde viene esa grandeza. Ahora quiro fijarme en tres datos que, en el orden práctico, nos pueden ayudar a entender algo de esa grandeza y esa hermosura.
- El primero es un dato que en mi opinión es muy desconocido, tanto a nivel general de bautizados, como entre los que tenemos alguna inquietud religiosa. También entre nosotros es poco sabido. El dato es el siguiente: la Iglesia tiene concedida de manera ordinaria indulgencia plenaria -siempre que se cumplan las condiciones habituales- a todo cristiano con motivo de la renovación de las promesas bautismales dos veces al año: en la Vigilia Pascual, la noche de Pascua, y en el día del aniversario del Bautismo.
Por aniversario de matrimonio se concede en los aniversarios redondos: 25, 50 y 60 años. En el Orden creo que es igual. Por aniversario de bautismo, una vez al año. ¿Significa esto algo? A mi entender está significando mucho. Una indulgencia plenaria es el premio gordo de Navidad a nivel espiritual pero sin medida. Es muy importante el Bautismo, muy importante, probablemente mucho más de lo que podamos alcanzar a vislumbrar.
- En segundo lugar hay otro dato que también nos indica la importancia que la Iglesia concede al Bautismo. Este es más conocido pero también conviene recordarlo y es la absoluta manga ancha que tiene la Iglesia para facilitar el Bautismo. Sabemos que el ministro ordinario del Bautismo es el obispo y el presbítero y en la Iglesia latina también el diácono, pero “en caso de necesidad, cualquier persona, incluso no bautizada, puede bautizar (cf CIC can. 861, § 2) si tiene la intención requerida y utiliza la fórmula bautismal trinitaria. La intención requerida consiste en querer hacer lo que hace la Iglesia al bautizar”[1]. En caso de necesidad urgente un musulmán, por ejemplo, podría bautizar a otro y dejarle bautizado para siempre.
- En tercer lugar hay un dato que puede parecer contradictorio. Es el siguiente. La Iglesia tiene dispuesto el Bautismo de niños recién nacidos. Esto no deja de ser muy llamativo porque el Bautismo es tan decisivo que se podría pensar que debería administrarse cuando la persona sea consciente de lo que hace y en cambio la Iglesia, desde los inicios del cristianismo ha aconsejado vivamente el Bautismo de los recién nacidos. La Madre Iglesia, que respeta como nadie la voluntad personal, que tiene un tacto exquisito en no forzar voluntades, que por un defecto de libertad puede declarar inexistentes un matrimonio o una ordenación sacerdotal, es misma Iglesia cuando se trata de bautizar a alguien no quiere esperar a preguntarle.
2. QUÉ ES UN BAUTIZADO
¿Qué tiene el Bautismo?, ¿qué ocurre en el bautizado para que la Iglesia tenga tanto mimo con este sacramento?
El gran efecto del Bautismo es que sobredimensiona la naturaleza humana. El bautismo no es una añadido a la naturaleza, no es una cualidad que nos enriquece, ni es una segunda capa, como puede ocurrir con los aprendizajes. Es una perfección de la totalidad de nuestro ser. El Bautismo perfecciona el ser sin mudarle, sin introducir ninguna alteración ni añadido. ¿En qué sentido perfecciona el ser?
2.1 El Bautismo no anula nuestra naturaleza humana sino que la eleva a la categoría de Dios, situándonos por encima de los mismos ángeles, tanto que en el último día los juzgaremos, nosotros a ellos. “¿No sabéis que juzgaremos a los ángeles?” (I Co 6, 3)[2]. El Bautismo perfecciona el ser en el sentido de que el ser meramente humano, sin dejar de ser humano, recibe por la gracia, la condición divina. El bautismo hace al bautizado uno con Cristo. Esto es literalmente en lo que consiste un matrimonio, en que dos, que son distintos, se hacen una sola carne. Con el bautismo se establece una unidad del bautizado con Cristo que está llamada a ser un verdadero matrimonio, místico, ciertamente, pero real. (Conviene caer en la cuenta de que místico no quiere decir exclusivamente espiritual porque la unión no es solo espiritual, es espiritual y es corporal; no es una unión sexual como la unión del hombre con la mujer, pero sí es corporal y mucho más plena aunque no sea placentera. Gracias al Bautismo el bautizado podrá comulgar en su día).
El Bautismo perfecciona el ser porque todo mi ser, sin dejar de ser el mismo que era antes del Bautismo, tras el Bautismo, se encuentra enriquecido con lo que no era. Mis capacidades (mi inteligencia, mi memoria, mis deseos y expectativas, mi sentido del humor, mis recuerdos, etc.) siendo las mismas que eran antes del Bautismo, ahora cuentan con el aporte de la gracia de modo que puedo entender las cosas con los mismos criterios de Cristo, o sea de Dios, pensar como piensa Cristo, tener los sentimientos de Cristo, los gustos de Cristo, sufrir dolor por lo mismo que sufre él, etc.
¿Cómo sabemos que el Bautismo perfecciona el ser? ¿Tenemos alguna prueba? Sí, las obras. A un bautizado le corresponde hacer las mismas obras de Cristo, o si se prefiere, Cristo que sigue y seguirá actuando hasta el fin de los tiempos, ahora no lo hace con su cuerpo físico como antes de morir en la cruz, sino con su cuerpo místico, que es la Iglesia, o sea nosotros. Es muy significativo caer en la cuenta de qué está diciendo Jesús cuando dice “Yo soy la vid, vosotros lo sarmientos”. Todo el que conozca una vid sabe que las uvas no salen del tronco, los frutos son dados por los sarmientos.
En la vid no cuelgan racimos del tronco sino del sarmiento. Las uvas las da la vid, sí, pero en los sarmientos. Porque la cepa y los sarmientos son uno, son la misma planta, su fruto es el mismo y aunque es cierto que no hay fruto en los sarmientos si no están unidos a la vid, tampoco la cepa los da si no hay sarmientos.
El Bautismo nos configura con Cristo. Esto es lo que se significa muy especialmente con el rito de la crismación. Se trata de un rito complementario con el bautismo propiamente dicho, en el cual al recién bautizado se le unge con el Santo Crisma. En virtud del crisma se nos consagra, se nos hace sagrados. Dice el sacerdote a los bautizados en la crismación que se les unge “para que, incorporados a su pueblo y permaneciendo unidos a Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey, viváis eternamente”.
Por la unión con Cristo somos constituidos en lo mismo que es él. Cristo es Sacerdote, Profeta y Rey y eso mismo somos nosotros una vez bautizados: sacerdotes, profetas y reyes.
2.2 El Bautismo nos sepulta con Cristo.
El Bautismo nos hace morir con Él. Esta es la parte más áspera, la que menos gusta. Todo lo anterior es muy agradable de oír, pero esto aunque sea menos gustoso también hay que decirlo porque pertenece a la misma entrega de la revelación. En Rom 6, 4-5, San Pablo escribe:
“Por el Bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva. Puers si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya”.
Aquí entra todo el amplísimo campo de la ascética cristiana que consiste en ir dando muerte a todo aquello que es contrario a Dios. Aquí entra el tema de la mortificación y de la cruz.
3. EL OFICIO DE SACERDOTE.
3.1 Sacerdote es aquel que ofrece sacrificios a Dios.
La palabra sacrificio, para entenderla bien y no hacernos demasiado lío con ella, la podemos sustituir por la palabra “regalo”. Ofrecer sacrificios a Dios es ofrecer regalos a Dios.
La Sagrada Escritura nos habla de sacrificios aceptados por Dios, como los que ofrecieron Abel, Melquisedec, Abraham y tantos otros, y sobre todos ellos, y a enorme distancia, el de Jesucristo en la cruz. Todos ellos ofrecieron sacrificios (regalos), que en distinta medida le fueron gratos a Dios.
¿Qué sacrificios agradables podemos nosotros ofrecer a Dios? ¿Cómo ejercer esta condición sacerdotal nuestra, común, que procede del Bautismo? Nuestros sacrificios se nos presentan en tres frentes: con nuestras tareas laicales, especialmente las profesionales, en la Santa Misa y con la palabra.
Nuestras tareas laicales constituyen la dimensión básica y fundamental de nuestro ser laicos. Nuestro trabajo, nuestra dedicación a la familia y nuestras relaciones sociales son los ámbitos idóneos en los que ejercer el sacerdocio común recibido en el Bautismo. Estas tareas hechas según Dios, santifican y nos santifican; nos santifican pero no como añadido a una supuesta santidad previa, no añaden santidad porque sin el cumplimiento de ellas tal como Dios quiere no cabe santidad posible.
La Santa Misa porque es lo mejor que podemos ofrecer. Es la renovación de la misma ofrenda de Cristo en la Cruz, que actualizada en cada misa, Cristo lleva a cabo con todo su cuerpo místico del que nosotros formamos parte. El santo Sacrificio de la Misa es ofrecido por el sacerdote y conjuntamente con él es ofrecido por todo fiel que participe en la celebración.
Acerca de los sacrificios ofrecidos a través de la palabra, basta con una idea: ¿Qué sacrificio se puede hacer con la palabra? Recuerdo lo dicho líneas atrás. Si sustituimos el término sacrifico por el de regalo, nuestra palabra bien puede ser, debería ser, el sacrificio -el regalo- de unos labios puros capaces de ofrecer “un sacrificio de alabanza”. La expresión no es mía sino de la propia Palabra de Dios que en la Carta a los Hebreos (13, 15) dice lo siguiente:
“Por su medio [por medio de Jesucristo] ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre”.
3.2 Sacerdote es aquel que intercede por su pueblo.
Ser sacerdote quiere decir, en segundo lugar, ser intercesor, presentar oraciones y súplicas por los demás. Esto solo se puede hacer si los demás me importan, si los entiendo como lo que son, o sea míos, si me duelen. El Papa, en el mensaje para esta cuaresma nos ha alertado sobre la indiferencia, sobre lo que él ha llamado la globalización de la indiferencia. El Papa llama la atención sobre el hecho citando la pregunta que Dios hace a Caín sobre su hermano Abel. “¿Dónde está tu hermano?” La respuesta de Caín es terrible porque sus palabras se sitúan justamente en el el extremo contrario al oficio de sacerdote. “¿Soy acaso yo el guardián de mi hermano?” (Gen 4, 9). A mí esta expresión me parece una de las más duras que encuentro en la Sagrada Escritura. Por una parte me parece irreverente, irrespetuosa, chulesca, y por otra de una enorme crueldad porque hace daño al padre no directamente en la persona del padre, sino haciendo daño al hijo. Y me recuerda esos actos de redoblada maldad que cometen algunos hombres o mujeres que han roto su matrimonio y que para vengarse del otro, hacen daño a los hijos, convirtiéndolos en víctimas inocentes del odio a la mujer o al marido.
Para terminar este punto, un dato que por asociación, me recuerda al último día de la novena de la Divina Misericordia, basada en las revelaciones privadas del Señor a Sta. Faustina Kowalska. Dice el Señor a esta santa para el día noveno:
“Hoy, tráeme a las almas tibias y sumérgelas en el abismo de mi misericordia. Estas almas son las que más dolorosamente hieren mi Corazón. A causa de las almas tibias, mi alma experimentó la más intensa repugnancia en el Huerto de los Olivos. A causa de ellas dije: Padre, aleja de mí este cáliz, si es tu voluntad. Para ellas, la última tabla de salvación consiste en recurrir a mi misericordia”.
4. EL OFICIO DE PROFETA.
El profeta es el que habla de parte de Dios. Si somos profetas a esto estamos llamados, a hablar, a enseñar de palabra, pero no cualquier cosa, sino lo que Dios nos mande. ¿De qué tenemos que ser profetas hoy nosotros? Los sacerdotes ministeriales lo tienen muy definido: explicación de la Palabra de Dios y de los misterios del Reino. También los laicos estamos llamados a esto, trabajando en las Parroquias y en grupos apostólicos, pero no es lo específico nuestro. Lo nuestro son los asuntos de este mundo. Lo nuestro es gestionar los asuntos de este mundo, “según Dios” (LG 31). Según Dios podría quedar explicado, a mi entender, diciendo que nuestra misión consiste en ser profetas del bien, de la verdad y de la belleza.
a) Profetas del bien. La prudencia nos indicará cuándo debemos callar y cuándo debemos hablar, y además cómo, pero en todo caso, siempre que hablemos, hemos de hablar bien y hablar del bien, no como los informativos habituales que no se centran sino en el mal. Hablar mal y hablar del mal es una estrategia de Satanás, que quiere convencernos de que el mundo está todavía mucho más podrido de lo que realmente está, y de este modo cualquier pecado puede ser legitimado por la ley de la abundancia. Quienes nos oyen, sean quienes sean, necesitan oírnos hablar bien y hablar del bien. Podemos hacer mucho bien con la palabra, y podemos hacer mucho mal. Ojo a esto. La lengua es un arma poderosa, mucho más de lo que a veces se piensa. Hay palabras que se clavan en el corazón y te cambian la vida. Por experiencia sabemos que hay palabras que no se olvidan. Las recomendaciones a hablar bien son constantes en la Sagrada Escritura: “Bendecid a los que os persiguen; bendecid, sí, no maldigáis” (Rm 12, 14), “malas palabras no salgan de vuestra boca; lo que digáis sea bueno, constructivo y oportuno, así hará bien a los que lo oyen” (Ef 4, 29), “no os quejéis, hermanos, unos de otros” (St 5, 9)... El beato Josemaría Escrivá de Balaguer, en su escrito más conocido, Camino, recomienda, de la manera más tajante, el callarse cuando no se puede decir algo bueno de otro.
b) Profetas de la verdad.
Ser profeta es hablar de parte de Dios. El Gran Profeta es Jesucristo, cuyo precursor, Juan el Bautista, es a su vez un ejemplo admirable de profetismo, hasta costarle la vida. Y luego tenemos testimonios preciosos de profetismo en los grandes papas contemporáneos: Pablo VI, por ejemplo, o Benedicto XVI.
Si no fuera por esta condición recibida en el Bautismo, de qué nos íbamos a atrever a hablar los unos a los otros. Esto es justamente lo que hacemos cuando no nos vemos como profetas, escondernos, inhibirnos y disimular nuestra inhibición en una supuesta prudencia.
Es muy duro ser profeta. Cuando se lee a los profetas uno constata que su oficio les ha costado beber lágrimas a borbotones, ser rechazados, perseguidos, sufrir destierro y hasta la propia vida. Ahora bien, ser profeta es entrar en el camino de la libertad porque quien habla la verdad anda en caminos de libertad (¡ojo!, la verdad en el amor, “veritas in caritate” o “caritas in veritate”, que tanto monta). Instalarnos en la verdad, y cuando corresponda decirla, es ser libre, porque solo la verdad puede hacernos libres. Un ejemplo: una de las batallas ganadas por los provida en la guerra del aborto en Estados Unidos hace ya algunos años se ha ganado porque las autoridades dispusieron que a quien quisiera abortar se le informara previamente del contenido de lo que iba a hacer, de lo que es un aborto. Los pro-abortistas pusieron el grito en el infierno, porque no les interesaba la verdad; sabían que mucha gente, al conocer la verdad, dejarían de abortar. La prudencia nos dirá cuándo, cómo y a quién debemos decir la verdad, pero no llamemos prudencia al silenciamiento continuo o al mutismo cobarde.
Yo sé, y lo sé por experiencia, que muchas veces lo que Dios nos pide es callar, a menudo lo exigen la discreción y la cordura; ahora bien, no he visto por ninguna parte el mandato de que haya que callar por sistema, callar siempre. Sí se nos ha mandado que nuestro hablar sea escueto, “sí, sí; no, no” (Mt 5, 37), pero el testimonio de la palabra es imprescindible.
Hablar bien y decir la verdad es una manera de evangelizar. No es la única, ya sé que evangelizar es hablar expresamente del misterio pascual de Jesucristo, a través del cual se nos muestra el amor que Dios nos tiene, pero ejercer nuestra misión profética hablando del bien y de la verdad acerca de los asuntos de este mundo no es extraño a la evangelización. No me lo invento yo, lo dice la Iglesia en un documento de tanto peso como la Evangelii Nuntiandi: “Para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y con el designio de salvación” (EN 19).
Esta tarea es primordialmente nuestra, de los laicos. El gran problema es que estamos ausentes del mundo de la cultura, de la ciencia, del deporte, de la política, etc. ¿Dónde están hoy los cineastas cristianos, los poetas cristianos, los novelistas cristianos, los diseñadores de moda cristianos...? Esta idea me viene bien para enganchar con el punto siguiente: profetas de la belleza.
c) Profetas de la belleza. Creo que el ámbito de la belleza es clave. Con él estamos apuntando al centro de la diana de la recuperación del mundo. A mi entender, si queremos hacer un mundo nuevo tenemos que arrancar de aquí; no debemos descuidar el bien y la verdad, pero hoy el campo de la belleza es clave porque la belleza entra por los sentidos y el hombre actual tiene una propensión quizá mayor que en otras épocas a valorar mucho lo que le llega por los sentidos. Vivimos en el mundo de la imagen y del sonido. Al Gran Papa San Juan Pablo II le gustaba mucho repetir una cita de Dostoievsky: “la belleza salvará al mundo”[3]. Urge cultivar la belleza. Cultivar la belleza es hacer cultura como Dios manda, que es justo lo contrario de lo que cultiva el mundo de hoy, que se ha rendido a la fealdad y está rindiendo culto a la fealdad. Hoy en los libros de arte se estudia el feísmo como movimiento del arte contemporáneo. No podemos aceptarlo. El sector más divulgado del arte actual es aquel que se ha centrado en lo esperpéntico, en lo ridículo, lo pornográfico y lo violento. Denunciémoslo, llamemos a las cosas por su nombre. ¿Desde cuándo la belleza se ha basado en el absurdo, desde cuándo lo que ha producido terror o asco ha merecido ser llamado bello?
Voy a pasar al último punto, el oficio de rey, y después para terminar quiero volver a la cuestión de la belleza para concluir.
5. EL OFICIO DE REY.
El reinado del que hablamos es el de Jesucristo. Cristo es rey en la cruz, rey coronado de gloria y de espinas. Su reinado es un reinado que se muestra con el servicio en bien del otro,no hasta dar la sangre sino hasta la última gota, servicio hasta el extremo. Como esto lo tenemos muy predicado, yo me voy a centrar en hacer un comentario relativo a la confianza tos:
Ser rey es ser señor. Señor de uno mismo y señor de las circunstancias que rodean la vida en cada momento. Señor de uno mismo no en el sentido de autosuficiencia, que eso no es cristiano, sino señor en cuanto a que un hijo de Dios no se sabe solo ni abandonado nunca.
Ser rey es no angustiarse por nada, es tener una confianza sin límites en que Dios Padre no puede permitir que nos ocurra nada, absolutamente nada que de verdad sea dañoso. Esta confianza sin límite (“aunque me mates confiaré en tí”, le decía Santa Faustina al Señor) es muy bella, pero no se improvisa. Cuando alguien le dice a otro: tú confía en el Señor, eso suele servir de muy poco porque la actitud (yo diría mejor la virtud) de la confianza no se improvisa. ¿Sabéis de donde nace la confianza en el Señor? Nos lo dice San Juan en su primera carta: de que la conciencia no nos aprieta. “Queridos, –dice el apóstol- si nuestra conciencia no nos acusa, tenemos confianza ante Dios, y cualquier cosa que pidamos la recibiremos de Él”.
Ser reyes es disfrutar de todo sin estar atado a nada, abierto a todos sin apegos que esclavicen, ser reyes es poder cumplir el mandato e amar más a Dios que a nuestro padre o nuestra madre. “Queridos, si nuestra conciencia no nos acusa, tenemos confianza ante Dios, - y, continúa San Juan- y cualquier cosa que pidamos la recibiremos de Él, porque guardamos sus mandamientos y en su presencia hacemos las cosas que le agradan”.
Ser reyes es tener autoridad, la que se nos haya concedido en el lugar que hemos sido puestos.
Somos reyes, luego ejerzamos como tales. Lo propio de un rey es organizar su reino, tener autoridad y usarla. A cada uno se nos ha encomendado el reino sobre algo, pues reinemos. No con los criterios del mundo, sino con los que nos enseñó Jesucristo (Cfr Lc 22, 25-26). Ejerzamos la autoridad que poseemos cada uno sobre lo que se nos ha encomendado: el párroco en su parroquia, los padres de familia en su casa, yo en mi aula, etc.
No tengamos miedo a las palabras. La crisis de autoridad, de la que vengo oyendo hablar en mi profesión desde que entré en el Magisterio, es sobre todo la crisis personal en la que viven quienes, detentando la autoridad, no saben qué tienen que hacer con ella. Me refiero a gobernantes, padres, curas y maestros. Entendamos bien qué es la autoridad, para qué la tenemos y qué se hace con ella. La autoridad, en su significado más radical y más profundo, no es otra cosa que la capacidad que tenemos de ser autores. Uno tiene autoridad sobre algo o sobre alguien cuando es capaz de sacarlo adelante. Solemos entenderlo mal: confundimos la autoridad con el poder (los romanos tenían muy clara la diferencia entre auctoritas y potestas) y nos fijamos siempre más en la cara externa de la autoridad -el poder y los medios que emplea para hacerse valer- y en sus efectos inmediatos, que en sus funciones educadora y promocionante de quienes se nos han encomendado, si es que hablamos de personas, o en su función creativa y de servicio, si es que hablamos de tareas.
En el caso de las personas, el ejercicio de la autoridad rectamente entendida es una obligación de quien la posee y un derecho de quienes deben ser gobernados, instruidos y educados.
6. CONCLUSIÓN
El Bautismo es un sacramento que implica la vida entera, es para estar viviéndole hora tras hora, día a día. Si llevamos adelante nuestra vida de fe como debemos, la vida de fe nos transforma, en el cuerpo y en el alma, o, si se prefiere, al revés, en el alma y también en el cuerpo. En esta vida no podemos ver la belleza y la hermosura del alma pero sí podemos ver sus manifestaciones en el cuerpo porque el alma se expresa y actúa con el cuerpo y en el cuerpo. Con la totalidad del cuerpo, pero hay una parte que manifiesta especialmente al alma; esa parte es el rostro. La vida de fe se demuestra con las obras pero se muestra y se hace visible en el rostro, en el rostro en acción.
Esto se hace patente en la vida de los santos. Fueran más guapos o menos, han ejercido un atractivo físico que no deja indiferente a nadie. Y es que cuando la persona está realmente unida a Dios, su rostro resplandece. En la Sagrada Escritura tenemos el ejemplo de Moisés, que tenía que cubrirse con un velo porque los judíos no podían aguantar ver reflejada la gloria de Dios en su rostro.
No es fácil encontrar definiciones de belleza, la belleza es una dimensión de los seres que resulta inaprensible, se nos escapa; y es también inefable, solo torpemente podemos hablar de ella. En la mejor tradición filosófica antigua y medieval se define a la belleza como el esplendor del orden, de la verdad, o bien del orden y la forma. Me quedo con esta fórmula que viene a resumir la anterior: “La belleza es el esplendor del orden y de la realidad”. Pues bien, eso es lo que va haciendo el Bautismo en nosotros si nos dejamos y en la medida en que nos dejamos, hacer que con nuestro rostro reflejemos el esplendor del orden y de la realidad. Esto suena a filosofía. Lo es, pero no está lejos de la Palabra de Dios, al contrario se sitúa en la misma línea de que dice San Pablo en una de sus cartas:
“Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu” (II Co 3, 18).
Hablamos de un rostro vivo, dinámico, en acción, no de un rostro de fotografía. He aquí el gran efecto visible del Bautismo. ¿Cómo se consigue un rostro así? Solo hay una forma: contemplando, adorando, dedicando largos ratos a estar postrados ante el Señor, en relación personal con Él. No podemos aspirar a más y no debemos quedarnos en menos.
Que el Señor Jesús, verdadero icono del Padre, nos lo haga comprender y el Espíritu Santo nos mueva a desearlo.
Cuando Dios dice No... ¿Qué hacer con las oraciones sin respuesta?
Dios escucha y contesta todas nuestras oraciones, pero a veces la respuesta es No y esas normalmente se sienten como no respondidas
Déjenme comenzar diciendo que el término “oraciones sin respuesta” me parece uno bastante equivocado porque Dios escucha y contesta todas nuestras oraciones. Es solo que a veces la respuesta es “No” y esas normalmente se sienten como no respondidas. Esas son las oraciones que se sienten como que se han estrellado contra un muro enorme, que han sido enviadas de regreso a la tierra de golpe. Pero, las oraciones sin respuesta, pueden ser muchas veces bendiciones disfrazadas, aun cuando en ese momento, parezcan pérdidas que nos destrozan el corazón.
Creo que el misterio que hay en un “No” de Dios puede ser una de las más inexpugnables y difíciles piedras de tropiezo para los Cristianos. Puede ser colocada justo ahí, al lado de la maldad, y muchas veces ambas se combinan cuando nuestras oraciones parecen seguir sin respuesta en medio de la tragedia y el dolor. Puede ser aún más frustrante cuando nuestras oraciones parecen ignoradas y otros a nuestro alrededor ven pronto auxilio a sus clamores.
En la universidad, un compañero estaba comprometido con su novia de la escuela. Ellos estaban en su último año de universidad y esperaban con ansias su boda y su vida juntos. De pronto ella cayó enferma, de algo serio. Esto hizo que prácticamente toda la universidad se volcó en oración juntos para interceder por su sanación, pero ella falleció. Al mismo tiempo, conocí a una mujer que estaba luchando con la infertilidad después de haber sufrido en la adolescencia un aborto que tuvo complicaciones. Algunos de los compañeros oramos por ella en alguna ocasión y supimos luego que estaba embarazada. Tengo amigos que ha recibido provisión financiera que llegó de la nada en el último minuto, cuando la esperanza parecía pérdida y otros que vieron sus plazos vencerse sin recibir el rescate esperado.
¿Qué hacemos cuando hemos volcado nuestros corazones en oración a Dios y nada sucede, o pasa todo lo contrario de lo que hemos estado pidiendo? He encontrado algunas cosas que me han dado esperanza al pasar por esos valles.
Mis primeros pensamientos de consuelo llegan cuando recuerdo que éste no es nuestro hogar. Cualquier cosa que suceda o no en esta vida no es el final de nuestra historia. Mi esposa y yo sufrimos la pérdida de un bebé en un embarazo interrumpido hace unos años. Con las primeras señales de problemas, oramos y oramos y oramos, pero se sentía como que todas nuestras oraciones chocaban con el techo o no iban a ninguna parte. Pero el recordar que este mundo no es el final nos ayudó durante el proceso de duelo. El saber que nos encontraríamos con nuestro bebe algún día puso nuestro sufrimiento temporal, pero totalmente real, en perspectiva. San Pablo, un hombre no extraño al dolor y las dificultades, escribió a los Corintios “No se pueden equiparar esas ligeras pruebas que pasan aprisa con el valor formidable de la gloria eterna que se nos está preparando. Nosotros, pues, no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; porque las cosas visibles duran un momento, pero las invisibles son para siempre“. (2ª Corintios. 4,17-18)
Otra cosa que me ha ayudado cuando Dios dice “No” es recordar que Él sabe lo que hace aun cuando yo no lo sepa. Dios es Amor. Es nuestro Padre amoroso. Sus planes y propósitos para mi vida van más allá de lo que pueda comprender desde mi perspectiva. A veces parece difícil confiar en Dios cuando parece que no escucha o no le importan nuestras circunstancias actuales. Mi propio orgullo, miedo o ansiedad pueden nublar mi comprensión u oscurecer mi vista del gran diseño. Es precisamente en ese momento en el que nuestra oración parece sin respuesta que nos vemos obligados a tomar la decisión – ¿dudaré de la bondad de Dios o buscare su consuelo? En esencia, ¿confió en Él solo cuando me da lo que quiero, o confiaré en Él aun cuando no comprenda lo que hace? Aprender a confiar a Dios cuando todo tu interior está enojado con Él y listo para alejarse de su presencia, es un precioso momento de crecimiento espiritual.
Finalmente, nunca malgastes tu sufrimiento. Puede ser por algo pequeño o trivial, o por algo que parezca de vida o muerte, cada vez que sentimos que nuestras oraciones son ignoradas o no respondidas, cada vez que Dios nos dice No, hay una decepción o nivel de sufrimiento. Cuando nos unimos en el sufrimiento con Jesús, no importa sea grande o pequeño, estamos unidos a Él en una forma única y poderosa. Cuando llevamos nuestras heridas a tocar sus llagas, podemos decir “Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.”(Colosenses 1,24). Por irónico que parezca, el dolor que experimentamos al no recibir respuesta a nuestras oraciones, puede ser por sí mismo, una oración de intercesión por otros. Podemos tomar nuestra desilusión y ofrecerla a Jesús como ofrenda, como sacrificio por aquellos en necesidad de Su gracia. Esto puede redimir nuestro sufrimiento, nuestra decepción o nuestra desilusión y traernos curación y consuelo, mientras profundizamos en nuestra relación con Dios y nos ayuda a confiar en Él nuevamente.
Los jóvenes y la fe: causales de deserción y pautas para revertir la caída
Acompañar a los jóvenes en su camino existencial hacia la madurez para que, mediante un proceso de discernimiento, descubran su proyecto de vida y lo realicen con alegría abriéndose al encuentro con Dios
En 2014 y 2015 la Iglesia católica centró su atención de modo prioritaria en la familia. A ese ámbito dedicó nada menos que dos sínodos (uno extraordinario y otro ordinario). En continuidad con aquellos dos grandes eventos, el Papa Francisco decidió que el sínodo ordinario programado para octubre de 2018 esté dedicado a “Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional”. Como ha comunicado la oficina de prensa del Vaticano, el propósito del sínodo de 2018 es “acompañar a los jóvenes en su camino existencial hacia la madurez para que, mediante un proceso de discernimiento, descubran su proyecto de vida y lo realicen con alegría abriéndose al encuentro con Dios y con los seres humanos y participando activamente en la edificación de la Iglesia y de la sociedad”.
El tema resulta totalmente oportuno en vista del panorama que presente el binomio “jóvenes-fe”.
Uno de los estudios más recientes es el informe “Dios a mi modo” (“Dio a modo mio. Giovani e Fede in Italia”) publicado por el Instituto Toniolo de la Universidad Católica de Milán y convertido en libro.
El libro presenta los resultados de una investigación basada en entrevistas realizadas a jóvenes italianos, todos ellos bautizados, sobre su experiencia de fe. En el estudio hay dos bloques de edad: un grupo de entre 19 y 21 años, edad en la que se verifica un alejamiento de la práctica religiosa y de la Iglesia, y un segundo grupo de entre 27 y 29 años, bloque de edades entre las que se aprecia un reacercamiento a la fe.
Investigaciones ofrecidas por el mismo ente promotor del informe muestran que en el año 2013 el 55,9% de los jóvenes italianos se declaraban católicos. El resto se distribuía de la siguiente manera: 15,2% de ateos; 7,8% de agnósticos; 10% afirma creer en una entidad superior pero sin aludir a una divinidad específica. Apenas el 24,1% del total porcentual de los que se declaraban católicos va a misa cada semana. En tres años, de 2013 a 2016, el porcentaje de jóvenes que se declara católico pasa de 55,9% a 52,5%.
Una de las constataciones de la investigación, a partir de las entrevistas personales, es que los jóvenes viven una fe “problematizada”: con más reservas y lejanía que interés y adhesión. Se trata, como refiere la presentación del libro (cf. p. XI), de una generación con una nueva forma de ateísmo, no ideológico sino existencia. Los jóvenes no se identifican con la fe de la niñez y carecen de una dimensión comunitaria de la misma. En parte esto queda explicado, según el estudio, por la publicidad y la cultura mediática en la que están imbuidos. De ahí que no perciban a la Iglesia como un ámbito acogedor e interesante.
Otro aspecto que sale a relucir es que muchos de los que se dice creyentes resultan más bien “católicos anónimos”. Por esta expresión se entiende una forma de profesión que no asume obligaciones ni compromisos: la práctica, los valores y las reglas son decididas por cada individuo. El factor “individualismo” es uno de los más presentes en todas las entrevistas.
En cuanto al factor “madurez en la fe” se menciona que ésta no sigue ya un proceso lineal según la edad y desarrollo sino que asume el modelo de una curva: momentos de fuerte socialización en la infancia, momentos de alejamiento, retorno y maduración final. También se habla de cómo el influjo de la cultura digital les hace permanecer prisioneros del presente, si bien lo digital les abre también a la necesidad de sentido y de una Historia dentro de la cual se pueden reconocer.
Sale a relucir el hecho de que la experiencia cristiana lleva a los jóvenes a responsabilizar sus emociones al consentir transformar la percepción del otro desde la óptica de la caridad y no de los sentimientos.
Todo el estudio conduce a concluir que hoy en día hay una ineficacia tanto en la formación catequética como en la educación recibida por parte de padres católicos en el hogar. Esto queda claro pues el estudio arroja el dato de que los jóvenes confunden la fe con la ética que la Iglesia propone. En otros casos se hace coincidir la fe con sentimientos y emociones. Y, sin embargo, la mayoría de los entrevistados muestra una actitud positiva en relación a la experiencia de fe, lo que permite visualizar una espera de Dios.
Finalmente, el estudio revela lo fundamental que resulta la figura del sacerdote tanto para bien (elección de seguir en la Iglesia) como para mal (decisión de abandonarla).
Este estudio italiano, el más actual y que ofrece pautas de comprensión válidas para otros países europeos, no es, sin embargo, el único.
Un investigador del Centro de Investigación Aplicada para el Apostolado de la Universidad de Georgetown (USA), Dr. Mark Gray, realizó dos estudios que aportan más causales a la deserción de los jóvenes en la Iglesia. Uno de los estudios se centró en personas entre 15 y 25 años criadas en la fe católica pero que ya no se identifican con esa fe. El otro estudio estudió a personas con 18 o más años que seguían identificándose católicos.
Los resultados muestran que en el primer grupo el promedio de edad las personas abandonaron la fe fue a los 13 años. Un 63% dejó la Iglesia entre los 10 y 17 años mientras que un significativo 23% lo hizo antes de los 10 años de edad. Apenas el 13% del total pensó regresar a la Iglesia católica alguna vez en su vida.
La causal más presente en esas deserciones fue la incompatibilidad entre fe y razón. Las personas experimentan “un deseo de tener una prueba, una evidencia de lo que estaban aprendiendo sobre religión y de Dios”, afirma el dr. Gray. Si los niños aprenden en la Iglesia una cosa y, aparentemente en el colegio les presentan otra no compatible, el conflicto está servido.
El estudio italiano “Dios a mi modo”, sin embargo, no se queda en meras constataciones. Habla de la necesidad de pasar en la Iglesia de un modelo que propone sólo compromisos a un diálogo que es intercambio y acompañamiento. Y es esto quizá parte de lo que harán en el sínodo de 2018.
Ángelus: El Papa pide orar para comprender el don del bautismo
AFP PHOTO / NA - DAMIAN DOPACIO
El cardenal Bergoglio bautiza en persona a bebés de familias humildes en Buenos Aires
En la Solemnidad del Bautismo del Señor el Pontífice hace un llamamiento a la comunidad cristiana “para salir a encontrarse con los otros” pero siempre “proponiendo y no imponiendo”
Hoy, Solemnidad del Bautismo del Señor y día con el que se cierra el tiempo de la Navidad, el Papa Francisco ha bautizado a algunos niños y ha pedido antes del rezo del Ángelus “oración por ellos y por sus familias”. También ha comentado el
Evangelio del día, en el que el Apóstol Mateo describe el diálogo entre Jesús, que pide el bautismo, y Juan el Bautista, que se niega.
“Esta decisión de Jesús sorprende al Bautista – dice el Papa – de hecho, el Mesías no necesita ser purificado; Él es quien purifica”.
En ese diálogo, Juan también declara que entre él y Jesús había una distancia abismal, pero – puntualiza Francisco – “el Hijo de Dios vino precisamente para cerrar la distancia entre el hombre y Dios” y si Jesús está del lado de Dios “también está del lado del hombre y une lo que estaba dividido”.
Es por ello que el Papa explica entonces que el Mesías pide ser bautizado precisamente “para que se pueda hacer toda justicia”, o en otras palabras “para que se realice el plan del Padre que pasa por el camino de la obediencia filial y la solidaridad con el hombre frágil y pecador”. “Es el camino de la humildad y la total cercanía de Dios a sus hijos”, dice, “requerido también hoy a los discípulos del Señor”.
Estamos llamados al encuentro con nuestros hermanos
Y en este momento previo a la oración mariana, el Santo Padre también ha aprovechado para hacer un llamamiento a la comunidad cristiana “para salir a encontrarse con los otros” pero siempre – ha especificado el Papa – “proponiendo y no imponiendo”, “dando testimonio” y “compartiendo la vida concreta de las personas”.
Al igual que Jesús, no olvidemos que también nosotros somos Hijos amados del Padre
Por último, el Papa ha recordado que en la fiesta del Bautismo de Jesús “redescubrimos nuestro Bautismo” y al igual que Jesús, “también nosotros nacidos del agua y del Espíritu Santo sabemos que somos hijos amados, objeto de la complacencia de Dios”. Pero tampoco debemos olvidar que somos “hermanos de muchos otros hermanos, invertidos en una gran misión para testificar y anunciar a todos los hombres el amor infinito del Padre”.
Ángelus: «Festejen en el corazón la fecha del bautismo cada año»
Palabras del Papa antes del Ángelus
ENERO 12, 2020 13:08 RAQUEL ANILLOANGELUS Y REGINA COELI
(ZENIT – 12 enero 2020).- Concluida, en la Capilla Sixtina, la celebración de la Santa Misa en la Fiesta del Bautismo del Señor con el Rito del Bautismo de los Niños, a las 12 del mediodía de hoy, 12 de enero 2020, el Papa Francisco se asoma a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y los peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro. Estas son las palabras del Papa al introducir la oración mariana:
Palabras del Papa del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Una vez más he tenido la alegría de bautizar a algunos niños en la fiesta de hoy del Bautismo del Señor, hoy eran 32. Oremos por ellos y sus familias.
La liturgia de este año nos propone el acontecimiento del bautismo de Jesús según el relato del Evangelio de Mateo (cf. 3:13-17). El evangelista describe el diálogo entre Jesús, que pide el bautismo, y Juan el Bautista, que quiere negarse y observa: «Soy yo quien necesita ser bautizado por ti, y tu vienes a mí?» (v. 14). Esta decisión de Jesús sorprende al Bautista: de hecho, el Mesías no necesita ser purificados; es Él en cambio quien purifica. Pero Dios es el Santo, sus caminos no son los nuestros y Jesús es el Camino de Dios, un camino impredecible. Recordemos que Dios es el Dios de las sorpresas.
Juan había declarado que había una distancia abismal e insalvable entre él y Jesús. «No soy digno de llevar sus sandalias». (Mt 3,11), dijo. Pero el Hijo de Dios vino precisamente para salvar la brecha entre el hombre y Dios. Si Jesús está del lado de Dios, también está del lado del hombre, y reúne lo que estaba dividido. Por eso le respondió a Juan: «Déjalo por ahora, porque conviene que cumplamos con toda justicia» (v. 15). El Mesías pide ser bautizado, para que toda la justicia se cumpla, es decir, se realice el plan del Padre que pasa por el camino de la obediencia filial y de solidaridad con el hombre frágil y pecador. Es el camino de la humildad y de la total cercanía de Dios a sus hijos.
El profeta Isaías proclama también la justicia del Siervo de Dios, que cumple su misión en el mundo con un estilo contrario al espíritu mundano: «No gritará ni elevará el tono, no hará que se oiga por las calles, dice el profeta, no romperá la caña quebrada, no apagará la mecha con una llama que arde débilmente» (42,2-3). Es la actitud de mansedumbre, es lo que nos enseña Jesús con su humildad, es la actitud de la gentileza, simplicidad, el respeto, la moderación y ocultamiento, que pide también hoy Jesús a los discípulos. Cuantos discípulos del señor se pavonean de ser discípulos del Señor. no es un buen discípulo el que se pavonea, buen discípulo es el humilde, el manso, el que hace el bien sin hacerse ver. En la acción misionera, la comunidad cristiana está llamada a encontrarse con los demás siempre proponiendo y no imponiendo, dando testimonio, compartiendo la vida concreta de las personas. Tan pronto como Jesús fue bautizado en el río Jordán, los cielos se abrieron y el Espíritu Santo descendió sobre Él como una paloma, mientras que una voz resonaba desde lo alto diciendo: «Este es mi Hijo», El amado: en quien tengo puesta toda mi complacencia» (Mt 3,17). En la Fiesta del Bautismo de Jesús redescubrimos nuestro Bautismo. Como Jesús es el Hijo amado del Padre, nosotros también, renacidos del agua y por el Espíritu Santo sabemos que somos hijos amados; el padre nos ama a todos, objeto de la complacencia de Dios, hermanos de muchos otros hermanos, investidos con una gran misión para dar testimonio y anunciar a todos los hombres el amor infinito del Padre.
Esta fiesta del bautismo de Jesús, nos hace recordar nuestro bautismo, también nosotros hemos renacido, en el bautismo vino el Espíritu Santo a nosotros por eso es importante recordar, saber, cual es la fecha de mi bautismo. Sabemos cuál es la fecha de nuestro nacimiento, pero no siempre sabemos cuando es la fecha de nuestro bautismo, seguramente algunos de ustedes, no lo saben, es una tarea para que hagan en casa, cuando regresen, pregunten, ¿Cuándo fui bautizada, cuándo fui bautizado? y festejen en el corazón la fecha del bautismo cada año, háganlo, porque es un deber de justicia hacia el Señor que ha sido tan bueno con nosotros.
Que María Santísima nos ayude a comprender cada vez más el don del Bautismo y a vivirlo con coherencia en las situaciones cotidianas.